Julio Astillero.
Más que
nunca, el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador necesita caminar
con tiento en su relación con los empresarios, el gran capital y los órganos
internacionales no gubernamentales que califican e inducen reacciones en los
ámbitos económico y financiero.
Ayer, Fitch
Ratings, una firma internacional de calificación crediticia, con oficinas
ejecutivas en Nueva York y Londres, bajó la valoración de la deuda respaldada
por México de BBB a BBB-, lo cual coloca al país a un paso de perder el grado
de inversión (grado basura), conforme a los parámetros de la citada agencia
calificadora. Una advertencia de este tipo suele generar que ciertos capitales
de especulación emprendan la retirada de un país en riesgo económico. Faltan los
nuevos reportes de las otras dos grandes corporaciones de ese tipo, Moody’s y
Standard & Poor’s.
Las razones
de Fitch Ratings para tal estimación negativa del futuro mexicano fueron
expresadas en el lenguaje cuidadoso que le es tradicional pero, en general,
consisten en las preocupaciones por el impacto económico del Covid-19 y por el
manejo del tema por parte del gobierno federal.
En el plano
político, los gobernadores llegados al poder por la vía del derechista Partido
Acción Nacional decidieron ayer devolver al gobierno obradorista los insumos
enviados a sus entidades para el personal médico que atiende casos de Covid-19.
Lamentable, preocupante, inaceptable, insuficiente y penoso, fueron algunos de
los adjetivos que endilgaron al equipamiento recibido, según declaración
oficial de tales mandatarios de derecha. El subsecretario de Salud, Hugo
López-Gatell, explicó en conferencia nocturna que el material rechazado por los
panistas, como unas batas transparentes, no son para uso clínico sino para
personal comunitario con riesgo de exposición muy bajo. Precisó que son un
donativo.
El propio
subsecretario en jefe, López-Gatell, añadió al sombrío lienzo de las relaciones
del gobierno federal con los empresarios que un quince por ciento de firmas
relacionadas con el tabaco, los textiles, la madera y la industria automotriz
no pararon actividades, conforme a los lineamientos oficiales y que, por tanto,
habrá inspecciones federales que podrían desembocar en sanciones e incluso en
la clausura de los negocios.
Será
interesante saber si en ese abanico de empresas de rubros no esenciales que han
desobedecido las instrucciones gubernamentales se incluye a las maquiladoras de
la frontera norte, que no han suspendido actividades ni cuidan la salud de sus
empleados y, desde luego, a firmas favoritas del sexenio como las del Grupo
Salinas, cuyo accionista mayoritario, Ricardo Salinas Pliego, decidió por sí
mismo que sus negocios deben continuar funcionando.
La
complicada perspectiva sanitaria y económica derivada del Covid-19 en México
está siendo aprovechada por grupos partidistas, empresariales y políticos que
creen llegado el momento ideal para ajustar cuentas con un gobierno y un
presidente (que en la práctica son casi lo mismo) a los que repelen
profundamente, al primero por las políticas que en términos generales y con
altibajos significan un desbalance en las expectativas de prosperidad
continuada de grandes capitales, y al segundo porque su forma de hablar, de
informar y de debatir o rebatir les resulta particularmente irritante.
Astillas:
El
presidente López Obrador y Ricardo Monreal, jefe político del Senado, han
establecido una sana distancia. Pero no política sino física, según una
fotografía de buen humor que se dio a conocer anoche, con el tabasqueño y el
zacatecano dialogando en una banca en Palacio Nacional con un metro de
distancia entre ellos... Y, mientras ha fallecido Rubem Fonseca, el gran
escritor brasileño que entre otras grandes obras aportó Agosto, una novela que
narra los días difíciles del final físico y político del presidente (cuatro
veces lo fue) Getulio Vargas, quien se suicidó de un disparo en el corazón en
1954, según la versión oficial.
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