Francisco
Ortiz Pinchetti.
A muchos
preocupan las medidas adoptadas o anunciadas por el inminente gobierno de Andrés
Manuel López Obrador. A mí me aterra más
la incapacidad de una oposición mediocre y desprestigiada que es incapaz de ser
un contrapeso político, al menos mediático, a lo que ella misma califica como
una amenaza autoritaria y populista contra la democracia y la estabilidad
económica de este país.
La
aprobación vía mayoriteo de la nueva Ley de Administración Pública Federal es
un asunto más importante –y grave– que
las decisiones sobre el aeropuerto capitalino, las falsas consultas ciudadanas,
el nombramiento de funcionarios impresentables
o la posible prohibición de comisiones sobre servicios bancarios. Es el sustento legal de la estructura que
pretende tener el nuevo gobierno para llevar adelante su proyecto. Además, una
muestra contundente de la manera en que pretende imponer sus decisiones quien
hoy es dueño, por lo pronto, de los poderes Ejecutivo y Legislativo.
Y amén de la
violación por parte de la bancada de Morena a disposiciones reglamentarias, lo
que es otro indicio más que preocupante, la aprobación de esa Ley abre las
puertas al advenimiento de una Presidencia de la República omnipotente, con un poder que no lo tuvo ni el viejo PRI…
Destaca la creación de las llamadas súper delegaciones del Ejecutivo en los
estados, una suerte de vicepresidencias controladas directamente por el jefe
del Ejecutivo. Así, el Presidente de la República contará con delegaciones que
coordinarán los Programas para el Desarrollo Integral y los recursos
respectivos.
Observé con
atención buena parte del debate sobre esa nueva legislación. Lo
primero que me saltó fue que ante un PRI prácticamente ausente y un PRD
lastimosamente disminuido, la facción legislativa del Partido Acción Nacional
asumió supuestamente la oposición al proyecto. Y fue lamentable.
Los diputados
panistas salieron en defensa de la democracia mexicana, cuando recién terminan
un proceso antidemocrático en la elección de su nueva dirigencia nacional. Fue patético ver en tribuna a personajes
nefastos de la calaña de un Jorge Romero Herrera, que se han convertido en
caciques regionales a partir de la manipulación del padrón interno de
militantes y el manejo de la estructura partidaria y los cargos y recursos
económicos, afirmar que los diputados federales panistas están dispuestos a
“dejar la piel” en la defensa de los valores democráticos.
Para colmo, lejos de una argumentación sólida que al
menos ponga en evidencia las intenciones de las que acusan a AMLO, recurren a
ocurrencias como la toma de la tribuna en San Lázaro y la exhibición de una
enorme manta con la leyenda “No a la dictadura obradorista”, en la que
pretendían ridiculizar al Presidente electo, al presentarlo con una boina roja
al estilo de las que usaba el dictador venezolano Hugo Chávez.
La protesta panista obviamente no
convenció a nadie, pero logró tronar temporalmente la sesión en que la Ley en
cuestión sería aprobada, cuando el presidente de la mesa directiva de la
Cámara, Porfirio Muñoz Ledo, decretó un receso. Al reanudarse la sesión de
manera irregular, la bancada opositora que coordina el guanajuatense Juan
Carlos Romero Hicks decidió ausentarse, como lo harían poco después los
legisladores del PRD y Movimiento Ciudadano. De modo que los de Morena, solos,
se despacharon a su antojo.
Ocurre que los jerarcas del PAN ahora
encabezados por el anayista Marko Cortés Mendoza parecieran no darse cuenta de
que carecen de toda autoridad moral para cuestionar a sus rivales. Ya nadie les
cree el discurso de la honestidad y de la defensa de los valores fundamentales
de la persona humana, incluida la democracia. Los conflictos internos que han
derivado en la salida de militantes prominentes y las abundantes, reiteradas
denuncias entre unos y otros por prácticas antidemocráticas y actos de
corrupción han mermado, desgastado, la credibilidad del partido fundado por el chihuahuense Manuel
Gómez Morín en 1939 y que durante décadas ejerció una oposición digna y
respetable.
Hoy suena
por eso a sarcasmo la afirmación de Cortés Mendoza al recibir el miércoles
pasado su constancia de “mayoría” de que el reto de ahora en adelante para su
partido “es un desafío que se antoja descomunal”. Dijo que no hay que regresar al PAN de ayer,
ni mantener el PAN de hoy: “Debemos construir el PAN de mañana, con los
principios que nos dieron origen, con las luchas que nos han dado fuerza, con
la sociedad que nos exige autenticidad. Con esto tenemos que construir el PAN
de mañana”.
El PAN está no sólo disminuido
electoralmente, sino también devaluado y desprestigiado. Perdió su principal
sustento: su levadura. La que posiblemente haya sido su última oportunidad para
corregir el rumbo se perdió con la imposición de la misma camarilla, ahora
aliada con supuestos antagonistas convertidos en cómplices como Héctor Larios
Córdova y Rafael Moreno Valle, en la dispareja contienda interna que culminó el
pasado 11 de noviembre. Y esa es nuestra primera fuerza opositora, frente al todopoderoso gobierno de
Andrés Manuel.
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