Salvador
Camarena.
Como
presidente de la República, a Andrés Manuel López Obrador sólo le interesa el
poder.
Se posiciona
frente a los temas de la agenda, reacciona ante los cuestionamientos de la
prensa, contesta a las críticas siempre a partir de un cálculo maniqueo:
¿cuánto poder gano, ¿cuánto poder pierdo, si digo esto o lo otro?
Ninguna otra
consideración vale. Ni la verdad, ni la armonía social, ni el qué dirán, ni el
juicio de sus colaboradores, ni el respeto a las normas, a la memoria o a las
instituciones. Lo único que le mueve es ganar/retener el poder. Nada más.
Por ejemplo,
ayer lunes, cuando en Palacio Nacional hizo un juego de palabras para ensuciar
la marcha de las víctimas, sin empoderar a Sicilia y sus compañeros.
“Esas
organizaciones no están pidiendo que se investigue a fondo cómo el secretario
de Seguridad Pública de Calderón estaba involucrado con la delincuencia, ese
señor que está detenido en Nueva York, García Luna, ¿o escucharon ustedes algo
de eso o han escuchado algo sobre García Luna?
“Entonces,
padecen amnesia y todo lo empiezan a ver –como que hasta ahora están abriendo
los ojos– a partir de que llegamos nosotros. Guardaron silencio, callaron como
momias”, se atrevió a asegurar el presidente López Obrador.
Cuando un
reportero le cuestionó: “¿Se refiere a Javier Sicilia?, ¿a los organizadores de
la marcha de ayer?”, AMLO se zafó sin elegancia. “Me refiero a los que
actúan de esa manera, ya lo demás es asunto de ustedes, o sea, investíguenlo. O
sea, a quiénes son los que no han denunciado los crímenes, la política de
desaparecidos que se implantó, los que ahora gritan como pregoneros y callaron
como momias”, contestó.
La verdad
es una y la sabe todo mundo. Las cabezas visibles de la marcha del domingo
llevan sexenios con un rechazo público, argumentado y democrático a las
políticas contra la violencia, y no pocos de sus protagonistas, incluido a
García Luna.
Esa verdad
no le importa al presidente López Obrador. Ni esa ni otras. Pero en este caso,
hará lo necesario, mediáticamente hablando, en su intento por socavar la
autoridad de quienes le podrían restar ascendiente o margen de maniobra, de
quienes pudieran constituirse en contrapeso.
Así que,
antes que nada y como siempre, en esta primera batalla por el poder, la verdad
saldrá vapuleada. El Presidente de la República mentirá para no dejar que el
poeta y sus compañeros ganen terreno.
Pero habrá
otras bajas: la calidad de la convivencia democrática se pudrió un poco el
domingo cuando un grupo de choque obradorista insultó a víctimas. Hay gente que
se siente indignada ante tanta vileza, es cierto, pero no se puede descartar
que habrá quien caiga en el garlito y crea que sí hay quien pretende
descarrilar al tabasqueño. ¿Cuánto vale la memoria de una víctima cuando de lo
que se trata es de resucitar el peor presidencialismo mexicano?
Esa es la
lección del domingo. Hay un bando que sigue fijo en el modo guerrero que
desarrollaron desde 2004 para resistir los videoescándalos y el antidemocrático
desafuero.
Los comicios
del año pasado no significaron una nueva etapa, ni la transfiguración de un
opositor en un jefe de Estado. No, el poder será usado desde Palacio Nacional
fundamentalmente para fortalecer a la tribu que durante 30 años caminó por el
desierto.
A
sabiendas de que seis años es poco tiempo para instalar un nuevo entramado en
la administración, y conscientes de que la pugna intestina de Morena puede
complicar aún más la creación de lo que imaginan como un nuevo régimen, para el
Presidente nada será más importante que ocupar todo espacio de poder de aquí al
2024. Cualquier cesión constituye el peligro de más merma. No se lo va a
permitir.
De ahí que
veremos a AMLO mentir sobre Sicilia, desdeñar a las víctimas, sacarse de la
manga “otros datos”, desempolvar el petate conservador o neoliberal, según
venga al caso, y tratar de asfixiar todo liderazgo emergente.
Imposible
saber si eventualmente se sentirá lo suficientemente firme para dejar de
arrasar con órganos autónomos u opositores a sus políticas. Pero no se ve cerca
ese día. Para nada.
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