Jorge Javier
Romero Vadillo.
El pasado
domingo 15 de marzo se cumplió un siglo de que el Gobierno de Venustiano
Carranza expidió las Disposiciones sobre el comercio de productos que pueden
ser utilizados para fomentar vicios que degeneren la raza y, sobre el cultivo
de plantas que pueden ser empleadas con el mismo fin, primera piedra del
entramado regulatorio de la prohibición de las drogas en México, aunque desde
la promulgación de la Constitución de 1917, el Consejo de Salubridad General
–ese mismo que inexplicablemente López Obrador se ha resistido a convocar para
enfrentar la emergencia del COVID19– había quedado mandatado para definir “las
substancias que envenenan al individuo y degeneran la raza” que debían ser
combatidas y el énfasis con el que se haría.
Durante este
siglo de prohibición se ha acumulado suficiente evidencia sobre lo
contraproducente de la estrategia, que progresivamente se fue endureciendo con
un brevísimo paréntesis en 1940, al final del Gobierno de Cárdenas, cuando
estuvo vigente durante seis meses un Reglamento Federal de Toxicomanías cuando
se despenalizó el consumo y se puso en práctica una política que hoy
llamaríamos de reducción de riesgos y daños, pues con base en aquella norma se
abrieron dispensarios para la provisión segura a precio de costo de las
sustancias psicotrópicas consideradas peligrosas, sobre todo morfina, en
diferentes puntos de la ciudad de México y en otras ciudades del país.Con
excepción de aquella pausa en la prohibición, que duró apenas seis meses,
debido a las presiones de los Estados Unidos, la política de drogas se ha
basado en el prohibicionismo y, desde la expedición del Código Penal Federal
de1929, en la utilización de la justicia penal y los cuerpos de seguridad del
Estado para perseguir el tráfico, el comercio y el consumo de un conjunto de
sustancias psicoactivas que el Estado ha decidido que los ciudadanos no deben
consumir. Los resultados han sido cada vez peores, pues la prohibición no sólo
no ha logrado impedir que las sustancias prohibidas están disponibles, sino que
ha agravado los riesgos sanitarios de los consumos potencialmente peligrosos,
pues las organizaciones especializadas en el mercado clandestino no tienen
escrúpulos para adulterar sus mercancías, ni piden identificación para
garantizar que sus consumidores sean mayores de edad.
Durante las
primeras décadas de la prohibición los consumidores fueron considerados
enfermos que debían ser obligados al tratamiento. Después simplemente se les
criminalizó, aun cuando el consumo en sí mismo nunca fue considerado delito,
pero sí todas las conductas necesarias para llevarlo a cabo. De los hospitales
de internamiento forzoso se pasó al encarcelamiento o a la detención y la
extorsión, mientras que a partir de la década de 1970, cuando el Gobierno de Richard
Nixon declaró la “guerra contra las drogas” y forzó a México a seguirlo en una
cruzada con varias agendas ocultas –como la persecución de sus enemigos
políticos internos, el control de la comunidad afroamericana o, en América
Latina, la represión de la “subversión comunista”– el Estado mexicano se ha
visto forzado a emprender campañas de erradicación de cultivos y
descabezamiento de carteles, con un costo ingente en recursos, pero pobres o
nulos resultados en cuanto al tráfico o la disponibilidad de las sustancias.
A principios
de este Gobierno, con su pretensiosa tetramorfosis, parecía que, por fin,
comenzarían a cambiar las cosas. El Presidente cacareó el fin de la guerra
contra las drogas, en el Plan Nacional de Desarrollo se decretó el fracaso del
prohibicionismo y el inicio de una regulación sensata y la Secretaria de
Gobernación impulsó un proyecto de ley para acabar con la prohibición de la
mariguana. Sin embargo, todo ha resultado una fraude, no sólo porque la
legalización del cannabis está viviendo un tortuoso proceso parlamentario que
parece conducir a una mera simulación, con un resquicio que sólo favorece a los
intereses de las grandes empresas canadienses, sino porque ahora, para
conmemorar el centenario de la prohibición, el propio Presidente ha lanzado
desde su púlpito la más estúpida de las campañas supuestamente enfocadas a la
prevención del consumo de la que tengamos memoria.
La campaña
presentada esta semana por el vocero presidencial es el más acabado ejemplo de
lo que no se debe hacer en materia de prevención, además de ser aberrantemente
estigmatizadora y discriminatoria con los usuarios de sustancias. Una campaña
en la que un supuesto consumidor se declara “un hombre podrido” o en la que se
identifica consumo de sustancias con abuso de menores, violaciones y violencia,
como en los peores tiempos de las mentiras de Harry Anslinger, el inefable zar
antidrogas de los Estados Unidos desde la década de los treinta hasta la de los
setenta del siglo pasado, que desplegaba el peor racismo y las más descaradas
mentiras para generar miedo a la mariguana.
Como en los
peores tiempos del “just say no” de Nancy Reagan, el Gobierno mexicano pretende
que con el miedo basado en medias verdades, cuando no en abiertas mentiras, va
a reducir el consumo, a pesar de toda la evidencia acumulada que muestra que la
prevención se debe basar en evidencias y se debe orientar al retraso del primer
consumo, la reducción de daño y al consumo responsable. Una y otra vez, las
campañas del miedo y la exageración han fracasado.
Lo
sorprendente y decepcionante es que esta tétrica campaña cuente con el aval de
la CONADIC, cuando el comisionado es Gady Zabicky, tal vez el mejor adictólogo
de México, que conoce muy bien lo contraproducente de la estigmatización del
consumo y de la falsedad como estrategia preventiva. ¿Por qué un funcionario
tan bien capacitado se presta a respaldar lo que parece producto de la
estulticia y la ignorancia presidencial? Se trata de un misterio tan grande
como el que subyace al lamentable espectáculo del gran epidemiólogo que apoya
los desplantes presidenciales cuando pretende detener al virus con estampitas
religiosas. El pensamiento mágico promovido desde el Estado, contra la
Constitución laica que proclama los fundamentos científicos de la educación
impartida por el Estado. Ha quedado en evidencia que este Gobierno es mera
superchería.
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