jueves, 30 de agosto de 2018

La mayoría.


Javier Risco.

“Es la voluntad ciudadana, que no la complicidad con el poder, la que nos ha traído a este recinto. Por determinación de los electores, todos los diputados y los senadores, sin importar orígenes o partidos, representamos a la nación. Asumimos por ende el compromiso de honrar nuestro encargo actuando en todo momento con probidad y apego a nuestro mandato y en la perspectiva de los grandes intereses del país.

“La relación entre las cámaras del Congreso habrá de caracterizarse por una genuina y eficaz cooperación a fin de cumplir responsablemente la función legislativa. Las relaciones del Congreso con el Poder Ejecutivo y con el Poder Judicial de la Federación habrán de regirse por el más estricto respeto a la esfera de competencias que a cada uno corresponde de acuerdo a la Constitución. A partir de hoy, y esperamos que para siempre, en México ningún poder quedará subordinado a otro y todos serán garantes de los derechos ciudadanos, de la fortaleza de las instituciones y de la integridad y soberanía del país”.

Lo anterior es parte del discurso que dio ante el Congreso Porfirio Muñoz Ledo. Pero no, no se trata del que dio ayer cuando rindió protesta como diputado federal y presidente de la Mesa Directiva, sino el que dio en aquel septiembre de 1997 cuando respondió el Tercer Informe de Ernesto Zedillo. ¿Por qué importa esa memoria 21 años después?

Porque al menos hasta la Legislatura que concluyó, ni trabajar para el ciudadano ni la separación de poderes ha funcionado de facto y la herencia que reciben los legisladores entrantes es, realmente, cumplir aquello para lo que todos estiraron la mano a sabiendas de que no cumplir sí implica que el pueblo te lo cobra.

En ese momento Muñoz Ledo era oposición, hoy él y la bancada que representa son gobierno y es la oportunidad de cumplir aquello que con el amparo de ser minoría nunca consiguieron. Desde ayer la oposición dejó de serlo y le toca cumplir.

Los Congresos que se van dejan vicios que parecen eternos en nuestro sistema. Según el reporte legislativo publicado por la consultoría Integralia, en los últimos años ha crecido el activismo legislativo –la presentación de muchas iniciativas de ley que quedan como pendientes y que en la cabeza de los legisladores significa una “alta productividad” aunque esto sea falso. Tenemos un exceso de comisiones que cuestan caras y que la mayoría de las veces se duplican y no llegan a ninguna parte –hay 187 comisiones entre ordinarias, especiales y bicamerales.

Y aunque existe un avance en el tema de la transparencia, persiste la opacidad en el manejo de recursos.

Por décadas los órganos legislativos locales y federales han servido como una costosa simulación de un contrapeso de poder, en la que los ciudadanos cada año ven derrocharse millones de pesos y que han atorado temas fundamentales para el desarrollo de un México democrático e incluyente.

Hay un hallazgo del estudio de Integralia en el que quisiera detenerme: la consultoría detectó problemas de clientelismo en la negociación y aprobación del presupuesto y un seguimiento ineficiente del gasto público. He ahí los vicios costosos de dos cámaras cuyo prestigio está por los suelos y cuyos excesos, lejos de sorprendernos, nos ofenden por el nivel de cinismo.

A partir de ayer las cámaras tienen una nueva cara, Morena representa mayoría y a la vez podría convertirse en una aplanadora que ha marcado territorio y ha puesto su primera carta sobre la mesa al gritar el día ayer al unísono: “Es un honor estar con Obrador”. No hubo chiflidos, no hubo gritos, no hubo oposición, en la Cámara de Diputados se impuso una voz, un adelanto de los tiempos que vienen.

Sólo que ahora aquellas voces que antes se unían para pedir respeto al disenso tendrán el peso histórico y el reto de mostrar si eran una opción de cambio real o mantendrán un statu quo que en 21 años nos haga recordar discursos de promesa de una transformación que a los ciudadanos no termina de llegar.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.