Raymundo
Riva Palacio.
Emilio
Lozoya se convirtió en el instrumento útil del presidente Andrés Manuel López
Obrador para llevar ante un juez a los expresidentes del periodo que define
como 'neoliberal'. El primero en ser puesto ante el escrutinio público, que aún
no judicial, fue Enrique Peña Nieto, y ahora se sabe que no fue el único. El
exdirector de Pemex, dentro de su acuerdo con el fiscal Alejandro Gertz Manero
para poner a quien le diga el gobierno, a cambio de su libertad y su dinero,
también imputó a los expresidentes Carlos Salinas y Felipe Calderón.
Las
acusaciones están contenidas en la denuncia de hechos presentada por Lozoya y
que dio a conocer Gertz Manero de manera escueta, por lo cual Salinas y
Calderón serán llamados a declarar ante un juez y responder los dichos de quien
los incriminó. Las razones por las cuales los señala son, en el caso de
Salinas, su labor como cabildero de inversionistas extranjeros en el sector
energético durante el periodo en que Lozoya fue director de la empresa del
Estado, y en el de Calderón, los supuestos privilegios que le dio a la empresa
formada por la brasileña Braskem y la mexicana Idesa, para el Proyecto Etileno
XXI.
Ni Salinas
ni Calderón figuraban en los señalamientos de Lozoya durante los tiempos en que
vivió bajo la amenaza de la justicia en México, antes de irse a España, ni
durante todo el periodo en el cual llevó su caso el abogado Javier Coello
Trejo. Las imputaciones fueron realizadas luego de la negociación que encabezó
su padre, Emilio Lozoya Thalman, directamente con Coello Trejo para pactar qué
diría y contra quién iría. Las pruebas que dijo tener para soportar sus dichos,
las deberá presentar formalmente durante el juicio.
Salinas ha
estado en la mira de López Obrador por muchos años, pero la ira se revigorizó
tras la forma como el expresidente operó la distribución y difusión de los
videos donde su secretario particular, cuando era el jefe de Gobierno del
entonces Distrito Federal, René Bejarano, aparece recibiendo dinero del
empresario argentino naturalizado mexicano, Carlos Ahumada, y colocando ligas a
250 mil pesos, y metiéndolos a una bolsa de papel. Videos similares aparecieron
de Carlos Imaz, en ese entonces esposo de Claudia Sheinbaum, que era miembro
del gabinete de López Obrador, y a quien el hoy Presidente está llevando a la
candidatura presidencial en 2024.
Aunque es
reconocido que López Obrador es un político vengativo, la imputación a Salinas
es sorprendente. Lozoya Thalman y Salinas son –o eran– amigos desde la
universidad, y fueron parte del mismo proyecto político. Más aún, cuando en el
gobierno de Enrique Peña Nieto se inició un proceso en contra de Lozoya por
presuntos actos de corrupción, su padre pidió a Salinas que intercediera ante
Peña Nieto. Desde entonces aseguraba Lozoya Thalman que su hijo tenía, como
prueba de su inocencia, “muchos videos”.
Salinas, en
efecto, fue cabildero de inversionistas extranjeros durante el sexenio de Peña
Nieto, pero el entonces presidente frenó sus gestiones. Cuando supo que Salinas
hablaba directamente con secretarios de Estado o altos funcionarios para
concretar negocios, habló con él y le pidió que en el futuro, cualquier cosa
que quisiera, lo tratara directamente con él. No le fue bien a Salinas, ni lo
que esperaba con Peña Nieto, a quien promovió para que ganara la candidatura
presidencial. El exdirector de Pemex, por su parte, cuando los hijos de
Salinas, involucrados en negocios distintos al padre, fueron a verlo a Pemex,
los maltrató y de acuerdo con personas que supieron de esas reuniones, “los
ninguneó”. Se desconocen las razones por las cuales Lozoya se comportó de esa
manera con quien lo conoció de niño y con cuyo padre mantuvo una relación de
décadas.
Con Calderón
no tuvo nunca la relación que tuvo él y su familia con Salinas, pero es el
expresidente sobre el cual López Obrador quiere actuar con mayor rigor. En la
denuncia se está tratando de presentar como algo ilegal e ilegítimo que
Calderón hubiera pedido a su entonces jefa de Oficina, Patricia Flores, que
armara una mesa de seguimiento en Los Pinos sobre el Proyecto Etileno XXI, para
que avanzara, aunque esas mesas eran parte de un método de gobierno, no sólo de
Calderón ni exclusivo de México, para que los proyectos prioritarios del
gobierno no se detuvieran.
El Proyecto
Etileno XXI fue impulsado por Calderón cuando fue secretario de Energía durante
el gobierno de Vicente Fox, aunque la idea original como una forma de
revitalizar el sector petroquímico en el país, fue del entonces director de
Pemex, Raúl Muñoz Leos, que lo llamó 'Proyecto Fénix'. Calderón ha defendido
recientemente el valor y la utilidad del Proyecto Etileno XXI.
Funcionarios
federales dijeron que la principal acusación es que Calderón autorizó un precio
por abajo del mercado para sus insumos, que consideran las autoridades como un
subsidio ilegal. Braskem-Idesa lo ha negado y asegura que el precio del gas lo
establecía una fórmula que Pemex había utilizado en contratos anteriores por
más de tres lustros. Lozoya nunca interrumpió la relación fluida como director
de Pemex, pero José Antonio González Anaya, que lo sustituyó, suspendió todos
los tratos con la empresa por sospecha de irregularidades.
Como en el
caso de Salinas, donde Lozoya tendrá que probar que se le dieron contratos al
expresidente que se puede conjeturar que provocaron un daño al erario, tendrá
que hacer lo mismo con Calderón, y demostrar que hubo una ilegalidad que en su
momento él no resolvió. Pero esta omisión de Lozoya no es relevante. Lo que
importa para el gobierno es llevar ante el juez a Calderón, que le ganó la
Presidencia a López Obrador en 2006 por menos de 250 mil votos, y que nunca
pudo probar que le cometieron fraude.
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