Salvador
Camarena.
Hace cosa de
un año entrevisté al entonces presidente del PAN. Para esa fecha, con el
partido Acción Nacional en un puño, se veía que sólo era cuestión de tiempo
para que Anaya se apropiase también de la candidatura presidencial.
No eran
pocos los que atribuían el éxito de tan parpadeante carrera a una disciplina
más propia de un nerd que del político mexicano promedio. Por tanto, le
cuestioné sobre su método de trabajo. Aquí, parte de sus respuestas:
“Diría
varias cosas. La primera, con estructura. O sea, siempre parto desde un
diagnóstico, de plantear un objetivo con claridad y ese es mi arranque. Mi
diagnóstico es dónde estoy y el objetivo a dónde quiero ir. Entonces, lo que me
pregunto es ¿cuál es la carretera que me conecta esos dos puntos y a eso le
llamo estrategia. Y así procuro, con ese esquema, resolver el problema. Tengo
mucho tiempo de trabajar con orden, con estructura, con método.
“Procuro
escuchar para completar diagnóstico, para tener puntos de vista distintos y poder
formar criterio.
“Pregunto lo
que necesito, leo lo que me hace falta para completar los huecos. Pero al
final, después de haber escuchado puntos de vista absolutamente encontrados no
me es en lo absoluto complicado tomar decisiones. Porque además estoy muy
acostumbrado a tener que tomar muchísimas decisiones”.
Hoy la pregunta es dónde quedó tan
presumido 'método'. Qué fue de su disciplina, de su capacidad para armar un
diagnóstico, en qué momento dejó de tomar las decisiones que le ayudaran a
evitar que su candidatura quedara lastrada por escándalos inmobiliarios y
torpezas de novato, como la de presentar como suyas el día de su unción ideas e
imágenes de conferencias que otros han expuesto a nivel internacional. Pifia
imperdonable para quien pretende enarbolar el discurso de la innovación.
Pareciera que con la candidatura
Anaya ha arribado a su umbral de incompetencia (Principio de Peter). Creció
hasta que ya no pudo desempeñarse óptimamente. Su imagen está comprometida por
la falta de explicaciones sencillas y creíbles sobre su patrimonio, sí, pero
también por no mostrar los reflejos necesarios en momentos críticos.
Preocupante como resulte la
antidemocrática andanada del presidente Peña Nieto en contra del queretano,
Anaya debe crecerse ante lo que se ha denunciado, por propios y extraños, como
una persecución política antes que judicial. No ha sido el caso.
Tras la publicación del video de la
visita de Anaya a la PGR, gesto gubernamental tan inédito como autoritario, el
candidato se escondió en las barbas de un abogado que no por vehemente y
articulado resulta creíble. Su pasado, su involucramiento con videoescándalos
que quisieron destronar a la mala a otro opositor, hacen de Diego Fernández un
pobre emisario para cualquier mensaje de indignación ante el poder.
Anaya tuvo todo para presentarse ese
jueves no como víctima, sino como agraviado. Incluso pudo haber reclamado como
suyo el insulto proferido, acto de frustración e impotencia nada extraño para
aquellos a quienes la justicia ha regateado debida atención. Pero no.
Y este domingo salió a prometer que
creará una comisión de la verdad para juzgar la corrupción de los priistas.
Quién creerá en eso, eso que con Santiago Creel a la cabeza fue una de las
promesas rotas por su partido durante el foxismo.
A falta de
un milagro, convertido como está en un candidato que se la pasa jurando que
nada es cierto, que de lo que le acusan él nada hizo –ya le podríamos decir el
#Yonofui–, lo único que resta es preguntarse si en su diagnóstico Anaya pensó
en un plan B para el Frente. Si no, más le valdría ir preguntando.
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