Julio Astillero.
En realidad,
la vocera del Departamento de Estado, Morgan Ortagus, sólo planteó como versión
oficial de la reunión de este domingo, entre Marcelo Ebrard y Mike Pompeo, que
éste agradeció a aquél el incremento en el cumplimiento de los esfuerzos en
materia de inmigrantes por parte de México (¡uf!: uno de esos elogios que más
valdría nunca recibir), indicaciones iniciales que sugieren que México se está
conduciendo a reducir los flujos de migrantes ilegales que llegan a Estados
Unidos por su frontera sur.
Sin embargo,
tal declaración oficial (disponible en https://bit.ly/2YZT09E) tuvo una
traducción más extensa, libre y casi alegre en la interpretación ebrardiana,
donde la postura estadunidense, cuidadosa y condicional, fue convertida en una
especie de falso triunfo patrio: el secretario estadunidense de Estado, Pompeo,
habría reconocido los significativos avances de los operativos mexicanos (gulp
astillado, que es emitido en tono de Guardia Nacional impidiendo a unos
migrantes irregulares entrar a México y a otros cruzar hacia Estados Unidos: la
migra 4T), pero sobre todo, en virtud de esos avances (que, en realidad, son
retrocesos en cuanto a la política exterior mexicana) no considera necesario
iniciar ningún tipo de negociación con respecto a un eventual acuerdo de tercer
país seguro entre México y Estados Unidos.
Mal habría
hecho el ocupado secretario Pompeo, quien dedicó poco más de una hora al
diálogo con el canciller Ebrard, si hubiera pretendido reabrir expedientes para
negociar (oh, sí: México negocia con Estados Unidos) un eventual acuerdo sobre
algo que ya ganó Donald Trump mediante un descarado chantaje al que hubo de
ceder la administración lopezobradorista. No es necesario buscar el acuerdo
explícito para convertir a México en tercer país seguro porque, en los hechos,
hemos aceptado convertirnos en país humanitario que recibirá las solicitudes de
asilo de esos migrantes irregulares para así quedarse en México mientras
Estados Unidos decide si los acepta como refugiados.
Trump
sonríe, felicita y da palmadas en la espalda a las autoridades mexicanas en
esta etapa (los primeros 45 días del total de 90 establecidos por él como plazo
para decidir si aplica aranceles vengativos) porque él ha ganado de manera
apabullante. Ya vendrán, en todo caso, otros momentos en los que cambie la
narrativa y nos vuelva a etiquetar negativamente y a amenazar. Pero, por hoy, Ebrard
y compañía se envuelven en la bandera de la demagogia para aparentar que
avanzamos en esta contienda migratoria. ¡Ganamos: seguiremos deteniendo
migrantes!
No tiene
ningún sentido plausible hacer un informe de labores al cumplir 200 días en un
cargo. Vale, en todo caso, el recuento anual y, como obvia excepción única, el
de los primeros 100 días de una gestión. Sin embargo, Claudia Sheinbaum decidió
organizarse un acto de autosatisfacción política. Es de suponerse que esa
vocación por lo centenal habrá de mantenerse: rendición de cuentas cada 100
días, por el tiempo que la ex jefa delegacional en Tlalpan se mantenga al timón
chilango.
Lo peor de
todo es que, en realidad, no hay nada especial o extraordinario para informar.
El pasado 17 de marzo, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, en el
espectáculo por sus primeros 100 días, Sheinbaum reportó en esencia lo mismo
que ayer en la Plaza de las Tres Culturas: mucha disposición de trabajo, buena
voluntad, cumplidas las metas menores, más o menos previsibles, reiteración del
pasado como explicación o justificación de retrasos o incumplimientos en el
presente y discurso, retórica. El estancamiento o retroceso en seguridad
pública incluso ha sido convertido en avance estadístico bajo el argumento de
que antes se maquillaban las cifras y ahora no. Es probable que los capitalinos
prefieran más resultados verdaderos (es decir, visibles, realmente
perceptibles) que esta fiebre por la rendición de cuentas y los informes
forzados que, por otra parte, más parecen simples tretas en busca de
posicionamientos políticos perdidos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.