Francisco Ortiz Pinchetti.
El mito de la “caída del sistema” ha desvirtuado totalmente
lo ocurrido en las elecciones presidenciales de 1988 y ha permitido a Manuel
Bartlett Díaz escabullirse cínicamente para evadir su evidente responsabilidad.
Equivocadamente se considera a ese hecho como el instrumento central del
presunto fraude electoral. En realidad, se trató de una suspensión temporal y
seguramente voluntaria del PREP, que no tiene nada que ver con la realización
de acciones ilegales para alterar el resultado electoral.
Bartlett Díaz, entonces secretario de Gobernación y como tal
presidente de la Comisión Federal Electoral, hace malabares verbales para no
afirmar ni negar la consumación de un fraude a favor de Carlos Salinas de
Gortari, como denunció la oposición encabezada por los candidatos Cuauhtémoc
Cárdenas, Manuel J. Clouthier del Rincón y Rosario Ibarra de Piedra, pero luego
atribuye semejante atraco a un supuesto pacto secreto entre el PRI y el PAN
evidenciado en la quema de los paquetes electorales… casi cuatro años después.
En el colmo de la simulación, el recién designado como
próximo director general de la Comisión Federal de Electricidad CFE), logró a
través de los años transformarse en un demócrata consumado y un patriota
nacionalista que defiende las mejores causas, lo que hoy es justificación para
su cuestionado nombramiento. Convirtió la dichosa “caída del sistema” –frase
atribuida por cierto a Diego Fernández de Ceballos– en una coartada.
Dos años antes, sin embargo, Bartlett Díaz fue protagonista
central, ejecutor personal del fraude electoral más documentado en la historia
de México, en los comicios estatales de Chihuahua en 1986. Es el primero y
único caso en materia electoral que ha merecido una resolución contraria al
gobierno mexicano de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Y
de eso no puede escapar.
No hablo de oídas. Me tocó cubrir como reportero ese proceso
electoral chihuahuense de manera ininterrumpida durante más de cuatro meses,
para el semanario Proceso. Antes y después de los comicios de ese año pude
documentar las maniobras urdidas desde la oficina del secretario de Gobernación
para impedir a través del llamado “fraude patriótico” que el panista Francisco
Barrio Terrazas se convirtiera en el primer gobernador de oposición en la
historia. Una eventual victoria suya ponía en evidente peligro para el sistema
la sucesión presidencial que ocurriría dos años más tarde, en 1988.
En vísperas de la jornada electoral del 6 de julio publiqué
los pormenores del Plan Bartlett para detener al PAN en el estado más grande
del país. A partir de las confidencias de un funcionario clave del gobierno
estatal encabezado por el mandatario interino Saúl González Herrera, pude
describir las maniobras preparadas por los estrategas de Gobernación para
adulterar el resultado electoral. Serían aplicadas directamente, como ocurrió,
por enviados del propio Bartlett Díaz, que habían desplazado del manejo de las
elecciones a los operadores del gobierno estatal. Todo esto fue corroborado
después por varios “chacales arrepentidos”, cuyos testimonios fueron también
publicados en el semanario y algunos medios locales.
La manipulación del padrón electoral y la negativa de
registro o la expulsión de los representantes de la oposición en las casillas
fueron elementos claves. Constaté y documenté también toda la gama de fechorías
a la que se recurrió durante el desarrollo de la votación, con datos, casos
concretos, nombres y testimonios de los ciudadanos despojados.
Bartlett Díaz asumió personalmente la defensa de la
“legitimidad” de esa elección. Uso todo su control sobre los medios. Y cuando
20 artistas e intelectuales (entre ellos Octavio Paz, Héctor Aguilar Camín,
José Luis Cuevas, Enrique Krauze, Lorenzo Meyer, Carlos Monsiváis, Elena
Poniatowska y Gabriel Zaid) firmaron un célebre desplegado en el que “dadas las
fundamentadas dudas” sobre esa legalidad, pidieron la anulación de los comicios
chihuahuenses, el secretario de Gobernación se reunió con ellos en una cena
para tratar de rebatir sus impugnaciones. Luego, insistente, intentó
convencerlos por separado.
También maniobró a través del entonces delegado apostólico
Jerónimo Prigione, su amigo, para que el Vaticano desautorizara la suspensión
del culto acordada por los obispos de la entidad (Adalberto Almeida, de
Chihuahua; Manuel Talamás, de Ciudad Juárez; y José Llaguno, de la Tarahumara),
respaldados por sus sacerdotes, comunidades eclesiales de base y varias
organizaciones sociales, como protesta por el fraude electoral.
El PAN recurrió a todas las instancias nacionales para exigir
la anulación, sin resultados, y llevó luego el caso a la CIDH de la
Organización de las Naciones Unidas (OEA), apoyado por amplia documentación,
incluida la publicada por Proceso. Luego de tres años de investigación, la
Comisión emitió su resolución 1/90, el 17 de mayo de 1990. Determinó, en un
documento sin precedente para nuestro país, que “el gobierno mexicano no
respetó los derechos políticos y electorales de los ciudadanos (…), al no
existir recursos jurídicos internos efectivos que los amparen contra su posible
violación”.
La CIDH calificó como “graves y trascendentes” las
violaciones a los derechos políticos ocurridas en Chihuahua 86 (caso 9828) pues
“se objetan los procedimientos legales dirigidos a modificar la legislación
electoral para proporcionar mayor control al partido de Gobierno, diversos hechos
durante la campaña electoral —empleo de fondos y otros recursos públicos;
presiones para coartar la libertad de expresión; eliminación de personas de los
padrones electorales; empadronamiento de personas inexistentes; creación y
cancelación arbitraria de casillas electorales— y durante el acto eleccionario
—relleno de urnas; apertura anticipada de casillas electorales; cambio de
ubicación de casillas electorales; negativa a reconocer representantes de
partidos de oposición; fuerte presencia de militares y policías el día de la
elección…”
El gobierno mexicano nunca negó los cargos. A pesar de que
nuestro país es miembro de la OEA y de que suscribió –y la Cámara de Senadores
ratificó– la Convención Americana de Derechos Humanos, por lo que sus ordenamientos
tienen rango constitucional, la Secretaría de Relaciones Exteriores se limitó a
emitir, la noche de ese mismo 17 de mayo, un boletín de prensa en el que
afirmaba que esa comisión “carece de competencia para emitir juicios sobre
procesos electorales de un país determinado, por tratarse de actos que caen
dentro del dominio reservado de cada Estado”.
Con esos antecedentes –además de las sospechas de su
participación en el asesinato del periodista Manuel Buendía Tellezgirón en
1984, las amenazas a los directivos de Proceso y otros casos de represión a
comunicadores— Andrés Manuel López Obrador ha decidido poner a la CFE en manos
de Bartlett Díaz, lo que ha provocado un alud de críticas y elucubraciones. La
opinión más sensata al respecto, sin embargo, la emitió la futura secretaria de
Gobernación, Olga Sánchez Cordero, ex ministra de la Suprema Corte de la
Nación: “La responsabilidad del señor presidente es nombrar a su gabinete”,
dijo. “Él sabe y tiene sus razones por las cuales ha nombrado a cada uno de
nosotros en las diferentes posiciones”. Válgame.
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