Julio Astillero.
El diferendo
entre Javier Alatorre (Televisión Azteca-Ricardo Salinas Pliego) y Hugo López
Gatell (gobierno federal-Andrés Manuel López Obrador) parecería haberse
disuelto hasta quedar como una mera escaramuza.
A pesar de
que la titular de la Secretaría de Gobernación (Florería Bucareli), Olga
Sánchez Cordero (notaria pública con licencia, senadora con licencia, ministra
en retiro de la Suprema Corte), quiso mostrarse relativamente amenazante, al
apercibir al conductor del noticiero Hechos para que se manifestara
públicamente en alineamiento con las políticas sanitarias federales, por
segunda ocasión doña Olga debió sosegar sus ánimos regulatorios en estos
terrenos (ya había sucedido respecto al Diario de Chihuahua y el de Ciudad
Juárez, que habían publicado fotografías de muertos por Covid-19 en otro país
como si fueran pruebas de que habían sucedido en esta entidad norteña), pues el
Presidente de la República recomendó que no se avanzara en esos procedimientos
administrativos que podrían haber llegado a niveles sancionatorios.
Ha de
suponerse en Palacio Nacional y en el Palacio de Covián (sede, éste, de la
Segob) que el revuelo causado por el mencionado conductor televisivo Alatorre,
al llamar abiertamente a no hacerle caso al subsecretario de Salud,
López-Gatell, quedó subsanado con una entrevista que en Televisión Azteca se
transmitió la noche de este lunes, con el mismo conductor que el viernes había
tachado de irrelevante al vocero sanitario y que, al arranque de la siguiente
semana, hubo de darle relevancia y hacerle caso.
Eso sí,
Alatorre no ofreció ninguna disculpa pública por el escandaloso llamado del viernes
a la desobediencia y, en todo caso, arguyó que sus palabras no habían sido bien
entendidas, pues él, aseguró, se refería a datos, cifras e inconsistencias,
pero no a las medidas sanitarias. Agregó que nunca hizo un llamado a desconocer
las políticas sobre aislamiento, que en TV Azteca siempre han respetado las
leyes y que les preocupa la pérdida de empleos, de ingresos, de dinero, de
dinero que afecta a todos los ciudadanos.
A pesar de
este desenlace aparentemente aterciopelado, hubo daños políticos para ambas
partes. El Presidente de México se mostró extrañamente movido por
consideraciones amistosas en un tema que requería temple de estadista y
prefirió una salida amable, casi grupal, ante el reto lanzado por la principal
firma mediática de un empresario que se ha configurado en lo que va del sexenio
como el más favorecido en términos contractuales y políticos, al grado de ser
considerado ya como el segundo hombre más rico del país, por detrás de Carlos
Slim.
Tal vez por
primera vez en una larga luna de miel, el Presidente de México fue criticado
con amplitud por parte de sus propias bases por las respuestas y actitudes que
eligió para suavizar un tema que si hubiese provenido de otras empresas y
empresarios mediáticos habría merecido encendidas condenas desde el atril
presidencial.
Pero
Televisión Azteca y su propietario, Salinas Pliego, también sufrieron daños. En
lo inmediato, hubo una repulsa al golpe televisivo del viernes y se
replantearon las críticas al estilo periodístico del consorcio con oficinas
centrales en el sur del Periférico capitalino. Además, se abrió un compás de
espera que busca saber si la aparente escaramuza del viernes y el lunes
reciente quedará en mero arreglo de amigos poderosos o habrá justicia en cuanto
al cobro de decenas de miles de pesos por adeudos fiscales y en cuanto al
cierre y eventual sanción a algunas de las firmas del Grupo Salinas que se han
mantenido en actividad a pesar de no ser consideradas esenciales, e incluso con
insistentes denuncias respecto a la falta de protección a miles de empleados.
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