Pablo Gómez.
Al decir adiós, el Partido de la
Revolución Democrática (PRD) no lo hace sólo por la gran cantidad de miembros y
simpatizantes que le han abandonado y le abandonan cada día, sino porque ya no
es el partido que fue y, por tal motivo, pronto, con seguridad desaparecerá por
completo.
El fenómeno no es nuevo. Hemos visto
partidos que se van haciendo pasita conforme aumenta su extravío hasta que
desaparecen del mapa político. El PRD lleva varios años en ese proceso. El
esfuerzo de muchos de sus integrantes por frenar su deterioro ha resultado
infructuoso. Cuanto más arreciaba la crítica interna a la política de su
dirección, el PRD empeoraba.
Su enfermedad tiene dos aspectos
principales, aunque no son los únicos: la corrupción y el oportunismo que
terminaron envueltos en un síndrome incurable. La dirección perredista se
dedica al comercio y, como recién se ha visto, en ocasiones ha vendido, incluso,
el puesto de presidenta o presidente del partido.
La alianza con Acción Nacional (PAN)
para llevar a la Presidencia de la República al líder de ese partido es una
muestra de lo bajo que han caído unos dirigentes políticos a quienes no les
importa estar llevando a la desaparición a un partido que fue la trinchera de
millones para lograr la transformación social y política de México.
La dirección que ha firmado con el
PAN la entrega del partido está caduca, pero no sólo en el sentido político,
sino también porque su mandato terminó el 5 de octubre del presente año sin que
convocara a elecciones. El sistema en el PRD es ahora autocrático, los
dirigentes se designan a sí mismos.
De los
principios, el programa, la línea política y el estatuto no ha quedado
absolutamente nada. Esto no es una exageración, sino hechos, por más increíbles
que puedan parecer. El más reciente Congreso Nacional (2015) dijo claramente
que con el PAN no se realizaría ninguna alianza general, que la línea era
promover la unidad de las izquierdas. El documento aprobado jamás se imprimió,
quedó medio escondido en la página electrónica a pesar de que abordaba los
temas principales de la agenda nacional.
La canallada que hizo la dirección
perredista en el Estado de México sólo tenía como propósito permitir que al PRI
le funcionara la compra de votos porque, de otra manera, hubiera llegado a la
gubernatura el mayor partido electoral de la entidad, que es Morena aún en los
cómputos oficiales amañados.
Esa dirección se convirtió en esquirol
político, aunque otros le llaman palero del poder, ya que sólo deseaba que la
izquierda no gobernara el mayor estado, cayendo así en un franco repudio de
todo criterio elementalmente democrático. ¿Cuánto costó al gobierno federal esa
acción del PRD? Quizá nunca lo sabremos, pero de seguro que no fue poco.
A todo
análisis, por decisión de su dirección ilegítima e ilegal, el PRD le dice adiós
a su país. Sin embargo, la izquierda no desaparece en tanto que muere el
partido que llegó a ser su estandarte casi único. Ésa sigue en la lucha, por lo
cual la mayor tarea es unir en la acción a toda la gente que quiera un cambio a
partir de las posiciones de una amplia izquierda.
Como muchos otros y otras, en lo
personal he abandonado al Partido de la Revolución Democrática después de ser
militante desde la primera convocatoria. Sigo en la izquierda y por ello tengo
que dar la espalda a los tránsfugas antes que admitir como candidato a un
neoliberal de la derecha más tradicional del país.
Para luchar contra el neoliberalismo
priista, la trinchera es la de la izquierda y no la otra derecha. El candidato
de las izquierdas mexicanas, en la dimensión popular de éstas, no podría ser un
panista, sino el que efectivamente lo es ya en la realidad: Andrés Manuel López
Obrador.
La gran
corriente de izquierda debe unirse para dar la batalla electoral, pero ya no
sumará las siglas con las que alguna vez casi toda ella se agrupó. El PRD dice
adiós. Así sea.
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