Javier Risco.
No me ha dejado dormir la historia de Carmen Sánchez García.
La vida de los que nos han dejado nos ha enseñado una
lección: uno trabaja para heredar un legado a los que amamos –a veces estos
pelean de más por un patrimonio inmerecido, pero ese ya es problema de los que
se quedan–, en realidad uno ve en sus hijos, sobrinos, hermanos o en su pareja
a los merecedores de lo que queda de una vida de esfuerzos. Carmen, la
octogenaria mujer de Madrid, ha decidido dejarle todo al Museo del Prado, en
España. La historia la cuenta este fin de semana en el diario El País, el periodista
cultural Peio H. Riaño: “Sus únicos caprichos fueron el Moët Chandon, las
flores y viajar por todos los museos del mundo. Su gran pasión, sus alumnos. Lo
demás, lo que le sobró de una vida soberana, se lo dejó al Prado: una casa en
Toledo y 800.000 euros; con una condición, todo debía invertirse en la
adquisición y restauración de cuadros “específicamente”. Entre los prohombres,
aristócratas y empresarios que han donado sus colecciones al museo, ella es la
maestra anónima. En los casi dos siglos de vida del museo, nadie antes de ella
había legado a la pinacoteca un activo así”. La historia conmueve a cualquiera,
esta semana se publicó el reportaje porque en un inicio no se había dado a
conocer el nombre de la donante, había querido permanecer anónima.
Ahora pienso en una de las primeras acciones del gobierno
entrante, la apertura de la antigua residencia presidencial, Los Pinos, a
partir del 1 de diciembre es un centro cultural, esta acción se ha convertido
en uno los símbolos más fuertes de la llegada de Andrés Manuel López Obrador, y
ha sido visitado en menos de diez días por cientos de miles de personas. En
general la idea ha sido aplaudida, algunos cuantos han demeritado la acción y
han acusado a los visitantes de “robar unas nochebuenas”, una tontería. En lo
personal me parece un gesto positivo, no es un antes y un después, pero sí es
un discurso distinto en un país que ha impulsado los privilegios y ha dado la
espalda a los que nunca han tenido nada.
Y me pongo a pensar en esta vuelta de tuerca del nuevo
gobierno y sobre la responsabilidad que les deja a los ciudadanos, porque
realmente ha sido eso, más allá de lo nominal y lo simbólico, ahora tenemos el
imperativo de actuar en consecuencia. Por fin nos devuelven el protagonismo y
el espacio que hemos reclamado desde sexenios inmemorables, por lo tanto, la
pelota cayó en nuestro jardín.
En el fondo, ahora debemos preguntarnos ¿qué daremos
nosotros?
Ya quisiéramos tener casi un millón de euros para dejarle a
nuestra descendencia, o en una realidad más disparatada dejárselo a nuestra
institución gubernamental preferida. Y digo disparatada, no porque los
mexicanos no seamos capaces de esos actos de renuncia, no. Lo que pasa es que
hasta hoy nos hemos vivido en una nebulosa tal, que, si de algo estamos
seguros, es que usarán mal nuestro dinero y que nuestros gobernantes quieren lo
diametralmente opuesto a nuestra voluntad. Con esto, no justifico los malos
manejos y las múltiples formas que hemos encontrado los ciudadanos para evadir
nuestras responsabilidades: desde emplacar tu carro en otros estados hasta no
poder contenernos ante el que no transa no avanza, pero es que aquí nada ha
sido por la derecha y con la luz prendida, más bien todo lo contrario, por eso
somos una masa enorme de contribuyentes los que nos sentimos estafados al
revisar nuestra educación pública, nuestro fomento a la cultura, nuestras
políticas de salud y un largo etcétera.
Más allá de las dulces promesas, la voluntad que vislumbro en
estas primeras horas de gobierno, y de verdad espero siga así, es que va a
operar desde la transparencia y esa transparencia (inédita) marcará también
nuestro camino y se convertirá en nuestro lema.
Comencemos juntos a tapar nuestros baches y a lo mejor algún
día no nos duela ni nos sorprenda hacer lo que hizo Carmen Sánchez García.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.