Adela
Navarro Bello.
La llegada
de Emilio Lozoya Austin a México, suponían muchos, significaba que llegaría a
enfrentar a la justicia que por tantos años presumiblemente le ha perseguido,
desde que la sospecha de corrupción recayó sobre sus espaldas luego de
conocerse el contenido de las investigaciones brasileñas contra la compañía
Odebrecht por haber otorgado sobornos alrededor del mundo, particularmente en
América Latina, para el desarrollo y crecimiento de la empresa.
Investigaciones,
develadas en México por un grupo de periodistas quienes tuvieron acceso a los
expedientes judiciales y declaraciones en Brasil, revelaron que por lo menos
tres ejecutivos de Odebrecht habían declarado en el juicio, haber tenido
contacto y acordado con Emilio Lozoya Austin, la entrega de por lo menos diez
millones de dólares. A cambio de la promesa de una vez llegar al Gobierno, la
administración de Enrique Peña Nieto, les otorgaría contratos. Así sucedió.
Emilio Lozoya quien había compartido que llegaría a la Secretaría de Relaciones
Exteriores cuando se confirmara el triunfo de Peña Nieto, fue designado
director de Petróleos Mexicanos, desde donde, se estableció en las
investigaciones, continuó pactando con Odebrecht y otras empresas, generalmente
en detrimento del país.
Cuando estas
revelaciones fueron públicas, y el entonces Presidente Peña Nieto, retiró de su
equipo a Lozoya, comenzó la persecución, por lo menos mediática, porque ni en
la Procuraduría General de la República –en funciones en aquel entonces- ni en
la Secretaría de Hacienda, en la de la Función Pública o en la de Hacienda se
iniciaron formal y comprometidamente investigaciones. Fue el en aquel momento
fiscal de Delitos Electorales, Santiago Nieto, la autoridad que más cerca
estuvo de juzgar a Emilio Lozoya, pero entones fue obligado a renunciar al
cargo, y en la PGR no siguieron con la investigación.
Si una
bandera de campaña tuvo como candidato el ahora Presidente Andrés Manuel López
Obrador, esa fue el combate a la corrupción. Antecedido en la administración
pública por uno de los gobiernos más corruptos que se tenga memoria, el
encabezado por Enrique Peña Nieto, muchos esperaban que iniciado el sexenio
morenista, cayeran los corruptos. Pero no fue así.
Emilio
Lozoya y su familia huyeron del país. Y el Presidente López Obrador inició con
la prédica de no estar de acuerdo con que los expresidentes sean juzgados. Pero
Santiago Nieto, ya instalado en el sexenio morenista persistió. Desde la Unidad
de Inteligencia Financiera continuó las investigaciones que le truncaron en el
peñismo, y finalmente logró congelar las cuentas a Lozoya, quien fue inhabilitado
por la Función Pública para ejercer un cargo público durante los siguientes
diez años, y un Juez concedió una orden de aprehensión en su contra por
operación de recursos de precedencia ilícita entre otros delitos. Obvio muchos
mexicanos pensaron que el tiempo de hacer rendir cuentas a los corruptos había
llegado. Pero no.
El
excolaborador de Peña Nieto amagó desde la clandestinidad con acusar a quienes
le habían ordenado accionar ilícitamente como lo hizo. Estaba entonces
comprando libertad. Por que cuando en febrero de este año fue aprehendido en
Malaga, España, y en julio extraditado a México, pocos esperaban que el hombre
del hilo corruptor de Peña Nieto, el ejecutor y testigo clave, no pisaría la
cárcel. Y no lo hizo. El juicio a Lozoya ha sido el más laxo de la historia
contemporánea. A diferencia de gobernadores como Javier o César Duarte, ni
hablar de Rosario Robles, por mencionar a quienes crecieron en el peñismo,
Lozoya ha sido tratado con la delicadeza propia de un aliado del sistema. No ha
pisado la cárcel y en lo que procede su juicio no lo hará. A pesar que se
mantuvo prófugo por casi diez meses, que invirtió para evadir a la justicia, en
el Poder Judicial determinaron que llevaría su proceso en libertad, como medida
impositiva apenas un brazalete electrónico a través del cual se monitorea su
actividad las 24 horas del día con el objetivo de vigilarlo para evitar que
huya de nueva cuenta.
Pero si
prófugo vivió entre lujos en Alemania y España, durante su procedimiento
judicial está en la tranquilidad de casa, negociando su libertad, a cambio de
perjudicar la de otros.
Emilio
Lozoya se ha convertido en la pieza electoral más importante para el Gobierno
de Morena en el país.
Será el
ejemplo de cómo se castiga la corrupción, alcanzará como lo han obtenido otros,
acuerdos para disminuir el castigo a cambio de colaborar con investigaciones,
que aun cuando no concluyan con otros personajes en prisión, servirán para
evidenciar la corrupción, el derroche, el abuso y el exceso que se vivió y
ejercicio en el sexenio pasado, justo antes que el Presidente Andrés Manuel
López Obrador ganara su elección en 2018.
Tan no se
está realizando una investigación a la altura de la corrupción y el derroche,
que en ese afán generoso y colaboracionista, Emilio Lozoya ha ayudado una vez
al Gobierno de México y a la Fiscalía General de la República, al presentar por
sí, una denuncia donde señala directamente al expresidente Enrique Peña Nieto y
al exsecretario de Hacienda, Luis Videgaray Caso, de ser quienes orquestaron los
sobornos de Odebrecht, quiénes le dijeron a qué personas entregarle más de 100
millones de pesos producto de esas transacciones, y que por general entregaron
a personas ligadas con la campaña electoral del 2012, en la cual Peña salió
triunfante.
También y
para ahorrar fojas de investigación para llegar a determinados hechos, Lozoya
les ha entregado en la denuncia que presentó, a senadores, diputados,
dirigentes de partidos y otros exfuncionarios, como quienes contribuyeron en
practicas desleales y corrompidas, la aceptar dinero de procedencia ilícita
para aprobar aquellas reformas estructurales, que el expresidente Enrique Peña
Nieto presumió como el principal logro de su administración, “de la mano” de
los partidos políticos de oposición.
Es evidente
que Emilio Lozoya no quiere esperar los tiempos de la Fiscalía para la
investigación de su caso, y está aportando su propia evidencia en una nueva
denuncia, ahora interpuesta por él, o que está cumpliendo con un acuerdo para
su entrega. Lo que sí, es que pocos ex funcionarios señalados de corrupción al
nivel Lozoya, han sido tratados con la gentileza política, social y jurídica
que el ex director de Pemex.
Pero es
tiempo de crisis, preámbulo electoral de la elección más grande que se haya
realizado en el país, y la política apremia. No parece haber coincidencia en el
hecho que en las últimas semanas, dos personajes ligados al PRI, a Enrique Peña
Nieto, y a la corrupción, han sido capturados y amenazan con hacer de sus casos
espectáculos mediáticos de corrupción, Emilio Lozoya y César Duarte.
Por lo
pronto, en las siguientes semanas y meses, está por verse el efecto Lozoya que
tendrán las elecciones del 2021, pues la premisa es que entregará a políticos
de todos los partidos, menos de Morena claro, porque cuando el pacto político
de Peña y la aprobación de las reformas estructurales, ese instituto no
existía.
Pero este,
será un caso en el que la información sobre el pasado corrupto, irá
destilándose en el largo plazo, y ojalá que también termine por llevar a la
justicia los sonados casos de irregularidades y abusos de la pasada
administración, más allá de lo que el Presidente Andrés Manuel López Obrador
desee.
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