Sanjuana
Martínez.
Asistimos a los estertores del
sexenio de Enrique Peña Nieto con la normalización de su nefasto saldo. Y
esperamos el sexto informe con una especie de resignación sobre el desastre que
nos deja, pero no, sobre el deseo de justicia.
Enrique Peña Nieto debe ser
procesado. El imperio de la ley exige en estos casos someter a los presuntos
infractores de la misma. Todo parece indicar que Peña Nieto y parte de su
gabinete cometieron graves delitos relacionados con la corrupción. Y no deben
quedar en la impunidad. Abrir un proceso contra él es lo más sano para una
democracia.
Ante el fin
de su sexenio, el recuento de sus
excesos, presuntos desfalcos a la nación, despropósitos en detrimento de la
economía de los mexicanos y sobre todo de su evidente enriquecimiento junto a
su familia, su esposa y sus hijos, la justicia debe actuar.
Aquí no vale el “perdón sí, olvido
no”, tampoco el argumento de la “República del amor”, ni mucho menos el “no voy
a enjuiciarte”. El
Presidente electo, Andrés Manuel López
Obrador, no debe caer en la tentación de intervenir en el poder judicial. La
procuración de justicia no será parte de sus asignaciones ni responsabilidad.
Y partiendo
de este principio de separación de poderes, sorprenden las declaraciones de
AMLO durante la campaña cuando repetía que no habría persecución porque no
buscaba la venganza. Aquí no se trata de
venganza, es solamente justicia.
“No voy a meter a Peña Nieto a la
cárcel”, repitió durante meses. Pero se le olvidó que no le corresponde al
Presidente de la nación meter a la cárcel a nadie. Esa no es su función. Y más
vale que no intervenga en las investigaciones que esperaremos el poder judicial
inicie cuanto antes contra Peña Nieto, su gabinete y familia.
El pacto de impunidad es inaceptable,
el perdón también.
AMLO no es un mesías, ni un Dios con
poder de perdonar todos los pecados y delitos cometidos en los anteriores
sexenios. La anunciada amnistía ha sido malinterpretada. Y al final del
sexenio, los que robaron quieren robar más porque se les acaba la ubre.
Asistimos con estupefacción a las noticias cotidianas de excesos y despilfarros
de funcionarios, diputados y senadores. Se están llevando hasta las
engrapadoras y clips. No se vale.
Hace falta una advertencia sobre el
imperio de la ley, un anuncio de consecuencias para estos rateros de cuello
blanco y algunos vulgares rateros solamente. Los corruptos deben ser llevados a
la cárcel. Ni más ni menos.
Ahí están
los casos de corrupción más emblemáticos: la
casa blanca, la casa de Malinalco del Canciller Luis Videgaray, la estafa
maestra, Odebrecht, los Papeles del Paraíso, la triangulación de recursos de
Sedesol, los vínculos con el narcotráfico, el avión presidencial, los viajes al
extranjero de Peña Nieto y su comitiva de 200 personas, el enriquecimiento
inexplicable de sus funcionarios y gobernadores, y la vida de lujo de su esposa
e hijos.
Observamos cómo una de las primeras
damas más odiadas de la historia reciente de México, Angélica Rivera, lleva más
de un mes recorriendo Europa con sus hijas, cómo disfrutan de manera ostentosa
de su sospechosa fortuna, cómo se dan la vida de reinas frente a un país con 70
millones de pobres, cómo se sientan en uno de los mejores restaurantes de
París, donde un consumo para tres personas alcanza fácilmente los 20 mil pesos,
cómo visten con las mejores marcas, los accesorios más caros, los coches más
lujosos, los viajes más caros.
Son hechos que no podemos ignorar, no
debemos cerrar los ojos o mirar hacia otro lado. ¿Dónde está el poder judicial?
¿Cuándo llegarán las denuncias necesarias para investigarlos a ellos y a todos
los corruptos que se han enriquecido a costa del empobrecimiento del pueblo de
México? Un buen Gobierno empieza con un buen inicio y qué mejor que hacer
recuento de las fechorías anteriores.
La corrupción no es la única sombra
que perseguirá al actual Presidente, también están los crímenes de Estado sin
resolver, cometidos durante su Gobierno por las fuerzas de seguridad federales:
Ayotzinapa, Tlatlaya, Tanhuato, Apatzingán y tantos otros.
La deuda pendiente de Peña Nieto no
son solamente los 10 billones 427 mil 506 millones de pesos —por cierto el
mayor monto de endeudamiento en la historia mexicana—, la deuda, esa que él
considera “razonable”, no son solamente los billones que pagaremos, son los
desastres que provocó con sus reformas que nos siguen afectando: la laboral, la
educativa, la energética, la hacendaria…
El fin del
sexenio de Peña Nieto nos sigue lastimando como mexicanos. Ellos siguen aumentando sus cuentas bancarias, mientras el próximo
Gobierno anuncia la impunidad con bombo y platillo.
La razón de
Estado no debe entorpecer el futuro de un país ni tampoco hipotecarlo. La razón de Estado no debe provocar que
unos y otros, salientes y entrantes, se tapen sus tropelías. ¡Basta! ¡Queremos
justicia!
Ha llegado el momento de someter a
juicio a tanto corrupto. El nuevo Gobierno está obligado a saldar deudas con el
pasado, de lo contrario, estaremos condenados a repetir la historia.
Lo correcto es permitir que la
justicia actúe, permitir que se sienten en el banquillo de los acusados. Es un
anhelo popular. Y como dijo Martin Luther King, hay que hacer lo correcto. Por
favor, pásenle esta frase a Andrés Manuel López Obrador:
“La cobardía hace la pregunta: ¿es
seguro? La conveniencia hace la pregunta: ¿es políticamente correcto? La
vanidad hace la pregunta: ¿es popular? Pero la conciencia hace la pregunta: ¿es
correcto? Y llega el momento en que uno debe tomar una posición que no es
segura, ni políticamente correcta, ni popular. Pero uno debe tomarla porque es
la correcta”.
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