miércoles, 31 de enero de 2018

Seguridad: el fracaso de EPN.

Martín Moreno.

El viernes 26 de enero de 2018 quedará marcado, oficialmente, como la fecha de la derrota histórica del gobierno de Enrique Peña Nieto ante el crimen organizado: por decisión del Estado Mayor Presidencial (EMP), se canceló la gira por Reynosa, Tamaulipas, ante la ola violenta registrada en ese territorio dominado por Los Zetas.

En pocas palabras, significó la postración del Estado mexicano – encabezado por el comandante supremo de las Fuerzas Armadas, que no es otro que Peña Nieto-, ante el poderío, supremacía y violencia mostrada por los grupos criminales que, durante el gobierno actual, se han consolidado e impuesto sus leyes en los estados que controlan.

Los Zetas, en Tamaulipas. Intocables.

El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) cada vez más poderoso y extendido en Jalisco, Michoacán, Veracruz, Oaxaca y varias entidades, operando inclusive en Asia y Oceanía, sin que nadie los moleste.

Sí, en una decisión inédita en cuanto a razones; alarmante, en cuanto al mensaje que se manda a la sociedad; histórica, en cuanto a trascendencia negativa, el presidente de México tuvo que suspender la visita a Reynosa programada para ayer martes 30, donde inauguraría el Libramiento Sur II. ¿La razón? La alta violencia que se registra en la zona. Así de grave.

En una frase: ni siquiera el EMP es capaz de garantizar la seguridad del presidente de la República que, como millones de mexicanos, tendrá que quedarse en casa, refugiado, ante el riesgo de sufrir un ataque por parte de la cada vez más empoderada criminalidad.

El mensaje que se envía desde Los Pinos con la cancelación del evento en Reynosa es uno: los grupos criminales nos han ganado la batalla. Hay territorios bajo su absoluto dominio y la fuerza del Estado no ha podido con ellos. Tan peligrosos son, que ni siquiera el presidente puede estar seguro. Así de grave.

Y es que, en la recta final del gobierno peñista, la violencia generada por el crimen organizado – disputas de territorios, ejecuciones masivas, decapitaciones, ajustes de cuentas entre grupos delictivos y muerte de civiles inocentes-, se ha salido de control. Nadie responde por el baño de sangre que se vive un día sí y otro también en la mayoría del territorio nacional.

Allí están las cifras: el gobierno de Peña Nieto registrará alrededor de 100 mil muertos por la violencia.

Ayer, los priistas se llenaban la boca al decir: “Es la guerra de Calderón”.

Hoy, también deberemos llenarnos la boca y revirar: “Es la guerra de Peña Nieto”. Además, perdida.

A unos cuántos meses de entregar el gobierno, Peña Nieto tendrá que rendir el informe crudo respecto a su estrategia sobre seguridad: fracaso absoluto en la lucha contra el narcotráfico, violencia fuera de control y arrodillamiento de los mexicanos ante el poder de las armas criminales.

Fracasó Peña Nieto en brindar seguridad. Ese es el resumen.


¿Cómo se llegó al extremo de que ni el presidente de México pueda visitar en cualquier momento un estado (Tamaulipas), porque no se puede garantizar su seguridad?

Paradójicamente, fue una situación generada, entre otros factores, por una estrategia presidencial equivocada.

¿Cuál fue?

Minimizar el problema de la inseguridad heredado por el gobierno de Calderón y hacer creer que, con borrarlo del discurso oficialista, de las primeras planas, del espacio principal en radio y televisión y de la discusión pública, con solo eso se iba a terminar lo que el gobierno acostumbra llamar “la percepción de inseguridad” que tienen los mexicanos. Fue una irresponsabilidad criminal de Peña, Osorio Chong y de las cabezas de seguridad del peñismo.

Soslayar el evidente enquistamiento de los cárteles de las drogas, creyendo que con la recaptura del Chapo Guzmán se iba a desterrar la violencia criminal del país. Ilusos. El Chapo está en Nueva York…pero los grupos criminales – cada vez más fuertes e impunes-, continuaron operando.

Ignorar el conflicto mayúsculo y la innegable guerra armada que se vive en algunas zonas del país, sustituyendo la estrategia de seguridad por la retórica, suplantando la acción responsable y de fondo por el discurso gubernamental del “no pasa nada”, y en lugar de definir acciones eficaces, la administración peñista se empecinó en desaparecer la violencia por decreto, y ahora todos, incluido el Presidente, pagamos las consecuencias de esa irresponsabilidad histórica: Peña nos deja un país más violento, más inseguro y más impune, en comparación al que recibió.

Creer que, con entregarle la operación, estrategia y recursos para la seguridad a la secretaría de Gobernación, igualmente por decreto se acabaría con la violencia. Eliminar desde diciembre de 2012 a la secretaría de Seguridad Pública federal – en un lance más de imagen de gobierno que de responsabilidad en las políticas públicas respecto a la seguridad-, fue un gravísimo error de Peña Nieto. Considerar que Osorio Chong, elevado al rango de “súper secretario” y “súper policía”, amedrentaría a los cárteles de la droga. ¡Sí, cómo no! Otra vez ilusos, por no decirles otra cosa: no solo la estrategia no funcionó, sino que, en sentido contrario a lo que se esperaba, la inacción terminó beneficiando a los grupos criminales y en particular, lo que despierta suspicacias, al CJNG.

¿Dónde está la malograda Gendarmería Nacional tan cacareada por Peña Nieto y Osorio Chong? En la basura, como tantas otras ocurrencias oficialistas.

Un fracaso, la lucha contra la inseguridad.

Fracaso absoluto de Peña y de su equipo.

Allí están las cifras, que no mienten. Los hechos delictivos irrefutables.

Y allí, también, el baño de sangre que no cesa.

El sexenio se acaba y la inseguridad aparece por todos lados. Ciudadanos aterrados que saben cuándo saldrán de casa, pero no si regresarán. La violencia está en cada ciudad, en cada esquina, en cada calle.

¿Y Peña? Quejándose de las redes sociales.

¿Y Osorio Chong? Buscando una senaduría.

¿Y Tamaulipas? Bajo dominio de Los Zetas.


Así las cosas.

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