Ricardo Ravelo.
El viernes 30 de
noviembre fue un día para recordar a un gran periodista, valiente como pocos
que se enfrentó a las balas y al narco sin alardes ni fanfarronerías. Se trata
de Jesús Blancornelas, fundador del periódico Zeta de Tijuana, quien cumplió
doce años de haber fallecido.
Blancornelas entendió
el periodismo como un oficio sin ambigüedades: jamás el protagonismo lo sedujo
ni se mostró débil ante la adulación y los reflectores. Entendía la superación
como un reto consigo mismo, todos los días, nunca se peleó con fantasmas en el
resbaladizo terreno de la competencia porque su única competencia era él mismo.
En la década de los ochenta, decidido a emprender una aventura periodística, fundó Zeta de la mano
de varios colegas y amigos suyos. El semanario, según me contó en una ocasión,
estaba destinado a publicar noticias deportivas. Pero un hecho trágico–una
matanza perpetrada por el narcotráfico –se impuso en el cierre de edición y
publicaron en portada aquella noticia que encendió los reflectores en contra de
los hermanos Arellano Félix, jefes temibles del cártel de Tijuana.
La edición se agotó,
atraídos los lectores por la exclusiva noticiosa, el olor a muerte y a pólvora
ya no los abandonó. A esa noticia siguió otra, una más y otra más –todas
relacionadas con el cártel en ascenso –hasta que el crimen organizado comenzó a
cobrar venganza. Fue entonces cuando comenzaron a morir algunos fundadores de
Zeta
En los ochenta el
primero en caer fue Héctor Félix Miranda, El Gato Félix. El autor material fue
Antonio Vera Palestina, pistolero de Jorge Hank, quien compurgó una pena por el
crimen. Sobre el autor intelectual Blancornelas jamás titubeó al pronunciar su
nombre: Fue Hank, decía.
A este crimen siguió
otro tan artero como el de Félix Miranda. El de Francisco Ortiz Franco,
reportero y editor del semanario tijuanense.
Todavía recuerdo la
portada que publicó Zeta dirigido por Blancornelas. “Fue la policía, el crimen
o Hank”, rezaba la cabeza, directa y sin tapujos, su estilo inigualable tan
criticado como admirado.
–Te aventaste muy
duro, Jesús. ¿Tienes pruebas? –le pregunté en las instalaciones del periódico.
–Hay indicios –me dijo
sin rodeos, la certeza en sus ojos. Y además, el periodismo siempre tiene que
ir delante de las autoridades, ahí están los indicios, que los sigan y aclaren
este cobarde crimen.
Blancornelas sabía que
se iba quedando solo, asesinados sus compañeros de batalla, él seguía en la
lista y lo sabía o al menos lo suponía. En una ocasión fue emboscado por el
crimen organizado. Una lluvia de balas de alto poder lo inundó. Todos los
dieron por muerto, imposible dudarlo ante aquella metralla implacable, el odio
sin límites. Así, Blancornelas tejía su historia como reportero y protagonista,
sin proponérselo, claro está. Simplemente las circunstancias, sobre las que
ningún poder se tiene, se fueron confabulando en el día a día hasta volverse
noticia.
Los hombres del cártel
de Tijuana, encabezados por los hermanos Arellano Felix, habían decidido
ejecutarlo. No pudieron. Blancornelas salvó la vida y resultó imposible dudar
de lo milagroso.
Recuperado del atentado, no
se dobló. Retomó sus tareas en el diario, pero ya no tenía vida propia: un
comando militar tomó el control de seguridad y por años vivió rodeado de
militares que decidían, sin consultarle, las direcciones que debían tomar al
trasladarlo del periódico a su domicilio y viceversa. Siempre un rumbo
diferente.
El convoy que lo
resguardaba pronto se volvió conocido en Tijuana incluso a la distancia. Cuando
lo veían transitar –carro blindado y soldados armados –todos sabían que se
trataba de Jesús Blancornelas
El periodista dejó de
visitar lugares públicos, jamás un café, una tienda, la vida se volvió un
encierro permanente, su mundo sin derecho al rechazo. De eso dependía seguir
vivo.
“Yo no decido ni los
caminos por donde transitar”, decía.
Un día le pregunté:
–Jesús, que piensas
cuando quieres ir a una cafetería o a comprarte una prenda a una tienda de
ropa. ¿Puedes hacerlo?
Los ojos se le
humedecieron, evidente la tristeza en su semblante.
“Mira, he ido al
Sanborns en varias ocasiones, aunque ya evito hacerlo. Cuando iba es muy incómodo:
los militares que me protegen deben entrar y revisar todo el lugar, cuando ya
están seguros de que todo está bien me llevan a la mesa y tomo asiento, siempre
las miradas sobre mí. Esto no me hace sentir bien porque es muy incómodo para
la gente de pronto verse rodeada por militares armados. En cuanto a las tiendas
de ropa, hace mucho que no voy a ninguna. Ya no forma parte de mi vida
cotidiana”.
Jesús Blancornelas fue
uno de los periodistas mejor informados sobre el narcotráfico y los hombres de
la mafia, imposible no consultarlo para tener la visión actual del país. Sus
fuentes eran todas castrenses, confiaba en ellos, no así en la policía. “Está
cartelizada”, decía.
En una ocasión escribió
una semblanza sobre Ismael Zambada García, El Mayo. Lo retrató tal cual es.
Dijo que su chofer tenía la instrucción de no pasarse un alto ni acelerar el
vehículo. Era una regla inviolable por Zambada García, jefe del cártel de
Sinaloa y ex socio de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo.
También retrató a los
hermanos Arellano Félix. Ramón le atraía mucho como personaje, también Benjamín
y ni se diga Enedina, a quien quiso entrevistar para preguntarle por qué lo
querían asesinar. No lo consiguió. Uno de sus éxitos fue la entrevista que le
hizo a Mario Aburto, el asesino de Luis Donaldo Colosio, en la cárcel de máxima
seguridad del Altiplano.
Pese a las muertes de
dos de sus fundadores, Blancornelas no bajó la guardia. El narcotráfico siguió
siendo por mucho tiempo el tema central del periódico, consulta obligada para
conocer las andanzas de los capos, particularmente de los Arellano Félix, a
quienes él vio nacer como los más terribles criminales de los años ochenta y
noventa, entonces apodados “Los narco-juniors”.
Amplio conocedor del crimen organizado, Blancornelas publicó varios libros, lectura obligada hasta la fecha.
“El Cártel”, la historia de los Arellano Félix; “En Estado de alerta”,
“Conversaciones Privadas”, entre otros.
En su última semana de vida, Blancornelas me concedió una
entrevista, la última antes de fallecer. En
la conversación habló del narcotráfico, de su vida privada y de sus
convicciones profesionales. Recordó la fundación del semanario, los tiempos
duros, la muerte de sus compañeros y de la descomposición del país, sin
remedio, decía. Confiaba en los militares, dueños de su seguridad. Hasta el
final tuvo una duda. Por qué lo quisieron matar los Arellano Félix.
Blancornelas no murió
durante el atentado que sufrió, pero las balas que perforaron su cuerpo le
dejaron secuelas que, al tiempo, le costaron la vida.
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