Epigmenio
Ibarra.
“Habré de
ser fiel, en todos mis actos, al interés,
la voluntad
y el bienestar del único que manda
en este
país; el pueblo de México”
Andrés
Manuel López Obrador
Es tiempo de
transformaciones radicales. Luego de la revolución copernicana del discurso
tradicional de izquierda que lo condujo a la victoria en las urnas, López
Obrador da un nuevo paso adelante y se dispone a cambiar la noción y la
práctica del poder presidencial en México.
No será ya,
no podrá serlo, aunque quiera, el Jefe del Ejecutivo, y esto va más allá de las
fórmulas retóricas, el Tlatoani que solo ante los dioses responde por sus
actos. Tampoco concentrará en sus manos, como lo hicieran los mandatarios del
PRI y el PAN, “el poder de los poderes”. Menos todavía podrá convertir la
Presidencia en una oficina de intereses del poder económico o peor todavía, en
una oficialía de partes de los grandes medios de comunicación.
Si en
campaña López Obrador sustituyó la lucha de clases por la lucha de mujeres y
hombres de bien contra los corruptos, como motor de la Historia en la
Presidencia, deberá, para no fallarle a esos 30 millones de personas que
votaron por él, hacer de México una democracia real donde el pueblo mande y el
Presidente obedezca.
La avalancha
social que lo condujo al poder no habrá de detenerse una vez pasada la euforia
del triunfo. Al contrario, las expectativas generadas por el propio López
Obrador -como de hecho ya está sucediendo- antes que menguar irán creciendo con
el tiempo.
Discrepo de
aquellos que hablan del “bono democrático” y de cuanto este puede durarle a un
mandatario electo. Esta no fue una elección más. La gente no votó solo para
cambiar de Presidente; votó por el cambio de régimen. No se trata ahora de
desilusionar al electorado y pagar el precio. Se trata de cumplir o de ser
arrastrado por una dinámica social imparable; hoy que el pueblo jala el carro,
el Presidente se verá obligado a seguirlo.
Más temprano
que tarde, del entusiasmo se pasará a la exigencia. El 1 de julio, se le dio,
en este país herido, cabida a la esperanza y esta, cuando sienta sus reales, se
vuelve una fuerza extremadamente poderosa. La gente hizo suya la lucha por la
transformación de México y no se va a detener hasta que la vida pública, hasta
que su propia vida cambie.
Millones de
mexicanas y mexicanas que, contra todo pronóstico, fueron capaces de remover al
régimen no van a conformarse con excusas. Él lo sabe. También sabe el país que
recibe: el reguero de sangre, las arcas vacías, las instituciones colapsadas,
la erosión causada por la violencia y la corrupción, la resistencia que habrá
de enfrentar por parte de los defensores de un régimen que se resiste a morir.
Aunque López
Obrador enfrentó una guerra sucia despiadada mientras luchaba por el poder, me
imagino que sabe que lo peor está por venir. Ya enfrentó una primera intentona
golpista orquestada, nada menos, que por el árbitro electoral. Hoy, todos los
días, en la prensa, la radio y la TV siguen los mismos repitiendo las mismas
mentiras.
Lo que sus
detractores no logran entender es la naturaleza y la profundidad de la relación
que López Obrador logró entablar y mantiene con la ciudadanía. De los hombres
que han llegado al poder en el mundo es el único que lo ha hecho pacíficamente
y respaldado por un movimiento social tan amplio como diverso.
Aun siendo
Presidente electo sigue moviéndose entre la gente sin ese ofensivo y prepotente
aparato de seguridad. A ras de tierra – como él dice – y hablando con ella,
pulsando su estado de ánimo. Logra así, como lo hiciera en campaña que el
ciudadano común se reconozca en él y eso amplía, sin duda, su rango de
maniobra.
Tiene además
la sabiduría para escuchar, la sinceridad para convencer y la terquedad para
insistir cuanto sea necesario. No depende, por otro lado, de asesores de imagen
ni estrategas de comunicación. Le habla a la gente de manera convincente y
clara sin hacer uso de los trucos habituales.
No podrá
hacerlo todo, en cierta medida tiene los brazos atados, pero se tomará el
tiempo para explicarlo y sobre todo se empeñará en sumar fuerzas para lograrlo.
Tampoco, por otro lado, delegará en otros, responsabilidades como la seguridad,
de las que solo el Presidente debe hacerse cargo, como lo hicieron Felipe
Calderón y Enrique Peña Nieto. Quien obedece al pueblo debe ser capaz de
ejercer el mando.
Una y otra
vez repitió AMLO en campaña y es un hombre en cuya palabra hay que confiar que
se sometería en el tercer año de Gobierno a un proceso de revocación de
mandato. También dijo que hará todo para ganar, en buena ley como gano la
elección presidencial, el derecho a quedarse en el cargo y gobernar los seis
años que marca la Constitución.
Las cartas
están echadas, la cuenta regresiva en marcha, la meta ha sido fijada por los
electores. Tiene López Obrador que acelerar la marcha, de ahí la prisa y la
energía con la que está actuando ya, tiene que obedecer a un patrón exigente y
que ha depositado en él todas sus esperanzas. Él sabe porque él ha fijado las
reglas del juego, que si no cumple, será despedido dentro de tres años.
Por primera
vez en mi vida y tengo 66 años, tengo Presidente. Nunca voté de joven, ninguna
confianza me inspiraba del sistema electoral mexicano. Me fui después a la
guerra. En el 2000 voté por primera vez y desde la misma campaña supe que
Vicente Fox era un charlatán que traicionaría a la democracia. Jamás llamé
Presidente ni a Calderón ni a Peña. Uno se robó la elección, el otro la compró.
El costo que hemos pagado todas y todos por esas dos imposiciones ha sido
terriblemente doloroso. Es tiempo de construir la democracia, de cambiar el
país, por eso voté, por eso votamos por López Obrador.
Ya tenemos
Presidente y el Presidente ya tiene quien lo mande.
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