Alejandro
Páez Varela.
En una de
las zonas más ricas no sólo de la capital del país sino de México, en Las
Lomas, el mono capuchino no era un misterio. Cuando se escapó y anduvo de
malviviente, los noticieros se preguntaban de dónde había salido. Pero hubo más
fascinación por el cuándo y cómo lo iban a atrapar.
Sin embargo,
los mismos que le dieron galletas durante sus días de prófugo para que
sobreviviera por el rico vecindario
sabían (decían) que su dueño era un empresario de nombre Ernesto Álvarez Morphy
Alarcón que, hasta donde se sabe, nunca lo reclamó.
A diferencia
del mono capuchino y de Armando Hinojosa Cantú, la vida y obra de Morphy Alarcón no es un libro abierto. En el círculo
de los más ricos se dice que es un hombre que “lleva los negocios” del presidente
Enrique Peña Nieto, cualquier cosa que eso signifique. Y aclaro que no tengo un
solo dato para confirmarlo, al menos ahora. Así me lo refirieron dos buenos
amigos a quienes creo palabra-por-palabra. Lo
que se menciona es que, desde que Hinojosa (el dueño de la “casa blanca” y de
Grupo Higa) fue expuesto, el empresario se hizo más cercano a Peña. Y más
lejano, más escurridizo.
Hay datos muy aislados de Morphy
Alarcón que ni vale la pena repetirlos. Son previos al inicio de la
Presidencia. Hablan de su presunta influencia en el ex Gobernador del Estado de
México. Y luego viene un silencio bárbaro en su vida pública, aunque en el
poderoso vecindario sí hay, parece, una cierta claridad de quién es él, de su
presunta relación con el mono capuchino y de otras cosas.
–Es
definitivamente muy cercano al presidente, y el más listo –me dijo un
periodista este fin de semana. Lo busqué específicamente para el tema. Sé que
sabe. Me comentó que desde hace varios años Morphy Alarcón navega sin mástil ni
bandera, a mar abierto, pero con el motor encendido a todo lo que da. Y el que
lea, entienda.
Esta breve
historia que no incrimina a nadie me permite decir dos cosas. Una es que el
pobre mono sufrió, en apenas unos días, lo mismo que millones de mexicanos:
tanto alimento chatarra lo engordó y, de acuerdo con la Profepa, le disparó los
niveles de azúcar.
Y dos: que sería interesante saber en dónde están
encerrados los monos capuchinos de la élite empresarial, para empezar a
perseguirlos (a los monos, por supuesto. A los monos). Las historias que habrá
detrás.
En el
imaginario de mucha gente, el pleito
entre Andrés Manuel López Obrador y un puñado de empresarios es el anuncio de
una tragedia por venir. Y lo imagina así, la mucha gente, porque ese puñado ha
destinado cantidades incalculables de dinero durante muchos años para golpear
al político tabasqueño y para alentar la idea de que no hay izquierda que no
busque el fin del mundo.
Esos cientos
de millones (¿miles, quizás?) no son una inversión imprudente para el puñado.
Han dado frutos. Por un lado, han frenado a AMLO por doce años (postergar,
diría), y por el otro han logrado
infiltrar a nivel molecular la estructura del poder político en México. Siempre
han estado allí, pues; pero no como ahora. Y gracias al exitoso modelo de
negocios, ese grupo tiene todo a la mano: leyes a modo, contratos a modo,
dinero del Estado a manera de préstamos que les permiten invertir en obras a
modo que les dan dinero para pagar los créditos blandos y para llevarse
ganancias cómodas que acuerdan previamente, a modo.
No digo que
todos los empresarios son eso. Digo
claramente que un puñado. Y es el puñado el que más gana cuando se generaliza.
Por eso lo dejo más que claro: es un puñado.
Se entiende que el puñado de
empresarios esté asustado si gana el candidato de Morena. Tienen un país en sus
manos, y ganancias a pasto. Y tiene un poder político inimaginable: los
presidentes de este país, sin intermediarios, son sus aliados. Sus hijos van a
la escuela juntos y veranean en las mismas playas y van a los mismos antros. El
modelo le ha permitido sacarles sangre a millones y verse como sus salvadores y
santos patronos.
Ese puñado que ahora tiembla con
López Obrador (yo también temblaría, si fuera del puñado) tiene las manos metidas en la prensa. Tiene fundaciones. Tiene sus
nombres grabados a la entrada de los museos nacionales. Tiene uno o diez
programas que reparten viviendas o medicinas (nunca he visto una sola casa o
una aspirina). Tiene bancos. El
Estado quiebra empresas estatales para vendérselas baratas y luego se las
compra de regreso a precio de oro.
El puñado manda a sus jóvenes
promesas con becas (pagadas por el Estado, of course) al extranjero y cuando
regresan los incorpora al servicio público y son una extensión de ellos mismos
dentro el Estado y, claro, les dan a ganar todo lo que esperaban. Contratos,
renombre, poder y una silla asegurada en la mesa de honor. Negocio redondo y
por generaciones. Siempre hay negocio redondo por generaciones. Un modelo de
negocios infalible… hasta que se atraviesa alguien con posibilidad de
rompérselos.
Y ése es, por primera vez en décadas,
López Obrador.
Claro que yo
estaría muy asustado y muy activo si fuera parte del puñado. ¿Qué es un
desplegado? El pueblo mexicano les ha
dado dinero para pagarse diez, veinte, diez millones. Tienen tanto como para
envenenar/embobar a todo un país por un rato. Han ganado tanto que pueden
voltear durante décadas las cosas: el diablo no son ellos; son los que quieren
“acabar con el empleo” y “ahuyentar las inversiones”.
Sí, yo estaría apostando el todo por
el todo si fuera del puñado. Si alguien tiene miedo son ellos, justamente; no
votarán por Meade, no son idiotas: harán todo para que Ricardo Anaya crezca.
Hoy, sin
embargo, el puñado tiene un problema: el
megáfono que usa lo trae ya muy manchado. Y lo digo en las palabras más
coloquiales posibles: un tío mío decía
que el que lanza cochinada se embarra las manos y el que apunta con el índice
se apunta con tres dedos de su misma mano. El puñado ha lanzado cochinada por
años y ya se le ve, la cochinada, en las manos.
Ese puñado de empresarios ha jugado
muy cómodo desde la oscuridad. Ayuda a imponer presidentes y luego, cuando sale
uno como Peña, se esconde y no rinde cuenta por ellos. O sale uno como
Calderón, mueren cien mil mexicanos y el puñado no parpadea: más bien se
concentra en el que sigue.
Pocos políticos han sido tan acosados
(acusados) como AMLO durante tanto tiempo. Miles de millones, quizás, han sido
gastados para manipular masas y ponerlas en su contra. Esos que lo han acosado ahora “alertan” de “riesgos”, cuando
llevaron a millones de mexicanos a votar por al menos tres individuos (Vicente
Fox, Calderón y Peña) que le han costado, a esos millones, la vida de sus
hijos, de sus padres; sus hogares (un millón de desplazados por la violencia) y
sus empleos. Y mientras el país se tambalea de tanta pobreza, desigualdad,
inseguridad e injusticia, la máquina de hacer billetes no se detiene. Todo lo
contrario: de esa misma máquina es de donde sale la pregunta de esta elección:
A ver, bola de jodidos, ¿qué no tienen miedo de que llegue AMLO?
Hasta que un día, el mono capuchino
se escapa. Entonces brinca el nombre de su posible dueño, y de ese nombre se
desprende otro.
Imagínense
esto: si realmente un día se rompe el
pacto de impunidad entre el puñado de empresarios y políticos, será como mil
monos capuchinos sueltos en el vecindario. Y cada uno tendrá un nombre detrás.
Y cada nombre, una historia que debe ser atendida.
Realmente no sé cómo le hará López Obrador si gana la
Presidencia para, primero, atrapar a todos los monos capuchinos que se fuguen.
Y luego, cómo le hará –ahora que anda en el amor y paz– para no indagar a los
dueños, y los nombres detrás de esos dueños.
Más bien creo que habrá cosas que la
eventual Presidencia de López Obrador no podrá cumplir. Imagino que cada mono
capuchino suelto será una exigencia ciudadana. Y también imagino que además de
monos capuchinos habrá mandriles, orangutanes y gorilas del tamaño de King Kong
corriendo, huyendo (si se sienten amenazados) o escondiéndose (como lo han
hecho durante años) por todo el vecindario. Y lamento decirles (no tanto) que
tendrá que dedicarse a atraparlos.
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