Diego
Petersen Farah.
¿Realmente
nos vamos a confrontar por el uso del tapabocas? La pregunta parece idiota, de
hecho lo es, pero más es que a estas alturas del partido sigamos discutiendo el
asunto y, peor aún, que el Presidente siga aferrado no solo a no usarlo, sino a
imponer por la vía de los hechos su desprecio al trapito. En la fotografía de
la firma del acuerdo de pensiones el único que trae tapabocas es el
representante empresarial, Carlos Salazar, el resto, secretarios, diputados y
senadores de Morena, se lo quitaron para no “desentonar” con el Presidente.
Uno de los
símbolos que más odiamos del presidencialismo eran esos desplantes del Estado
Mayor, que si al Presidente se le ocurría quitarse la corbata a medio camino y
llegaba sin ella a una comida obligaban a todos los asistentes a quitárselas.
No es distinto ahora. Los cocodrilos siguen volando, bajito, pero volando. Si
el Presidente no trae tapabocas, por absurdo que esto sea, nadie se lo pone o,
peor aún, se lo quitan. No usar tapabocas en reuniones que no sean de familia
nuclear o en espacios públicos es una irresponsabilidad, pues implica la
posibilidad no solo de contagiarse sino de contagiar a otros y, ninguna
persona, ni el Presidente de la República, tiene derecho a ello.
Nadie puede
reclamarle al Presidente la pandemia, esa llegó, como a todo el mundo, sin que
fuera invitada o por culpa de alguien; no es cierto, como dijo del cada día más
desatinado López Gatell, que llegara por los ricos viajeros, en los primeros
casos hay de todo, desde elegantes vacacionista en Vail hasta esforzados
choferes de tráileres de carga. Lo que si le podemos y debemos demandar al
Presidente son políticas públicas orientadas a mitigar los efectos de la
epidemia y una de esas políticas públicas fundamentales es el uso obligatorio
del tapabocas. Pero de nada sirve que el Secretario de Hacienda lo ponga como
una condición para el regreso a la actividad económica o que los gobernadores,
de todos los partidos, les exijan a sus ciudadanos si el Presidente no solo lo
desestima, sino que se encarga en los hechos y en el discurso de contradecir
las políticas de su propio Gobierno.
El contagio
del Presidente es moral, dijo a una de sus inolvidables frases el doctor López
Gatell. Igual podemos decir que el contagio del no uso del tapabocas del
Presidente es inmoral, pues se ha contaminado a las redes sociales e
ideologizado el uso de un trapito y esa es quizá la peor de las muchas y muy
debatidas decisiones que ha tomado López Obrador con respecto a la COVID-19.
No alcanzo a entender la razón detrás de
este absurdo desacato, si es una tema de amor propio, si es de creencia o de
simple terquedad, pero el daño que esa aparente tontería ha hecho al país, que
tanto dice querer, es enorme.
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