Ricardo
Ravelo.
El retorno
de Emilio Lozoya encierra una trama, cuyas partes medulares empiezan a
conocerse debido a las filtraciones informativas del Gobierno: se trata de que
el exdirector de Petróleos Mexicanos (Pemex) desenrede la madeja de corrupción
tejida durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, en particular, los sobornos
entregados por Odebrech, el financiamiento de la campaña del PRI en 2012, los
contratos amañados que se operaron en la paraestatal, el huachicol, el
fructífero negocio de los altos mandos de la empresa gubernamental.
Ahora, ¿para
qué negoció la Fiscalía General de la República (FGR) con Emilio Lozoya? Todo
el mundo debe suponer que para conocer el intríngulis de este entramado de
corrupción y castigar a los responsables. Sin embargo, se trata de utilizar a
Lozoya como instrumento de una campaña mediática, cuyo objetivo es ondear la
bandera del combate a la corrupción y construir, de aquí hasta mediados del año
entrante, una enorme estela, una suerte de cortina que, a su vez, amortigüe el
impacto político de los grandes fracasos del gobierno de la Cuarta
Transformación:
–La
violencia de alto impacto perpetrada por el crimen organizado, para cuyo
problema no existe una política clara. El Gobierno está avasallado por la
violencia criminal y el Presidente sigue enfrascado en dar abrazos a los
delincuentes y se niega a utilizar las facultades que le confiere la ley.
–Los
estragos de la COVID-19, en gran medida recrudecidos por el manejo
irresponsable del Gobierno, cuyas cifras ya superan los 40 mil muertos. Las
cifras y decesos aumentan y aquí hay dos responsables: el mal manejo oficial y
la irresponsabilidad social: la gente no toma consciencia de que el coronavirus
es mortal.
–El derrumbe
económico del país, lo que ha derivado en una de las crisis económicas más
severas desde aquel amargo 1994, cuando Carlos Salinas entregó un país
maquillado como de primer mundo cuando, en realidad, estaba en caída libre.
El regreso
de Lozoya cayó como “anillo al dedo”,
como dijo el Presidente al referirse a la pandemia, pues el exfuncionario
federal, convertido en un instrumento, en un ariete gubernamental, confesará lo
que sabe sobre la corrupción pero está muy claro que López Obrador no permitirá
que la FGR –que no parece autónoma –integre una carpeta en contra del
expresidente Enrique Peña Nieto, pues también es muy evidente que entre el
Presidente y Peña Nieto existe un pacto de impunidad, regla de oro en el
sistema político que el mandatario conoce muy bien porque fue y es un hombre
del sistema. La Cuarta Transformación, emprendida por el actual Gobierno, es
una continuidad maquillada del pasado.
Lo que ha
desatado muchas críticas es el trato y la deferencia de que goza Lozoya, quien
saltó de su condición de prófugo de la justicia para convertirse en el testigo
estelar del Gobierno. Tan pronto arribó a la Ciudad de México, en vuelo
especial, el exfuncionario no fue llevado a una prisión, como se esperaba: lo
internaron en el hospital “Ángeles” del Pedregal bajo el argumento de que
padece anemia aguda y otros males de salud.
Nunca antes
el Ministerio Público Federal había dispensado trato tan especial a un testigo
colaborador, ni siquiera en los tiempos en que se utilizó la figura del testigo
protegido, aquel instrumento que fue operado perversamente por el poder
político para denostar y encarcelar a los enemigos.
Y es que
muchos testigos del crimen organizado fueron abandonados a su suerte después
que declararon lo que sabían. Algunos casos ilustran lo anterior:
–Tomás Colsa
McGregor, el joyero del narco, pieza del Cártel de Juárez, fue asesinado al
bajar de un autobús del transporte público. Había confesado muchos secretos
sobre Amado Carrillo y su red de protección. Dispuso de una escolta cuando fue
útil a la extinta Procuraduría General de la República, pero después le
retiraron la seguridad y fue abatido por sus enemigos.
–La misma
suerte corrió Jaime Olvera Olvera, otro miembro del Cártel de Juárez, quien
incluso incriminó a Liébano Sáenz cuando fungía como secretario particular de
Ernesto Zedillo, al señalarlo como un hombre clave en las negociaciones entre
el Cártel de Juárez y el Gobierno para dejar de perseguir a Amado Carrillo. El
señalamiento fue descalificado por la PGR al declarar al testigo enfermo de sus
facultades mentales y proclive a la mitomanía. La locura, sin embargo, se hizo
valer sólo en este caso porque, extrañamente, el resto de sus declaraciones
fueron consideradas válidas.
–La muerte
más reciente de un testigo protegido ocurrió en el Gobierno de Felipe Calderón:
se trató de Édgar Bayardo del Villar, cómplice de Genaro García Luna en la
protección al Cártel de Sinaloa. Este personaje fue funcionario de la
Secretaría de Seguridad Pública. Conocía como nadie a Ismael “El Mayo” Zambada
porque era su protector y operador en el tráfico de drogas que se realizaba en
el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Fue detenido por esos nexos
y se acogió al programa de testigos protegidos. Cuando decidió confesar lo que
sabía sobre Zambada, la PGR le asignó una escolta, luego le fue retirada.
Abandonado a su suerte, un día acudió al café Starbooks de la colonia Del
Valle. Cuando degustaba su expreso fue ejecutado por hombres armados.
Otros
testigos que tuvieron un trato especial –que terminó en corrupción –ocurrió en
tiempos de Ernesto Zedillo, quien encarceló a Raúl Salinas de Gortari por el
asesinato del entonces Diputado tamaulipeco Manuel Muñoz Rocha.
En ese
tiempo, la PGR encabezada por Antonio Lozano Gracia contrató los servicios de
una vidente –Francisca Zedina, “La Paca” –para que colaborara con la PGR en la
búsqueda y localización de Muñoz Rocha.
El Fiscal del caso era Pablo Chapa Bezanilla, quien terminó enredado en esa madeja
de corrupción y mentiras a grado tal que tuvo que huir a España, de donde fue
extraditado. Luego se descubrió que utilizó los sistemas de inteligencia de la
PGR para espiar a personas de su círculo íntimo.
“La Paca”
procedió a exhumar unos restos humanos del panteón de Tláhuac y los inhumaron
en la finca “El Encanto”, propiedad de Raúl Salinas; luego le dijo a Chapa
Bezanilla que, según le habían informado los espíritus, el cuerpo de Muñoz
Rocha estaba enterrado en ese rancho. Se realizó la búsqueda del cadáver y, en
efecto, fueron sacados unos restos humanos que, en realidad, se trataba de una
pedacería humana que nunca arrojó ninguna conclusión: aquello fue todo un
montaje que sirvió para que “La Paca” y su cómplice Ramiro Aguilar Lucero
cobraran más de un millón de pesos que, supuestamente, terminaron en manos de
los funcionarios de la PGR.
En este
asunto, el entonces Procurador Lozano Gracia y su sucesor Jorge Madrazo Cuéllar
fueron criticados duramente porque, a fin de incriminar a Raúl Salinas por el
crimen de José Francisco Ruiz Massieu, le pagaron dos millones de pesos a
Fernando Rodríguez González, secretario particular de Muñoz Rocha, para que
incriminara a Raúl Salinas por el asesinado de su cuñado.
La defensa
del hermano del expresidente acusó que la PGR pagó por el testimonio incriminatorio;
los fiscales del caso dijeron que al testigo sólo se le estimuló para que
dijera la verdad. Toda esta maraña quedó como una historia de corrupción,
mentiras y excesos que evidenciaron los perversos alcances de la PGR en el
manejo de los llamados testigos protegidos o convenidos.
La situación
de Lozoya rememora aquellos casos escandalosos. Al exdirector de Pemex se le
protege porque temen que lo maten por lo que sabe y puede declarar. Es un juego
de intereses: La FGR obtendrá los testimonios incriminatorios contra Videgaray,
Peña Nieto y otros. A cambio, Lozoya resultará beneficiado al quitarle dos
delitos graves –lavado de dinero y delincuencia organizada –dejándole sólo el
de cohecho y así evitará pisar la cárcel. En resumen, Lozoya fue llevado a
México para liberarlo.
A todas
luces, este caso se trata de una negociación. De ser un tránsfuga, Lozoya le
aportará a la Cuarta Transformación la información que requiere, ya sea para
enderezar las carpetas contra Peña Nieto y otros cómplices –lo que se duda –o
bien para robustecer la campaña mediática que prepara de cara a las elecciones
intermedias del 2021.
Del combate
a la corrupción sin tocar a nadie, como hasta ahora lo ha hecho, pues de nada
han servido tantas denuncias en ese sentido si él es el principal defensor de
Peña Nieto.
Recientemente,
el Presidente López Obrador alzó la voz por la difusión que se le dio, en casi
todos los medios, a los videos donde el Cártel de Jalisco Nueva Generación
exhibe su poderío bélico. Dijo que le sorprendía la enorme difusión de esas imágenes
–un exceso –, pero no utiliza el mismo criterio si se trata de su testigo
convenido –Emilio Lozoya– a quien se refiere como un personaje a quien se le
debe cuidar porque –asegura –ya está hablando y acusando a políticos corruptos.
Eso sí hay que difundirlo y sin medida porque es lo que conviene a sus
intereses. Así de clara es la incongruencia del mandatario: se molesta por lo
que no le gusta y él mismo atiza, desde su púlpito, lo que va acorde con sus
conveniencias personales y políticas.
Así de claro
el doble discurso de AMLO.
Arturo
González Cruz, Presidente Municipal de Tijuana.
Arturo
González Cruz, Presidente Municipal de Tijuana. Foto: Especial
TIJUANA: UNA
EXCEPCIÓN NACIONAL
Después de
ser uno de los ayuntamientos más saqueados por las administraciones priistas y
panistas –en realidad siempre fue manejado como un verdadero botín– la
administración municipal que encabeza Arturo González Cruz fue premiada con la
calificación AAA por la Agencia Internacional Fitch Ratings. Le otorgó la puntuación
más alta por el manejo responsable de las finanzas públicas, algo nunca visto
en ese Ayuntamiento y en otros del país, pues pocas veces se observa que una
administración municipal sea reconocida por una agencia internacional, como fue
el caso de Tijuana, gobernado por Arturo González Cruz, quien ganó las
elecciones en 2018 por Morena, dejando en el camino a dos contrincantes
cuestionados: Julián Leyzaola (PRD) y Juan Manuel Gastélum (PAN), éste último
acusado de actos de corrupción y negocios a la sombra del poder.
Hablar de
los Ayuntamientos del país es tocar un punto crítico: la mayoría están
endeudados, infiltrados por el crimen o Gobernador por narcotraficantes que
llegaron al poder apoyados por células del crimen organizado. Por eso existe
una honda crisis de inseguridad y quiebras financieras históricas.
En este
escenario oscuro, el Ayuntamiento de Tijuana es una excepción extraordinaria y
el gran mérito por el buen manejo financiero lo tiene el alcalde Arturo
González Cruz, quien con trabajo ha logrado colocarse como una pieza
fundamental en el escenario político de Baja California.
Hábil en el
manejo empresarial, financiero y político, González Cruz es uno de los hombres
con más posibilidades para relevar en la gubernatura de esa entidad a Jaime
Bonilla Valdez; es puntero en las encuestas, por lo que está colocado con las
mejores preferencias.
Su trabajo
arroja resultados. Y es que el correcto manejo de las finanzas, en este caso
–por encima de los municipios de Guadalajara y Monterrey –fue la pieza
fundamental que ha brindado seguridad económica al Gobierno municipal de
Tijuana. En pocas palabras, hay certidumbre en su economía y en la estructura
gubernamental.
Además, el
Congreso del estado autorizó la licitación de 2 mil 371 millones de pesos de
una deuda total de 2 mil 650 millones. El monto para Bancomer fue de mil
millones y de 750 para Banorte, dando como resultado la renegociación de mil
750 millones de pesos.
La
Secretaría de Hacienda y Crédito Público del Gobierno federal, por otra parte,
colocó al Ayuntamiento de Tijuana en segundo lugar a nivel nacional por los
resultados del avance en la implantación del presupuesto basado en resultados y
sistemas de evaluación del desempeño del ejercicio fiscal 2020.
El
reconocimiento del Gobierno de la República se debe a las acciones
implementadas en transparencia del presupuesto y rendición de cuentas claras,
lo que ha permitido gozar de finanzas saludables.
Cabe
mencionar que Tijuana fue mejor calificada, por arriba de ciudades como
Guadalajara y Monterrey.
A esto se
suma el buen manejo que ha realizado el Gobierno Municipal de la crisis causada
por la COVID-19, lo que le ha permitido contener de manera considerable la
recaudación del predial e Isai, los dos impuestos más importantes del
Ayuntamiento de Tijuana.
Un dato: En
los primeros seis meses del año, se recaudó un total de 867 millones 759 mil
822.46 millones de pesos.
Esto
representa un total de 38 millones 665 mil 766.73 millones de pesos adicionales
en comparación con el 2019.
Además, el
Alcalde Arturo González Cruz logró la cancelación de la segunda deuda más
grande en la historia de la administración municipal de Tijuana que ascendía a
mil 400 millones de pesos, más intereses, daños y perjuicios. A esto se
sumarían daños y perjuicios, pero gracias a la intervención del presidente se
logró que el Ayuntamiento sólo pagara 50 millones de pesos y la deuda quedara
cancelada.
Así, Arturo
González Cruz construye su camino hacia la gubernatura de Baja California.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.