En un esfuerzo final para que las
grandes empresas tengan todavía más oportunidades de seguirse beneficiando de
los recursos naturales del subsuelo y de los bajísimos salarios de los
trabajadores mexicanos, el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto impulsa
la aprobación fast track de la Ley General de Aguas y una nueva legislación en
materia laboral.
La primera pretende privatizar el manejo y
comercialización del agua, y la segunda, condenar a la mayoría de los trabajadores a la precariedad. Tal
como sucedió con la Ley de Seguridad Interior, al Ejecutivo lo único que le interesa es que se aprueben sus proyectos
de ley, sin importar que todas las fracciones opositoras voten en contra.
La Ley
General de Aguas (Proceso 2153) contempla
el otorgamiento de concesiones a perpetuidad y, aunque pone un límite máximo de
30 años, permite las renovaciones ilimitadas. Además, autoriza la transmisión
de las mismas, aunque el cambio de titular implique también el cambio de uso
del líquido, por ejemplo, de uso para fines agrícolas a industriales.
También
contempla, de acuerdo con un análisis desarrollado por la Coordinadora Nacional
de Agua para Todos, que las tarifas del
agua se determinen tomando en cuenta los costos, la inflación y la utilidad que
debe lograr el operador.
Los expertos
entrevistados en el reportaje de Jesusa Cervantes también hacen hincapié en que el proyecto de ley impulsado por el Ejecutivo, a
través de Ignacio Pichardo Lechuga, impulsaría el uso de fracking para la
producción de gas y aceite, dado que dicho proceso requiere de gran cantidad de
agua; así, la propuesta de nueva legislación es el complemento ideal para la
reforma energética.
Mientras
tanto, en lo referente a la propuesta de legislación laboral (Proceso 2153) ésta trasgrede los principios
constitucionales promulgados en la reforma de febrero del año pasado, pues en
lugar de crear Centros de Conciliación en los estados, y el organismo
descentralizado con plena autonomía, prácticamente revive el formato de las
Juntas de Conciliación al recrear instancias tripartitas: trabajadores,
empresarios y gobierno. Lo que da al traste con una de las principales intenciones
de la reforma.
También revierte el voto libre y
secreto como requisito previo para cualquier negociación colectiva, al
reservarlo únicamente para los casos en los que se emplace a huelga, con lo
cual abre la puerta para los llamados contratos de protección.
Mención aparte merece la
liberalización del llamado outsourcing, que es una de las vías más socorridas
para evadir responsabilidades laborales y precarizar el trabajo en México, al
eliminar las restricciones de la actual legislación que limita el mismo a actividades
accesorias, como limpieza y vigilancia, e impide que se otorguen a terceros la
realización de las tareas centrales del negocio. Aunque el nuevo titular de la
Secretaría del Trabajo y Previsión Social, Roberto Campa, ya se manifestó
contrario a esta propuesta, es un hecho que el proyecto que se discute en la
Cámara de Diputados sí lo contempla.
Como bien
señala Arturo Alcalde en un artículo publicado en La Jornada el sábado 3 de
febrero, el proyecto de ley da al traste
con los dos principales objetivos de la reforma constitucional: recuperar la
vigencia del estado de derecho y dejar en manos de tribunales adscritos al
Poder Judicial la impartición de justicia en materia laboral; y “recuperar el
papel de la negociación colectiva como medio de concertación productiva y así
suprimir los contratos colectivos de protección patronal celebrados a espaldas
de los trabajadores”.
Estas dos
iniciativas de ley, aunque nunca se contemplaron en el llamado Pacto por
México, forman parte del paquete de reformas estructurales que el gobierno de
Enrique Peña Nieto ha impulsado incluso desde antes de llegar al poder, como
fue el caso de la reforma laboral aprobada todavía durante el gobierno de
Felipe Calderón, pero ya consensuada con el entonces presidente electo.
Todas las
reformas (con la única excepción de la llamada reforma fiscal, aunque en realidad fue un aumento de impuestos
indispensable para que las finanzas públicas federales no empeoraran)
establecen condiciones muy favorables para que los grandes empresarios (en
muchos casos de la mano de exsecretarios de Estado, ya muy bien señalados)
exploten los recursos naturales y humanos del país.
Algunas de las primeras consecuencias
negativas de la reforma energética ya están presentes con el encarecimiento de
los combustibles y la debacle de las refinerías mexicanas; pero donde éstas son
todavía más alarmantes es en el ámbito de la reforma laboral, pues entre 2013
–el inicio del sexenio y cuando apenas entraba en vigor la reforma laboral– y
2016 el número de personas empleadas que ganan más de cinco salarios mínimos se
redujo en 700 mil; y, en contrapartida, el de personas que ganan entre uno y
dos salarios mínimos se incrementó en 3
millones 200 mil. Y, por si esto fuera poco, también hay cerca de 7 millones
200 mil personas que laboran menos de 35 horas por razones ajenas a su voluntad
o reciben menos de un salario mínimo.
Para dar una
idea de esta precariedad del empleo en México, en una encuesta levantada en
Nuevo León entre septiembre y noviembre del año pasado por el Instituto de
Investigaciones Económicas de la Universidad Autónoma de Nuevo León, para el
proyecto Cómo Vamos, Nuevo León, muestra
que 51.1% de los encuestados manifestó percepciones menores a 9 mil 900 pesos
mensuales, en ese entonces equivalente a cuatro salarios mínimos y, únicamente
1.6%, más de 24 mil 800 pesos mensuales, es decir más de 10 salarios mínimos.
En resumen, como resultado de la reforma laboral se ha
incrementado el número de empleos, pero de muy mala calidad y, en contrapartida,
se ha reducido el número de empleos bien pagados.
Es muy evidente que, hasta el
momento, las reformas estructurales han beneficiado a muy pocos y perjudicado a
la mayoría de los mexicanos; lo cual es claramente percibido por la población,
pues en la última encuesta de Latinobarómetro 2017, 90% de la población
consideraba que “el país está gobernado por unos cuantos grupos poderosos en su
propio beneficio”.
Y, no conforme con esto, Peña está
empeñado en concluir su compromiso (con esos grupos poderosos que lo llevaron a
la Presidencia) de reformas estructurales, sin importar los resultados que
produzcan para el país.
Parece que,
aunque lo niegue, hasta el último día de su mandato se despertará pensando “EN CÓMO JODER A MÉXICO”.
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