Jorge Javier
Romero Vadillo.
Entre las
mayores pérdidas que ha sufrido gradualmente el Estado mexicano durante las
últimas dos décadas, y que se han acelerado durante este Gobierno, se han dado
en el terreno la laicidad del Estado. Desde la reforma del siglo XIX, el Estado
mexicano se distinguió por ser el más laico de América Latina, no solo en sus
formas, sino en el fondo, en la manera en la que sus políticas y decisiones
estuvieron alejadas de los dogmas religiosos. Por supuesto, el enorme peso de
la iglesia católica se dejó sentir en diversos momentos y los gobernantes no
siempre aplicaron la separación a rajatabla, pero en general, la construcción
estatal mexicana pudo abstraerse de la influencia religiosa.
Durante el
porfiriato, la quejas por el relajamiento de las normas establecidas por las
leyes de reforma fueron frecuentes entre los liberales más comprometidos.
Porfirio Díaz adoptó una actitud pragmática a la hora de aplicar las
disposiciones legales más anticlericales, como narra David Brading sobre su
actitud respecto a los reclamos del entonces joven Diputado Francisco Bulnes,
“que durante la década de 1890 había hecho campaña de prensa contra Próspero
Cahuantzi, el gobernador de Tlaxcala, por permitir que se hicieran
manifestaciones religiosas en las calles. Sin embargo, el presidente Díaz
intervino para impedir cualquier proceso judicial, explicando a Bulnes que las
leyes de la Reforma admirables ‘pero no son las leyes del país no son las leyes
del pueblo mexicano’ pues la mayoría católica las odiaba por estar contra su
religión”.
La cuestión
de laicidad estuvo en el centro de las discusiones del Congreso Constituyente
de 1916, tanto cuando se discutió cómo debería definirse la educación, como
cuando se plantearon las limitaciones para la participación de los ministros de
culto en los asuntos públicos y el estatuto jurídico de las iglesias. Es bien
conocido el enfrentamiento violento azuzado por la jerarquía católica cuando
los principios constitucionales se tradujeron en leyes que fueron consideradas
como restrictivas de la libertad religiosa durante el Gobierno de Plutarco
Elías Calles, que llevó a un grado extremo la intención de contención de la
influencia católica, en los mismos tiempos en que en Turquía Ataturk establecía
un laicismo radical, hoy revertido por el islamista Erdogan, quien usa la
religiosidad como sustento demagógico de su concentración autoritaria del
poder.
Después de
la llamada Guerra Cristera, los sucesivos gobiernos relajaron la aplicación de
los criterios más anticlericales de la legislación, en el mismo sentido
pragmático que antes se le criticó a Díaz, pero las formas liberales se
mantuvieron y se contuvo relativamente la intromisión religiosa en las
políticas públicas, a pesar de que desde la década de 1940 se procuró no
importunar demasiado a las consciencias conservadoras y se llegó a un
compromiso de simulación del cumplimiento de la ley, donde se guardaban las
formas, pero se aceptaban la violaciones del marco jurídico, sobre todo en lo
que tocaba a la prohibición de que las congregaciones religiosas impartieran
educación primaria, secundaria y normal.
A pesar de
que Ávila Camacho se declaró creyente, nunca alteró las formas laicas del
Estado. A partir del Gobierno de Alemán, las relaciones entre el Gobierno y la
iglesia se suavizaron y se evitó la confrontación, pero los sucesivos gobiernos
mantuvieron amplia autonomía y mantuvieron a raya los intentos de veto clerical
a sus políticas. López Mateos no se amilanó ante las críticas religiosas a los
libros de texto, y Echeverría echó a andar una campaña de planificación
familiar, aunque tardía, y una tímida educación sexual a pesar de las críticas
eclesiales. En términos generales, las políticas del Estado se sustentaron en
criterios objetivos y en intereses políticos, no en creencias religiosas.
Claro que
los gobiernos del PRI, en su proverbial pragmatismo, evitaron poner en marcha
políticas que pudieran revivir el enfrentamiento de la década de 1920. Y es
cierto que desde la década de 1960 la estrategia de las redes católicas fue
penetrar con cuadros formados en sus organizaciones al partido del régimen, por
lo que cada vez fueron más frecuentes los gobernadores cercanos a la iglesia
católica, pero las expresiones personales de fe se dejaban para el ámbito
privado. Si la hija de un Presidente de la República se casaba por la iglesia,
la ceremonia era discreta y nunca los gobernantes alardeaba en público de su
religiosidad.
Las reformas
de Carlos Salinas de Gortari, concebidas como una manera de adecuar la ley a la
realidad, generaron incentivos para que las confesiones religiosas volvieran a
la primera fila del debate público. A los católicos se fueron sumando
progresivamente los grupos evangélicos que habían ido creciendo por todo el
país desde los tiempos en que Lázaro Cárdenas les abriera las puertas, en un
intento por reducir el predominio católico. Los llamados “protestantes”, que
durante años fueron sólidos defensores del Estado laico, pues los protegía en
su despliegue frente al predominio católico, fueron adoptando en los últimos
años una actitud cada vez más militante para imponer su agenda e imponer su
veto a reformas que atentaran contra sus creencias, como el aborto o el
matrimonio igualitario y, con ello, acabaron por confluir con el catolicismo
más beligerante.
Si el
régimen del PRI cuidó las formas y mantuvo relativamente a raya las intenciones
de los grupos religiosos de convertirse en actores deliberantes, con la llegada
de la democracia el uso político de las creencias volvió a ser redituable. Fox
con su crucifijo en la toma de posesión y su Secretario de Gobernación católico
militante mostraron las posibilidades de retroceso del laicismo, identificado
por algunos con el autoritarismo del antiguo régimen. Por ello fue un avance
que el artículo 24 de la Constitución fuera reformado para definir sin ambages
al Estado como laico. Pero entonces llegó López Obrador.
El retroceso
vivido durante los que va del presente Gobierno en la laicidad del Estado ha
sido mayor incluso que el de los primeros meses del Gobierno de Fox. Las formas
presidenciales y la manera en la que ha convertido a líderes religiosos, tanto
evangélicos como católicos, en actores deliberantes resultan escandalosas.
Curas y pastores peroran en actos oficiales y se reúnen con gran publicidad con
el Presidente e influyen en sus decisiones, mientras la opinión de los técnicos
y los científicos es tomada con desprecio y sorna por el primer mandatario. Por
fortuna, en materia de respuesta sanitaria a la pandemia, López Obrador parece
haber concedido que sean los epidemiólogos los que tomen las decisiones, pero
no ocurre lo mismo en materia económica, donde el Presidente parece haber
impuesto sus creencias, por encima de los criterios basados en evidencia. Así,
lo peor de la religiosidad presidencial no es que la exprese en público, sino que
determine la manera en la que gobierna. Lo primero es demagógico, lo segundo
puede ser criminal.
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