Raymundo Riva Palacio.
Una de las
fábulas más célebres atribuidas a Esopo es la del escorpión y la rana, donde el
batracio ayuda al depredador a cruzar el río y ve materializados sus dudas y
temores cuando, a la mitad del camino, le cruza su venenoso aguijón. Las
fábulas tienen una finalidad didáctica ética y universal, que llega a una
expresión sublime cuando la rana que le pregunta por qué ha podido hacer algo
así, ya que morirán los dos ahogados. “No he tenido elección -dice el
escorpión, en una de las frases más citadas a lo largo de los siglos- es mi
naturaleza”. Es la moraleja de cómo hay
quienes sacan su maldad sin importarles las consecuencias, incluso dañándose a
sí mismos, que se puede aplicar mecánicamente a Ricardo Anaya, el
autoproclamado candidato de una coalición armada a su gusto y necesidades.
Pocos como él simbolizan mejor las ambiciones sin escrúpulos.
Anaya
presionó y chantajeó a un grupo de dirigentes del PRD que, mermado su peso
electoral en los últimos años, se enfrentó a la disyuntiva de, o aceptaba las
condiciones del exlíder del PAN para ungirlo como candidato de un Frente
Ciudadano que se rebautizó como Por México al Frente, o quedaba expuesto a que
Andrés Manuel López Obrador, quien los ha descalificado de manera sistemática
por aventureros oportunistas, les chupara cuadros, militantes y votos sin que
pudieran hacer nada por impedirlo. Los
líderes perredistas no lo admiten abiertamente, pero carecen de argumentos
objetivos para refutar que su destino, sin el Frente y sin el PAN, significaba
la muerte como partido. Esa dirigencia está convirtiendo a la izquierda
reformista mexicana en el Partido Verde del PAN, utilitario y desechable en el
momento que sea un lastre.
El escorpión está montado sobre la
rana amarilla cruzando el río hacia la contienda presidencial. ¿Cuánto tardará
en traicionarlos? Ya lo verán e irán comprobando si así sucede, concede Héctor Serrano, líder de
Vanguardia Progresista, una de las corrientes del PRD y la más cercana al jefe
de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, a quien no le dieron
la oportunidad, si pudiera llamarse así, de que Anaya lo traicionara. Ellos
hicieron el trabajo sucio, sin que Anaya se manchara las manos. El precandidato
del PAN, y del PRD y de Movimiento Ciudadano, se ocupará de ellos en el futuro,
si fuera necesario. ¿Cómo se puede afirmar con tal contundencia tal escenario?
Porque, como le dijo el escorpión a la rana, está en su naturaleza.
Hace 13 meses se describió en este
espacio la forma como Anaya ha traicionado sistemáticamente a quien le ha
ayudado. Lleva alrededor de 15 años haciéndolo y sería ingenuo pensar que no se
repetirá. El
domingo, al anunciar que buscaría la presidencia, comenzó a picar a los suyos. Anaya disparó sus dardos envenenados
contra los dos expresidentes panistas. Sobre Vicente Fox, expresó: “En el 2000,
cuando ganó Vicente Fox, muchos soñamos con que la derrota del PRI traería
todos los cambios anhelados. Pero seamos francos y hagamos autocrítica de esta
circunstancia: no cambiamos el régimen. Un ejemplo que pinta de cuerpo entero
es el Pemexgate”.
El gobierno de Fox investigó el
desvío de más de 500 millones de pesos de Pemex a la campaña de Francisco
Labastida y dos años después de comenzar la averiguación, la concluyó sin
procesar a nadie. El
Instituto Federal Electoral –hoy Instituto Nacional Electoral– multó al PRI con
mil millones de pesos por no haber reportado esos gastos. “Al líder del sindicato petrolero no se le tocó ni con el pétalo de una
rosa -añadió Anaya- y ese sistema
corporativo y clientelar del PRI permaneció prácticamente intacto”. No lo
dijo el precandidato, pero en esa
elección también se investigó a la organización privada Amigos de Fox, a la que
el IFE documentó al menos 46 millones de pesos de financiamiento ilícito en la
campaña presidencial. Tuvo menos consecuencias que el Pemexgate porque el
gobierno panista, donde el principal asesor de Anaya, Santiago Creel, era
secretario de Gobernación, se negó a aportar la documentación solicitada. Un
diputado priista denunció en su momento las irregularidades. Ese diputado
estuvo el domingo codo a codo con Anaya, el gobernador de Veracruz, Miguel
Ángel Yunes.
Anaya fue selectivo en la crítica contra Fox, al
igual que la que enderezó contra Felipe Calderón. “No cambiamos las estructuras
clientelares y corporativas del PRI, y quedó intacto el pacto de impunidad”, dijo.
“Se le entregó a Elba Esther Gordillo el
control de la educación básica en nuestro país, nombrando a su yerno
subsecretario de Educación Básica”. Es cierto, sólo que habría que recordar
algo: el subsecretario respondía a las órdenes de la secretaria de Educación,
Josefina Vázquez Mota, a quien apoyó como candidata al gobierno del Estado de
México, y él mismo fue subsecretario de Turismo en la administración de
Calderón. Y el gobernador Yunes formaba parte orgánica de esa estructura
clientelar que tanto denostó el domingo.
El precandidato es el escorpión que
está matando a la rana, su rana. Comenzó su campaña presidencial el domingo mordiendo la mano
que le dio de comer durante años, el panismo en Los Pinos. Nada nuevo. Ese es Anaya, descrito por uno de los
interlocutores que ha tenido a lo largo de los dos últimos años como un
político “muy inteligente, valiente, pero pragmático y sin escrúpulos”. Picar a
la mitad del río es una apuesta osada, incluso para quien, hasta ahora, se ha
salido con la suya.
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