México se colocó en el tercer lugar
entre los cuatro países más mortíferos contra defensores de derechos humanos en
el mundo durante el año pasado, con 31 homicidios. Se trata de una lista roja
que concentra el 80 por ciento del total de los homicidios en el mundo, y que lidera Colombia, con 91
asesinatos; seguida de Filipinas, con 60, y Brasil, con 27 homicidios, consignó
el Informe Anual sobre Defensores de Derechos Humanos en Riesgo 2017, realizado
por la organización internacional Front Line Defenders.
El Informe, dedicado a los 312 defensores asesinados en
27 países del mundo durante 2017, fue revelado por esta organización –fundada
en Dublín, Irlanda, en 2001, con el objetivo específico de proteger a
defensores en riesgo y personas que trabajan de forma no violenta por alguno o
todos los derechos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos– apenas días antes de que el 18 de enero pasado, en México, fuera
asesinada Guadalupe Campanur Tapia, activista de 32 años, defensora de los
bosques y el territorio comunal de Cherán, Michoacán.
El año pasado, plantea, fue testigo
del mayor número de asesinatos de defensores/as ambientales y periodistas
registrados en México en los últimos años, en medio de una crisis de violencia
que se extiende por todo el país, destaca.
“La
aprobación en diciembre de una nueva Ley de Seguridad Interior en México que
permite la intervención de las fuerzas armadas en asuntos de seguridad pública
es particularmente preocupante por la ambigüedad de la redacción, su probable
implementación arbitraria y sus posibles efectos negativos en la protesta
social”, añade la Organización No Gubernamental (ONG).
Los
defensores mexicanos asesinados y que se incluyen en la lista de Front Line
Defenders son:
Juan
Ontiveros Ramos.
Silvestre de
la Toba Camacho.
José Alberto
Toledo Villalobos.
Miriam
Rodríguez Martínez.
Isidro
Baldenegro López.
Benjamín
Juárez José.
Marco
Antonio Pazuengo Salazar.
Fredy Cruz
García.
Alan Geovani
Martínez Contreras.
Rafael
Hernández Cisneros.
Marciano
Martínez Cruz.
Antonio
Santiago González.
Humberto
Morales Santíz.
Cecilio
Pineda Birto.
Hiram Yusset
Tejeda Salas.
Ricardo
Monlui Cabrera.
Miroslava
Breach Velducea.
Juan José
Hernández Alchino.
Santiago
Crisanto Luna.
Luis Gustavo
Hernández Cohenete (menor de edad).
Francisco
Jiménez Alejandre.
José Carlos
Jiménez Crisóstomo.
Maximino
Rodríguez Palacios.
Gerardo
Corona Piceno.
Héctor
Jonathan Rodríguez Córdova.
Jesús Javier
Valdez Cárdenas.
Agustín
Vázquez Torres.
Miguel
Vázquez Torres.
Rodrigo
Guadalupe Huet Gómez.
Meztli
Omixochitl Sarabia.
Fernando
Tlaxcalteca.
DEFENSORES
CRIMINALIZADOS.
Los 312
defensores fueron asesinados en 27 países por su trabajo pacífico, según datos
recopilados por la organización. Más de dos tercios, un 67 por ciento del
número total de activistas asesinados, defendían derechos sobre la tierra, al
medio ambiente y de los pueblos indígenas, casi siempre en el contexto de
actividades de industrias extractivas, megaproyectos y grandes empresas.
De entre los
casos recopilados, sólo 12% de todos los casos de asesinato dieron como
resultado el arresto de sospechosos.
“La impunidad ante actos de violencia
y la insuficiencia crónica de protección para defensores/as en riesgo continúa
generando el clima de frecuentes asesinatos, dijo la organización. De los casos
sobre los cuales se recopilaron datos sobre amenazas previas, el 84 por ciento
de las y los defensores habían recibido al menos una amenaza de muerte personal
antes de ser asesinados/as”, establece.
La criminalización, dice, siguió
siendo la estrategia más común utilizada para obstaculizar y deslegitimar el
trabajo de las y los defensores.
“Miles de derechos humanos fueron
objeto de detenciones, acusaciones falsas, sometidos/as a procesos legales
largos, costosos e injustos y, en algunos casos, condenados/as a largas penas
de prisión. La ola de legislaciones restrictivas utilizadas para perseguir a
defensores de derechos humanos y medios independientes continuó en 2017 y tanto
las tácticas cuasilegales como aquellas más violentas utilizadas por los
opresores estuvieron acompañadas de campañas difamatorias profesionales que
contaban con amplios recursos”, expone.
“En muchos países, los gobiernos y
las fuerzas de seguridad se mostraron, en el mejor de los casos, impasibles
ante las amenazas y ataques sufridos por los/as DDH, y, en el peor de los
casos, fueron las mismas fuerzas de seguridad del Estado las responsables de
los asesinatos.
La mayoría de los inversionistas
internacionales y empresas matrices que iniciaron y posibilitaron tales
proyectos con sus fondos y apoyo, siguen sin considerar a los líderes de las
comunidades locales y a los/as DDH como actores clave a los que deben consultar
a la hora de planificar los proyectos”, establece.
Esta falta
de consulta, alerta, aumenta el riesgo de una futura confrontación y, al no
hacerlo, las compañías no reciben señales de alerta temprana cuando surgen
conflictos en áreas locales.
De los casos sobre los cuales Front
Line Defenders pudo recopilar datos sobre amenazas previas, el 84 por ciento de
las y los defensores asesinados habían recibido al menos una amenaza antes de
su muerte. Por tanto, destaca, si la policía hubiese tomado medidas preventivas
en una fase temprana, los ataques podrían haberse reducido drásticamente.
Por otro
lado, agrega el documento, también
aumentó el número y la frecuencia de los ataques contra las defensoras de
derechos humanos. Las amenazas y ataques recibidos incluían a menudo elementos
relacionados no sólo con su trabajo, sino también con su género.
Front Line
Defenders recibió información de este tipo de casos de El Salvador, República
Dominicana, Guatemala, Nicaragua, México, Brasil, Colombia, Perú y Honduras.
Entre ellos, hay ejemplos de amenazas de violencia y tortura sexual,
difamaciones en las redes sociales, así como ataques dirigidos a familiares o
parientes cercanos.
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