Dolia
Estévez.
La
sorprendente incorporación de Manlio Fabio Beltrones a la campaña de José
Antonio Meade es señal de alarma. Hace
18 años, cuando husmeó consternado el principio del fin de 71 años de monopolio
presidencial, el PRI hizo lo mismo. Entonces, como hoy, el politburó buscó a
Beltrones en un último esfuerzo por salvar la desahuciada candidatura de
Francisco Labastida. “En la secuela del pobre desempeño en el debate
presidencial del 25 de abril, la campaña de Francisco Labastida, que se esfuerza
en sobrevivir, pidió ayuda a los miembros de la ‘vieja guardia’, Manuel
Bartlett, Manlio Fabio Beltrones y Jesús Murillo”, informó la Embajada de
Estados Unidos, en cable confidencial de mayo de 2000.
Firmado por
el embajador Jeffrey Davidow, el despacho
informaba que Beltrones quedó a cargo de “lidiar” con los miembros
“decepcionados” del PRI y como “enlace” entre el partido y el operador supremo
del PAN, Diego Fernández de Cevallos. El despacho comentaba que la
incorporación del trío de dinosaurios era reflejo de un “sentimiento
generalizado de alarma” ante la creciente popularidad de Vicente Fox en las
encuestas. Concluía: “Labastida
necesita urgentemente apuntalar a las bases tradicionales del PRI”. Bartlett
posteriormente rompió con el PRI. La versión actualizada de ese despacho
cambiaría el nombre de Fox por el de Andrés Manuel López Obrador, y el de
Labastida por el de Meade.
Desde el mes
pasado, Manlio es uno de los alquimistas
(coordinadores) regionales del aspirante priista. Su ascenso se da a pesar del
escándalo que lo señala como posible cómplice en el desvío de recursos públicos
millonarios a Cesar Duarte. En México las acusaciones de corrupción no
debilitan sino fortalecen al implicado. Cual brujo practicante de hechizos, a
su guarida acuden especímenes de la fauna política cuando todo está perdido. En
la banda de mapaches de Meade abundan tipos y tipas de mala fama y peor
reputación, pero quizá nadie tenga el negro colmillo de Beltrones.
Y es que para los priistas el ex
gobernador de Sonora es una pieza de museo. Es el último heredero de la escuela
de Fernando Gutiérrez Barrios, personaje que en vida fuera el espía de todos
los espías, legendario agente de la CIA y amigo de Fidel Castro, e
instrumentador de la guerra sucia en México. El J. Edgar Hoover mexicano. El hombre que sabía dónde estaban enterrados los cadáveres. Manlio fue
su hijo putativo, su confidente, su aprendiz favorito, su orgullo, su legado.
Los conocí
en 1999, cuando juntos vinieron a Washington enviados por Carlos Salinas a buscar la legitimación a la presunta
democratización en la selección interna del candidato. Querían convencer de que
el dedazo había muerto. La presencia de Beltrones causó sorpresa en medios
oficiales porque, “no sabe nada de Estados Unidos”. También generó preocupación
ya que dos años antes, The New York Times lo había acusado de proteger
narcotraficantes cuando fue gobernador de Sonora. El demoledor artículo de
portada llevó al embajador Jim Jones a
considerar revocarle la visa de entrada a Estados Unidos. En misiva al diario,
Beltrones se dio baños de pureza, negó ofendido las imputaciones e informó
haber pedido a la PGR investigara los alegatos. La PGR posteriormente lo
exoneró.
En aquella
ocasión, pregunté a Manlio sobre las
graves imputaciones. Me dijo que intentó, pero no pudo, tener acceso a los
reportes de inteligencia que lo implicaban con el narcotráfico. Poco después a
través de la Ley para la Libertad de Información de Estados Unidos obtuve los
comunicados en cuestión. Una parte del dossier la publiqué en 2009. Hay
despachos que acusan a Beltrones, dos hermanos y un primo, de “estar
fuertemente implicados en el comercio de la droga”. Una fuente “muy confiable”,
dicen, incluso reportó “haber visto a Beltrones usar cocaína”. Otros lo
relacionaban con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, sugerencia que en su
momento rechazó.
Tras la
publicación, Beltrones, a la sazón
senador, no puso en duda la existencia de los documentos, pero culpó su “forma
y contenido” al “pensamiento disperso y pleno de subjetividad” del cónsul
en Hermosillo. En misiva dirigida al
medio en el que colaboraba, desacreditó los despachos como parte de la
“información basura” que generan las agencias del gobierno estadounidense.
Pese a la campaña publicista que
montó para limpiar su nombre, The New York Times nunca se desdijo.
En 2007, uno de los autores reveló que un
funcionario del gobierno de México había pedido al diario se retractara del
artículo sobre Beltrones, a lo que sus editores respondieron: “nosotros no nos
retractamos de un artículo para tranquilizar a alguien que lo encontró
problemático”. Tan es así que el mes pasado, The New York Times le recordó a
sus lectores las viejas acusaciones contra Beltrones en el marco de una nota
informativa sobre el amparo que interpuso para protegerse de las nuevas
imputaciones sobre desvío de fondos a Duarte.
Beltrones es un apparatchik hábil.
Mañoso. Ha esquivado cuanta acusación se le ha hecho en dos países. Se ha
vuelto intocable. Está por encima de las leyes terrenales. El sistema no lo
arropa. Él arropa al sistema. Su destreza de hampón político lo vuelve
indispensable en momentos de catástrofe. El priismo confía en que podrá salvar
a Meade. Cree que,
como un dios, tiene el más excelso de los dones de formar un mundo de la nada.
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