Salvador Camarena.
Los partidos nos tenían reservada
para esta temporada electoral las precampañas a la López Portillo, esas donde
los precandidatos presidenciales hacen proselitismo sin oponente interno.
Una raya más al disfuncional tigre
que es nuestra democracia; luego laméntense de lo bajo que salimos en encuestas
sobre confianza democrática.
A nivel
capitalino las precampañas también son sui géneris. Tenemos las de Claudia
Sheinbaum y Mikel Arriola, que recorren
todos los días la CDMX en algo que camina, hace, suena y luce como campaña…
pero legalmente no lo es.
Y tenemos la más rara de todas, la
precampaña del Frente, que si se fijan bien ni es del Frente, sino del PRD, ni
es precampaña, pues teniendo, esa sí, tres precandidatos, éstos han renunciado,
hasta hoy, a competir, a pelear por el puesto, a la guerra sucia, al debate, al
periodicazo, a la crítica, al desplante, a retar, a sorprender a sus oponentes…
En pocas palabras, precampañas que no despliegan una confrontación electoral
que emocione al respetable, caliente el ambiente, ponga a todos a hablar, que
sume simpatías a unos, que baje puntos a otros, que haga pensar que hay
incertidumbre en el resultado y novedad en quienes creíamos demasiado vistos.
Aunque
empezaron el 15 de diciembre, las precampañas del PRD para la candidatura a la
Ciudad de México están más muertas que esos programas televisivos de concursos
tipo marca y gana, que en las madrugadas tratan de esquilmar desvelados.
La culpa es de los perredistas. El
formato acordado para esta precampaña del Frente, agárrense, excluye los
debates. Literal. La izquierda (es un decir) que ha gobernado (es otro decir)
la Ciudad de México decretó que como para qué forzar a sus precandidatos a un
ejercicio tan choteado como debatir. No señor. Vámonos a los spots y los
videoclips (aquí me van a acusar de ochentero) y a las redes y que Roy nos diga
con su encuesta quién se posicionó mejor y luego el consejo de sabios, de esos
que sobran en el PRD y en el Palacio del Ayuntamiento, decida quién es el bueno
(la buena) para
disputarle a Sheinbaum la ciudad.
Cuesta trabajo entender por qué
alguien como Salomón Chertorivski aceptó un formato que no fuerza a sus
contrincantes –Alejandra Barrales y Armando Ahued– a debatir con todo el peso
de la palabra.
Máxime
cuando a la precampaña le quedan dos semanas. Concluirá el 18 de enero. En ese
periodo, es cierto, es probable que Barrales, Ahued y Salomón acudan juntos a
algunos programas de televisión y radio. Y seguro que los periodistas
convocantes tratarán de que el debate incluya show, sustancia y nota, sueño de
todo moderador de esos encuentros. Pero por lo que se ha visto hasta hoy, dudo
que veamos algo así.
Porque lo que se ha visto hasta hoy
es a un Salomón que se mueve en las redes (para ser del ITAM, no baila tan mal,
eh), a una Barrales casi desaparecida y a un doctor Ahued que debe estar, como
su famoso programa, esperando a la campaña en su casa. Pero competencia como
tal, para nada.
O Salomón aceptó ser una cara
comparsa que legitime a Barrales (cara por lo bien hechos y nada caseros que
son sus videos, y por lo mucho que le desacreditará tanta propuesta si no
remata con un zarpazo), o las precampañas ahora son un ejercicio más bien
bobalicón donde está prohibido raspar al oponente en la esperanza de que un
dedazo (priista, morenista o mancerista, da igual) salve a uno de los
precandidatos del enfado de hacer una verdadera precampaña.
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