Martí Batres.
“Nosotros
somos auténticos pacifistas y
transformadores
al mismo tiempo. En la defensa
de las
causas de la honestidad, la justicia
y la
democracia, no somos moderados, somos radicales.
En estos
tiempos, como decía Melchor Ocampo,
el moderado
es simplemente un conservador más despierto”
Andrés
Manuel López Obrador
Segundo
Informe Trimestral
Ya hemos
visto que en cada etapa de transformación se presentan contradicciones entre
los moderados que desean limitar el alcance de los cambios y los radicales que
quieren transformaciones profundas.
Los
moderados en la revolución de Independencia defendieron la monarquía primero y
el centralismo después. Los moderados en la Reforma defendieron la prevalencia
de una religión oficial. Los moderados en la Revolución defendieron la
intervención del clero en la educación.
Son los más
avanzados, llamados federalistas, puros o jacobinos, los que jalan la carreta
de la historia. Son los radicales de cada momento histórico, liberales
avanzados, los que conquistan la República Federalista, el Estado Laico y los
derechos sociales.
Históricamente,
los moderados van atrás, no encabezan, no empujan, son llevados y a veces
vencidos, para concretar los cambios. Se quieren bajar a la mitad del camino y
gritar a los conservadores: “no disparen, soy moderado”.
Los medios
conservadores de hoy han revivido la vieja clasificación entre moderados y
radicales con el objeto de dividir al movimiento de la 4ta Transformación en
buenos (los moderados) y malos (los radicales), invirtiendo los papeles que
unos y otros han jugado en la historia.
Sin embargo,
no es tan fácil establecer hoy la línea divisoria porque se mezclan en las
percepciones distintos parámetros que confunden las clasificaciones. Pero más
que nada, porque todos se han involucrado en la realización del programa del
movimiento.
Los medios
conservadores han hecho sus listados de moderados, en los que incluyen a
quienes con sus iniciativas tumbaron la bolsa de valores o a quienes por
promover la despenalización del aborto son vistos como radicales por otros
grupos sociales.
En general,
el conjunto de actores de la 4T ha aprobado y realizado el programa de
transformaciones del movimiento. Reformas tan radicales como la del artículo
3o, la prohibición de la condonación fiscal, la ley de remuneraciones de los
servidores públicos, la revocación de mandato, la desaparición del Seguro
Popular y otras, han sido votadas por el conjunto de legisladores de la 4T y
ejecutadas por los funcionarios.
Lo cierto es
que en el entramado político-institucional conocido como 4T, la Presidencia de
AMLO juega un papel de avanzada. Es la que jala a todos a las transformaciones
más definidas. Y ha tensado la cuerda cuando la 4T del Congreso se ha rezagado.
Por ejemplo, cuando en la Ley de Austeridad el Presidente incluyó la cláusula
de los 10 años en los cuales un ex-funcionario no podía trabajar en empresas
privadas con las que hubiera tenido vínculo durante su gestión pública, en la
Cámara de Diputados le bajaron a cinco años dicho período y en el Senado podía
quedar en cero. El Presidente tuvo que informarlo.
A los
conservadores les urge que surja una corriente moderada que frene por dentro el
avance de la transformación.
Pero quienes
siendo parte de la 4T lleguen a aceptar el mote de moderados, no podrían
explicar en qué consiste su moderación. Si aprueban y ejecutan las reformas de
la 4T, solo podría entenderse su autoadscripción moderada como confesión de
discrepancia soterrada, señal de agotamiento, petición de respeto a intereses
creados, guiño a los conservadores o promesa de regresión en el porvenir.
Más aún, en
una época en que los conservadores acusan de radical a AMLO, definirse como
moderado sería un deslinde, como decir: “yo no soy como AMLO; yo soy moderado”.
Hace unos
años, en su debate con los dirigentes del PRD que terminaron en el Pacto por
México, López Obrador decía: “izquierda moderada es derecha disfrazada”. Y tuvo
razón.
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