Salvador Camarena.
El gobierno de Chihuahua ha
denunciado el desvío de 250 millones de pesos que la administración de César
Duarte entregó a cuatro empresas fantasma con el fin de, dice la acusación,
destinar tales fondos a campañas del Partido Revolucionario Institucional.
El caso data
de 2016 y, aunque ya hay sentenciados por el mismo, la querella subió de perfil
el 19 de diciembre, cuando Reforma publicó que la presunta triangulación se
habría hecho con la anuencia de Manlio Fabio Beltrones, entonces presidente del
PRI, y Luis Videgaray, a la postre titular de Hacienda y hoy canciller.
Dos días después, en The New York
Times los reporteros Jesús Esquivel y Azam Ahmed expusieron la trama con mayor
detalle, en la coyuntura de la detención de Alejandro Gutiérrez Gutiérrez, directivo
del PRI en tiempos de Beltrones, a quien se acusa de haber operado los desvíos.
Beltrones ha negado las acusaciones.
Ayer, luego
de la temporada vacacional, el caso
Chihuahua volvió a la escena mediática. El gobernador Javier Corral denunció en
la Ciudad de México que la Secretaría de Hacienda escamotea a su estado 700
millones de pesos que le corresponden por un convenio.
Según el
panista, la cancelación de esos fondos
constituye una represalia del gobierno federal a los chihuahuenses por haber
encarcelado a Gutiérrez Gutiérrez y por insistir en que la administración Peña
Nieto debe solicitar la extradición de César Duarte.
Hacienda respondió ayer a la
acusación de Corral, sólo en lo relativo a los 700 millones no entregados,
mediante un boletín sin sustancia y con entrevistas del subsecretario de
Ingresos (¿!) Miguel Messmacher, que se enredaba en tecnicismos que no
contrarrestan, ni en forma ni en el fondo, la gravedad de lo denunciado por el
chihuahuense.
La respuesta
gubernamental, ese pasar de largo de lo más importante aquí –a Hacienda no le
preocupan los fondos desviados (por la noche el presidente también desdeñó esa
parte de la denuncia de Corral)–, importa mucho y supone un riesgo importante.
Desde la publicación de la primera
plana de Reforma, el gobierno de Peña Nieto se ha enconchado en el silencio,
recurso mediante el cual trata de minimizar, o de plano desaparecer
mediáticamente, lo que no le conviene.
Si en tiempos no electorales esa
práctica poco democrática de meter la cabeza en la tierra es criticable, en
época de campañas denota el grado al que está dispuesto a llegar el gobierno en
su afán de no perder la elección: al grado de arriesgar la estabilidad.
El grupo político que no dudó en
enfangarse con tal de ganar en el Estado de México ha decidido que los comicios
de 2018 bien valen el riesgo de dejar al país sin un gobierno que pueda estar
por encima de los intereses partidistas para vigilar que las cosas, en varios asuntos.
El problema
no es que el caso Chihuahua confronte a un gobernador con la administración
federal. Ni es tan grave que por el mismo tema el Frente y el PRI terminen
dándose con la cubeta.
Lo delicado es que si el gabinete,
con Peña a la cabeza, se van de campaña, a nadie importará enfrentar la
violencia, procurar la concordia, fomentar el diálogo, usar la política para
desactivar cualquier crisis y, sobre todo, dejar claro que pase lo que pase el
gobierno no es una parte de la elección, sino el garante de la ley.
Sin guardagujas que vigile que los
trenes no colisionen, la elección –pero también la economía y la paz social–
estará en riesgo.
Chihuahua es botón de muestra de
hasta dónde parecen dispuestos a llegar los Peñaboys, botón nada pequeño, por
cierto.
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