Javier Risco.
Leobardo Vázquez Atzín
era periodista, tenía 42 años y fue asesinado en Gutiérrez Zamora, Veracruz. El
portal Animal Político hizo un extraordinario recuento de su vida periodística:
“Laboró para medios como La Opinión de Poza Rica y Vanguardia. Actualmente
tenía una página web llamada ‘Enlace Gutiérrez Zamora’, en la que publicaba
noticias sobre ese municipio de la región del Totonacapan, en Veracruz.
“Leobardo también fue
editor y diagramador en el diario Noreste, cofundador de la revista El Portal y
director de comunicación social del Ayuntamiento de Papantla, en Veracruz”. No
hay duda, dedicó su vida al periodismo y lo ejerció hasta el final.
Después de este párrafo leo
con indignación, mas no con sorpresa, el comunicado de la Fiscalía General de
Veracruz, la cual se ha comportado otra vez como una oficina inservible que
desprecia la labor periodística, que insulta la lucha por la prensa libre y que
se ríe en nuestras caras de un crimen más que quedará impune.
El comunicado señala en su primera línea: “Fue privado de la vida mientras
desarrollaba su actividad de taquero”. Sigue el comunicado: “La Fiscalía
General del Estado, a través de su Fiscalía Especializada, investiga los hechos
ocurridos en este municipio, en los cuales se registró el deceso de un
comunicador que actualmente se desempeñaba como comerciante de comida (…). De
acuerdo con los primeros indicios recabados, en el momento de los hechos donde
perdiera la vida, el hoy occiso se encontraba desarrollando actividades propias
de su negocio de elaboración y venta de tacos, el cual se ubica en su
domicilio, cuando fue lesionado por personas desconocidas, con proyectiles de
armas de fuego”.
Ni una sola palabra en
el comunicado de su labor periodística. ¿Qué busca la fiscalía? ¿Qué intenta
cuando engaña de esta manera? ¿Por qué desprecia el trabajo de un colega? ¿Qué
futuro tiene la investigación cuando parte de un absurdo?
Es un ejemplo más de
dónde inicia la impunidad en los crímenes a periodistas. Primer paso de la
estrategia gubernamental: desacreditar a la víctima, achacarlo a motivos
“personales”, “nada qué ver con su profesión”, dicen. Porque de esa forma es una casualidad y no una epidemia. Porque así se
han acumulado 114 casos de periodistas asesinados en México en los últimos tres
sexenios. Porque así justifican que, con la desatención y la impunidad, el
Estado también los mata.
Hoy, hace un año exactamente, la periodista Miroslava Breach fue asesinada en Chihuahua. Como
Leobardo, Miroslava fue la tercera víctima de la incontrolable violencia contra
la prensa en 2017. Después de ella siguieron nueve asesinatos más, incluido el
de Javier Valdez, lo que convirtió ese año en el más violento para los
periodistas en uno de los países donde la profesión ya es considerada de
riesgo.
El homicidio de la
corresponsal de La Jornada marcó un hito en los reclamos de todos quienes ya no
saben qué otras palabras usar para exigir justicia y eso se escuche en medio
del eco de la impunidad mexicana. Y, a pesar de la indignación, los homicidios
y desapariciones continúan.
Y aunque ya hay
detenidos y presuntos responsables del crimen presentados por la Fiscalía de
Chihuahua, opinión
que no comparten en el gremio periodístico, ha presumido los resultados como “sin precedentes”, en una indagatoria
de asesinatos contra periodistas.
Sin embargo, más allá
de la probable culpabilidad de los procesados como autores materiales, queda la
deuda de siempre: la verdad. ¿Por qué la mataron? ¿Por órdenes de quién? Los
asesinos que no se manchan las manos y que tienen escape a través de conexiones
políticas. Eso implica que, a un año, aún haya sed de justicia por Miroslava y
por todos. Por Leobardo, por Javier, por Rubén, por tantos.
En medio de una
democracia que simula procesos de justicia, donde las empresas de medios se convierten
en victimarios de los periodistas y donde cada vez más se extienden las zonas,
donde la verdad está vetada como pago por seguir con vida, habrá que recordar
las palabras que Valdez le dedicó a su colega el día de su asesinato y que se
convirtieron en la profecía de su propio destino: “A Miroslava la mataron por
lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por
reportear este infierno. No al silencio”.
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