Alejandro
Gertz Manero.
Todos los
bienes que forman el patrimonio estratégico de la nación, y que le pertenecen
de manera inalienable e imprescriptible, constituyen la riqueza colectiva de la
comunidad mexicana y, fundamentalmente, de sus grandes mayorías, que sólo así
pueden recuperar, en algo, el abandono y el despojo ancestrales, así como las
profundas carencias que siempre les han afligido.
Para
entender cabalmente, y en la práctica, lo que significa esa riqueza
estratégica nacional, tenemos el ejemplo de Noruega, cuyo gobierno creó un
fondo financiero y patrimonial para el país, en el cual se depositan las
ganancias que se obtienen de la explotación de sus yacimientos petroleros en
los litorales del Mar del Norte.
La gran
productividad de la empresa petrolera noruega, que maneja sus operaciones y
contratos con honradez, capacidad y transparencia, ha dado como resultado ese
fondo financiero que cuenta con un valor aproximado de 10 billones de coronas
noruegas (equivalentes a 24 mil 300 millones de pesos), cantidad que ha
permitido, y permitirá, que la seguridad social, la salud y buena parte de su
infraestructura nacional, tanto en el presente como a futuro, se cubran con los
intereses de dicho capital. Ese es el resultado evidente e innegable de una
estrategia patriótica y honesta para sustituir un recurso no renovable, como es
el petróleo; convirtiéndolo en un capital permanente y colectivo de todos los
noruegos y de sus nuevas generaciones. Demostrando, con ello, que esa es la
fórmula más práctica y eficaz para defender a un país, a su patrimonio y a su
población íntegra.
Ese mismo
modelo lo ha aplicado la nación noruega en la explotación racional y eficiente
de sus inmensos bosques, lo que ha permitido que su extensión arbórea vaya
creciendo con mayor rapidez y cobertura territorial que el número de árboles
que se derriban e industrializan.
Frente a
ejemplos tan encomiables, en nuestro país ha ocurrido exactamente lo
contrario con toda su riqueza petrolera. Ya que, después de más de 100 años de
explotación, y de haber sido una de las naciones más productivas a escala
mundial, hoy nos encontramos más endeudados que nunca. Mientras la empresa nacional
está quebrada y hay que rescatarla, cuando ya se perdió una gran parte de esa
fuente de riqueza comunitaria no renovable, que debía haber dejado un
patrimonio nacional inmenso, el cual le habría dado a toda nuestra población el
bienestar económico y la equidad que nunca ha podido alcanzar. El caso de
nuestros bosques es semejante. Y ello se comprueba al observar la depredación
inmisericorde de las áreas boscosas en el país; la cual se evidencia en los
niveles de desertificación y deforestación que reportan alrededor de 2 millones
de hectáreas de recursos forestales perdidas anualmente.
Lo mismo
ha sucedido con otros recursos naturales estratégicos saqueados; siendo el
ejemplo más evidente el de la minería mexicana, cuya explotación, durante 300
años de Colonia, fue la fuente ubérrima de la riqueza, del dispendio y de las
guerras absurdas provocadas por las casas reales de los Austrias y los Borbones
en la Madre Patria. Mientras, en la Nueva España, sólo unos cuantos protegidos,
como los Borda en Guerrero y los Rul en Guanajuato, resultaron favorecidos. En
tanto que, al pueblo se le sacrificaba en la esclavitud de los abismos negros
de esas minas. Hoy, México sigue siendo el primer productor de plata en el
mundo. Mientras el cobre significa otra explotación permanente, que no la
podemos disociar de lo que ocurrió con la Cananea Consolidated Copper Company,
en Sonora, en 1906, que fue la muestra más descarnada de la extracción masiva y
abusiva de las riquezas no renovables del país, y que también evidenció una
discriminación laboral agresiva y humillante que provocó el primer estallido
social precursor de la Revolución Mexicana.
Actualmente,
la industria minera en México reporta una productividad no auditada de 443
mil 224 millones de pesos; mientras sus impuestos se reducen a 46 mil 59
millones. Quedando cerca de 90 por ciento de sus ganancias en manos de
particulares, la mayoría extranjeros, a quienes la reforma legal de 1992 les ha
dado la oportunidad de participar en la explotación de los recursos naturales
con 100 por ciento de capital social extranjero y hasta por 100 años de
vigencia.
En esas
condiciones tan cuestionables, la superficie otorgada a los concesionarios alcanzó 113.8
millones de hectáreas, que abarca enormes territorios estratégicos, como lo
muestra el plano que se acompaña. Quebrantando, con ello, los principios
establecidos en la Constitución de 1917, que en su artículo 27 ratifica en
forma contundente e indudable el dominio directo y el usufructo para la nación
de esos recursos naturales que ahora se van para siempre sin dejar patrimonio
alguno que los compense. En tanto, se multiplican los conflictos laborales,
acusaciones por daños ecológicos y las muertes por riesgo de trabajo. Este
análisis comparativo, entre un país democrático como Noruega que defiende y
multiplica su patrimonio estratégico nacional, y lo que ha pasado en México,
nos ratifica el abandono, la corrupción y la falta de patriotismo de gobiernos
dictatoriales que permitieron esta debacle patrimonial que nos ha saqueado.
Todo lo cual, ahora se trata afanosamente de revertir.
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