Javier Risco.
No puedo quitarme de la cabeza la frase que le dijo Carmen
Hernández, una habitante de Calakmul, al reportero del diario El País Luis
Pablo Beauregard, cuando le preguntó sobre la construcción del Tren Maya –una
de las obras más importantes del sexenio, con la promesa de ser entregada a
finales de 2022–: “Nos trae progreso, habrá trabajo y vendrán empresas… Nos va
a beneficiar a todos (…) pero se va a acabar nuestra tranquilidad y el ruido va
a acabar con la naturaleza”. Después veo las fotos publicadas en el más reciente
número de Bloomberg Businessweek México sobre cómo se ve actualmente la ruta
del tren, un extraordinario acercamiento de Luis Lozano y Luis Pedro Tzec,
abundante vegetación, borregos en medio de vías olvidadas y cables que se
pierden en 700 mil hectáreas de bosque tropical.
Andrés Manuel López Obrador ha dado inicio a la obra, lo hizo
pidiéndole permiso a la Tierra y ha dicho que “con la construcción del Tren
Maya no se va a tirar un sólo árbol, sino al contrario, serán sembradas un
millón de hectáreas de árboles frutales y maderables para así cuidar el medio
ambiente”. Por su parte, el gobernador de Chiapas, Rutilio Escandón, aseguró
que la rehabilitación de las vías férreas para el tren se hará con respeto al
ecosistema: “Se protegerá el majestuoso vuelo del quetzal y la sagrada figura
del jaguar para los mayas”.
Me gustaría creerles, pero ni Andrés Manuel López Obrador y
ninguno de los gobernadores de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán o Quintana
Roo son especialistas ambientales; las buenas intenciones, los discursos
poéticos de rescate del vuelo de quetzal, no son suficientes ante las mínimas
exigencias de conocer el proyecto ejecutivo y el proyecto de impacto ambiental.
Hace algunas semanas, antes de la consulta sobre el Tren Maya
del 24 de noviembre, tuve la oportunidad de hablar con Rogelio Jiménez Pons,
director del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur); en aquel entonces
nos había hecho la promesa que para el lunes 19, a más tardar el 20 de
noviembre, estaría en la página oficial del Tren Maya
–https://www.tren-maya.mx/– el adelanto de un proyecto ejecutivo y también el
proyecto de impacto ambiental. Al cierre de esta columna –noche del 17 de
diciembre– hay una presentación de ocho diapositivas sobre la obra y una breve
carta de los beneficios de su construcción.
Ayer por la mañana en el espacio radiofónico de Así las Cosas
de W Radio, tuve la oportunidad de hablar oootra vez con el responsable de
Fonatur. Las fechas han cambiado, promete la presentación de un proyecto
ejecutivo y de impacto ambiental para diciembre de 2019: “A finales de 2019 se
tiene planeado dar a conocer el proyecto ejecutivo y ambiental de la parte que
falta por contribuir y de lo que se rehabilite, que es la mitad del proyecto”;
agregó también que se harán decenas de consultas con habitantes de la zona. Le
pregunté qué pasaría si alguna comunidad se niega a la construcción, su
respuesta fue de incredulidad, argumentando que el proyecto les beneficiaría,
por lo que él ve muy complicado que suceda este escenario.
Otra vez estamos frente a un proyecto del cual desconocemos
absolutamente todo. Tenemos una maqueta, tenemos una ruta sobre un mapa,
tenemos los discursos vacíos de promesas sobre un nulo impacto ambiental, no
hay manera de sostener con documentos lo que ayer empezó a construirse.
Treinta millones de votos dan legitimidad, pero no dan
derecho a iniciar un proyecto a ciegas. Autoridades han informado que están
trabajando con 50 investigadores y expertos en conservación de la Alianza
Nacional para la Conservación del Jaguar; no quiero imaginar qué pasaría si
califican el proyecto de inviable o de un impacto ambiental negativo sin
precedentes. Los acelerados primeros 20 días del nuevo gobierno lo han llevado
a pedirle permiso a la Tierra de algo que todavía no existe, ni siquiera en
papel, que hasta el momento sólo llega a tren fantasma.
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