Gustavo De
la Rosa.
CUARTA
ENTREGA.
En 2010, el
30 de enero, se registró la tragedia de Salvárcar: 10 jóvenes y cinco adultos
fueron asesinados, y hubo más de 10 heridos. Tras ella, el Presidente Calderón
asumió el fracaso de la estrategia de lucha contra el narcotráfico y se centró
en la pacificación del país; se diseñó el programa interinstitucional “Todos
Somos Juárez” y decenas de ciudadanos interesados en recuperar la paz para la
sociedad nos involucramos en su desarrollo.
En 2011, la
PGR recomendó la creación de políticas preventivas y dos trabajadoras sociales,
Dora Hernández, Viridiana Hernández, y yo nos hicimos cargo de diseñar una
propuesta que incluía la educación secundaria y una acción de acompañamiento en
la formación de los jóvenes; el Centro Nacional de Planeación, Análisis e
Información para el Combate a la Delincuencia presentó un proyecto similar y
tuvimos un esquema de trabajo listo para arrancar en septiembre, además de un
presupuesto de 100 millones de pesos para empezar a rescatar a los jóvenes en
riesgo de caer en el pandillerismo.
Los recursos
llegaron a través del Presidente Municipal, Héctor Murguía Lardizábal, y éste
los reorientó con fines políticos, entregando becas a las madres de jóvenes
menores de 18 con el argumento de que ellas sabrían cómo sacar a sus hijos de
las pandillas. Así fue que nos quedamos con nuestra propuesta en la mano,
aunque aprovechamos la buena voluntad del director de un Centro Comunitario en
Anapra para instrumentar un modelo piloto.
Una decena
de empresarios y académicos nos respaldaron económicamente y empezamos a
trabajar en octubre de 2011; armamos el equipo de trabajo con un excelente
psicólogo, un profesor de educación abierta y con Dora como promotora y alma de
la intervención, que denominamos Miembros Activos por los Derechos Humanos. Y
empezamos a reclutar jóvenes.
En una
reunión previa Lucinda Jiménez, directora entonces de Conarte, nos compartió
una experiencia, “vi un grupo de jóvenes que estaban matando el tiempo junto a
una tienda y me acerqué a ellos, charlamos un poco y cuando los invité a
incorporarse al programa de arte que estábamos organizando de inmediato
aceptaron y se presentaron puntualmente a la primera cita”. “Créanme”, nos
repetía, “los jóvenes están ahí esperando que vayamos a rescatarlos y no vamos,
nos quedamos planeando ir”.
Con esa
experiencia, y con el apoyo del general asignado entonces a Ciudad Juárez para
entrar a zonas de alto riesgo, pudimos invitar a cerca de 40 jóvenes a
incorporarse al primer curso de nuestra propuesta que combinaba educación y
derechos humanos con el objetivo de salir del contexto de pobreza y violencia
en el que habían vivido.
Todos en el
proyecto coincidimos en que debíamos ofrecer una oportunidad de movilidad
social, pues el único destino que les esperaba a estos jóvenes era como
operadores de maquiladora, ayudantes de albañil, mecánico o plomero, o la
alternativa más atractiva económicamente: incorporarse a la cadena de venta,
distribución o exportación de drogas o migrantes. En México la mejor opción de
movilidad social es la educación profesional o, al menos, técnica, así que
debíamos ofrecer un camino hacia su propia liberación del barrio, empezando por
recuperar la secundaria.
Fue un gran
apoyo contar con un sicólogo de tiempo completo en el equipo de trabajo y, con
la gran energía y liderazgo natural de Dora al mando operativo del proyecto,
pronto definimos los contenidos de los módulos a desarrollar: para terminar su
Secundaria serían dos horas diarias con un mínimo de 14 módulos del sistema de
educación abierta, y para su maduración psicoemocional se adoptó una propuesta
que construía junto con los jóvenes cuatro niveles de su personalidad.
La
propuesta psicoemocional consistía en que, desde su individualidad, primero
debían descubrirse a sí mismos, reconocer su personalidad como única y
diferente a la de los demás, y valorarse como individuos con posibilidades de
desarrollo y crecimiento independiente de su contexto, pero siempre
reconociendo sus desventajas a superar. Esta tarea fue difícil y complicada
para el sicólogo, pues algunos jóvenes venían de un encierro depresivo de meses
o cargaban con el miedo constante a morir asesinados en aquel campo de batalla
que era Anapra; algunos ya sólo se identificaban a sí mismos con su
sobrenombre, casi olvidando su nombre y apellido.
Después
vino enfrentarse al entorno familiar; en México es un lugar común que digamos
que la culpa de la falta de valores es la familia y con eso cancelamos la
corresponsabilidad social en la construcción de estas familias donde los
padres, cuando los hay, salen a trabajar a las 5 de la mañana para regresar tan
agotados que ni pueden dialogar con sus hijos. Un dato curioso que recogimos en
las entrevistas con los internos del Cereso es que muchos reportaban que sus
padres reñían entre las 8 y 9 de la noche, por lo que ellos preferían salirse a
la calle.
Tras
mucho abordar la vida familiar en terapias grupales e individuales, se lograba
que el joven comprendiera que su familia y sus conflictos no van a cambiar,
pero que él sí puede hacerlo sin odiar ni faltarle el respeto a sus hermanos y
padres; puede comprenderlos y amarlos, pero desprenderse de ellos en la
construcción de su futuro y atraer además a sus hermanos menores.
Cuando
todo lo anterior tiene éxito, el joven se siente parte de su comunidad y está dispuesto
a hacer un esfuerzo por el mejoramiento de ésta y ubicarse como parte de la
ciudad y de sus instituciones. Eso es lo que significa la madurez
psicoemocional de un joven menor a los 17 años.
En el
área de derechos humanos, además del conocimiento de la parte sustantiva y los
procedimientos de queja y amparo, el objetivo fundamental era que los jóvenes
reconocieran a los derechos humanos como universales, y que los más importantes
son los de su prójimo, de su vecino, el interés superior del niño y los
derechos de equidad e igualdad de género (tomando como prioridad el respeto a
las chicas).
Cuando
empezamos, en octubre de 2011, ya teníamos muy claro lo que buscábamos y
teníamos definida la rutina a seguir, pero el gran problema era convertirlo en
realidad para nuestro pequeño grupo piloto, integrado por 29 alumnos.
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