Pablo Gómez.
Faltan casi
80 días para las elecciones presidenciales en Estados Unidos, pero se sabe que
Donald Trump no podrá reelegirse. Joe Biden no será el triunfador, sino que el
actual inquilino de la Casa Blanca ha de ser el perdedor, como le ocurrió a
Hillary Clinton, la cual perdió por sí misma.
Como se sabe
de sobra, Trump no obtuvo la mayoría de votos populares. En realidad, Estados
Unidos ha tenido una vez más un presidente de minoría. Esa democracia
competencial sigue anclada al duro conservadurismo federativo que selló la
unión de las 13 colonias al proclamar y defender su independencia conjunta.
Pero ese sistema carece de lógica democrática, ya que el gobierno de la unión
gobierna en todo el territorio con facultades considerablemente fuertes.
Trump no
tendrá la mayoría del voto popular, como no la tuvo hace cuatro años, pero
ahora tampoco logrará la mayoría en el Colegio Electoral porque los estados
donde ganó por un margen menor al 3% no se van a comportar igual (Florida,
Michigan, Carolina Norte, Arizona, Pensilvania, Wisconsin), mientras que en
Texas las encuestas ya igualan a ambos candidatos. Aunque conservadoras en su
mayoría, en esas entidades existe una franja política que ya no está dispuesta
a sostener un presidente especializado en dar palos de ciego.
Dividido en
dos grandes bloques, Estados Unidos tiene un sistema político que a nivel
nacional logra subsumir a todas las corrientes políticas en dos bandos. Pocas
veces ha surgido un tercero y solo una vez la opción emergente logró la segunda
posición electoral, con un expresidente como candidato. La próxima elección de
noviembre será clásica: sólo dos candidatos en disputa, aunque siempre se
registran muchos más.
El campo más
conservador se aglutina electoralmente desde hace mucho tiempo en el Partido
Republicano; es ahí donde ahora son más urgentes las discrepancias, de tal
manera que hay franjas que podrían preferir a un presidente también
conservador, pero algo moderado o mediocre: Joe Biden.
En el lado
demócrata el cambio es muy urgente. El vencedor de las internas, Biden, ha
decidido acompañarse de una senadora algo menos conservadora, quien algunas
veces ha coqueteado con la izquierda. La combinación busca satisfacer al
electorado afroamericano y, al mismo tiempo, brindar a las corrientes de
izquierda, incluyendo a la socialista democrática de Sanders, un respiro frente
al extremismo de derecha representado por Trump.
En Florida,
por ejemplo, Trump está perdiendo terreno en el seno mismo de lo que fue su
fuerza más adicta, el sector de “hispanos”, principalmente cubanos, algunos de
los cuales ni siquiera están contentos con la política de Washington frente a
la isla. Si el actual presidente no puede tener mayoría en Florida, ya perdió
la Casa Blanca. Pero perderá también otros estados antes ganados porque tampoco
cumplió sus promesas.
La
propaganda de Trump consiste en identificar como socialistas a todos sus
adversarios, incluyendo desde luego a Joe Biden y a Kamala Harris, pero no se
está enfrentando directamente a Bernie Sanders, sino a candidatos moderados,
quienes, sin embargo, pueden lograr el voto de gran parte de la izquierda.
Después del
incidente del asesinato de George Floyd, el 25 de mayo de este año en
Minneapolis, las protestas no se circunscribieron a los afroamericanos sino
llegaron a sectores de blancos que no están dispuestos a admitir la barbarie
policial racista que durante tanto tiempo ha tenido lugar en Estados Unidos. La
posición de Trump frente a las protestas ha ayudado a que algunos de sus
anteriores electores se sientan obligados a cambiar su preferencia electoral.
Así, Estados Unidos dará un voto mayoritario en contra del racismo, aunque éste
no se va a acabar en una sola elección. De cualquier forma, se cree que el
fuerte supremacismo blanco no es mayoritario. Si esto es así, Trump no podrá
seguir siendo presidente.
La política
agresiva contra los inmigrantes puede convencer aún a algunos que tienen ya
muchos años como residentes o ya son ciudadanos, en aras de mantener su
situación en el competido mercado laboral estadunidense, pero no tanto como
para lograr que Trump gane nuevos terrenos en esa franja del electorado.
Trump no
tiene márgenes para avanzar, sino todo para retroceder. Por su lado, Biden no
va a convencer más allá del voto duro demócrata, pero tampoco será atacado o
bloqueado por aquellos segmentos político-sociales que no quieren ver a Trump
ni en pintura.
La gestión
de la crisis epidémica de la covid-19 es muy discutida, en Estados Unidos eso
es algo descentralizado, de tal manera que los estados y aun los condados
tienen fuerza normativa en el control de la enfermedad. Por más tonterías que
haya dicho Trump sobre “el virus chino”, por más equivocaciones de su inestable
gabinete sanitario y por más altos que sean los números de fallecidos, no
parece que la pandemia vaya a ser decisiva en el voto ciudadano.
Otra
característica de la campaña electoral estadunidense es que los mensajes
electorales de ambos candidatos están centrados en el adversario. Trump acusa a
Biden de izquierdista, radical, etc. Biden acusa a Trump de llevar al desastre
al país y al mundo. Pero los programas propiamente dichos aparecen muy poco y
se limitan a algunos puntos. La propaganda se centra demasiado en la posición
que se rechaza: el no al otro.
El mayor
problema está sin embargo en la incidencia electoral. Si los que quieren
defenestrar al actual presidente logran cohesión y disciplina estrictamente
electoral, no habrá problema: serán pocos los estados que voten
mayoritariamente por Trump.
Si en los
próximos 80 días no se produce una hecatombe política, Donald Trump dejará de
ser el presidente de Estados Unidos. El mundo tomará un respiro, pero no se
habrá resuelto algún problema fundamental. Al respecto, muchas cosas estarán
por verse, al menos eso podría ser un comienzo.
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