Uno de los
temas más importantes para México en su relación con Estados Unido es el que se
refiere al manejo de sus fronteras, en particular la cooperación en materia de
seguridad fronteriza y el control de los flujos migratorios provenientes del
sur del continente y principalmente de Centroamérica.
En las últimas décadas, México ha
fortalecido enormemente su cooperación con el vecino país del norte y ha
definido su política fronteriza y migratoria tomando como base los intereses
estadounidenses. Sin negociar concesiones ni condiciones en otras áreas de la
relación bilateral—con excepción quizás del Tratado de Libre Comercio con
América del Norte (TLCAN)—México ha sido complaciente con los deseos de Estados
Unidos. En su afán por formar parte de Norteamérica, destaca la cooperación
servil que ha posicionado a México como lo que algunos denominan: el “patio
trasero” de la Unión Americana.
Hasta hace muy poco, la diplomacia
estadounidense había venido ejerciendo, de manera muy hábil y exitosa, su poder
blando (soft power) para imponer su agenda migratoria, comercial y de control
hemisférico a través de las relaciones fronterizas con su dócil aliado, a quien
los gringos llamaban “socio y amigo”. Alan Bersin, el ex-Zar de la frontera en
las administraciones Bill Clinton y Barack Obama1, articula dicha estrategia de
forma magistral en sus intervenciones y escritos: México y Estados Unidos dejan
de ser “vecinos distantes” y comienzan una nueva “sociedad bilateral”
(bilateral partnership)2. Dicha sociedad fue claramente diseñada por, y en
beneficio de los Estados Unidos y las élites políticas y económicas mexicanas;
cabe destacar que estas últimas estuvieron de acuerdo en su arquitectura. El
centro de operaciones de dicha estrategia sería la región fronteriza concebida
como un “Tercer País”3. Asimismo, se facilitarían los flujos comerciales y
desaparecerían gradualmente las fronteras (vanishing borders)4 para el gran
capital. La Frontera del Siglo 21 estaría pensada en términos de flujos y no de
líneas 5.
Esta nueva arquitectura fronteriza
operaría de manera selectiva: facilitando el libre comercio de bienes y el
flujo de capitales, y restringiendo al mismo tiempo la entrada legal de
personas a la Unión Americana. En el tema migratorio, lo que Bersin denomina
“La Línea” seguiría dividiendo a las dos naciones y se fortificaría aún más
mediante la construcción de cercas, el uso de tecnología, y un aumento muy
significativo en el número de efectivos que vigilan la frontera para evitar la
entrada de personas no autorizadas provenientes del sur del continente. En
otras palabras, la búsqueda de competitividad y mayor eficiencia en la relación
binacional comercial se combinaría con estrategias de disuasión de migrantes
irregulares.
Con el pretexto de sus guerras contra
el terrorismo y las drogas, y para protegerse de la supuesta “guerra de
carteles” en México (alimentada y magnificada por la propia guerra contra las
drogas mexicana declarada con el beneplácito de los estadounidenses y avalada
por la Iniciativa Mérida), Estados Unidos militariza la seguridad en su
frontera. Al mismo tiempo, presiona a México para hacer solo una parte de lo
que algún día pensaron negociar (sin éxito) los dos países en lo que se llegó a
denominar un “Acuerdo Migratorio” o Enchilada Completa. Ahora bajo gran presión
de los Estados Unidos y sin acuerdo bilaterales de por medio, México reforzaría
su frontera sur para ayudar a su vecino y controlar los flujos hacia el norte
de personas provenientes de Centroamérica.
Sin acuerdos ni enchiladas, Estados
Unidos, a través del poder blando de su diplomacia y el lobbying de sus
contratistas, construye un muy sofisticado “complejo militar industrial” en la
nueva Frontera del Siglo 21. De forma irónica, esta nueva arquitectura permite
selectivamente la entrada de los migrantes indocumentados que Estados Unidos
necesita. El país vecino de México sigue demandando mano de obra barata para el
sector de la construcción y otros servicios y actividades que sus ciudadanos no
están dispuestos a realizar. La economía estadounidense se ha beneficiado
visiblemente del trabajo de quienes se ven forzados a emigrar dadas las
precarias condiciones económicas y de seguridad en sus países de origen,
generadas al amparo de las reformas estructurales y las políticas de libre
mercado—es decir, en el marco del llamado “modelo neoliberal”. México se
constituye entonces como el país de tránsito (y luego expulsor) de estos flujos
migratorios provenientes principalmente de los países más pobres y violentos
del sur del continente, sobre todo, de América Central.
En un contexto de reforzamiento de la
frontera y límites selectivos a la migración denominada como “ilegal” por parte
de los Estados Unidos, se han fortalecido las redes de traficantes y las
relaciones entre éstas y el crimen organizado. El trayecto por México de los
migrantes que vienen del sur se vuelve extremadamente peligroso y el país se ha
convertido en una gran fosa común donde yacen los cuerpos sin nombre de
migrantes que desaparecen y parecieran no importar. La escena pareciera el
resultado de una limpieza étnica. Por su parte, la labor humanitaria de la
Pastoral de Movilidad Humana de la Iglesia Católica facilita—sin pensarlo y sin
querer—el tráfico de migrantes y la explotación laboral de quienes están
desesperados por salir de la miseria y la violencia producto de un sistema
neoliberal, profundamente injusto y desigual. Dicho sistema en la era del TLCAN
y el Pacto por México no ha generado crecimiento real ni ha beneficiado a los
mexicanos en general, sino únicamente a un segmento de sus élites6.
Son esas élites, que nacieron con el
libre comercio con América del Norte, las que han convertido a México en el
patio trasero de Estados Unidos. El complejo militar industrial de la denominada
Frontera del Siglo 21 y el Plan Frontera Sur fueron diseñados en y por Estados
Unidos y felizmente adoptados por la servil tecnocracia mexicana que dejó de
mirar hacia el sur e hizo perder a México su liderazgo en América Latina en sus
ingenuas aspiraciones por pertenecer a la región más desarrollada de nuestro
continente. Dichas aspiraciones nunca llegaron a materializarse y México nunca
fue realmente parte de Norteamérica. La llegada de Donald Trump a la Casa
Blanca dejó esto muy claro. Trump y su base de apoyo celebrarían la propuesta
para la construcción de un muro “grande y bonito” que separaría a Estados
Unidos de su patio trasero.
Las cosas no
podían estar peor para México con Trump como Presidente de Estados Unidos y
hacia la recta final del sexenio de Enrique Peña Nieto. En un contexto de
corrupción endémica, impunidad, violencia extrema, desigualdad y falta de
crecimiento económico, el país optó por un cambio por la vía institucional. La
elección de Andrés Manuel López Obrador como Presidente de México el pasado 1º
de julio y el gran avance de su partido a nivel nacional y en las dos cámaras
del Congreso de la Unión podrían representar una oportunidad histórica para el
país de volver a ser una nación soberana y líder en el continente. México tiene
un activo importantísimo en su frontera con Estados Unidos y parece que no se
ha dado cuenta de ello, por lo menos durante el último cuarto de siglo. El país
no ha sabido negociar la posición privilegiada que mantiene con su vecino del
norte. Parecería ser éste el momento en el cual México podría exigir sentarse a
la mesa a negociar con Estados Unidos de igual a igual un acuerdo migratorio y
comercial—que incluya ventajas claras para la economía nacional y para los
migrantes mexicanos en Estados Unidos.
Y nuestro país podría hacerlo
aprovechando su posición geográfica privilegiada y sus reservas de
hidrocarburos en el marco de una revisión de contratos otorgados al amparo de
la reforma energética. La cooperación anti-narcóticos también debería reconsiderarse
y colocarse sobre la nueva mesa de negoción en el contexto de una epidemia en
el consumo de opiáceos en Estados Unidos. AMLO a la fecha no ha sido claro con
respecto al futuro de su política de cooperación en materia de seguridad
fronteriza, cooperación anti-drogas con Estados Unidos, ni de su política
migratoria. La incertidumbre quedó clara después de la primera visita a México
de la delegación estadounidense de alto nivel encabezada por el Secretario de
Estado Mike Pompeo y el reciente intercambio epistolar entre Donald Trump y el
presidente electo de México. Las recientes declaraciones de la DEA sobre la
“nueva” estrategia bilateral contra los cárteles mexicanos nos dan la impresión
de continuidad—más que de cambio—en lo que se refiere a una cooperación
diseñada por las agencias federales estadounidenses, que privilegia más bien
los intereses del vecino país del norte y que mucho ha dañado a México.
Bajo las nuevas condiciones
hemisféricas, una nueva configuración en el orden mundial, la aparición de
nuevos liderazgos internacionales y los reacomodos resultantes en materia
geoestratégica, el futuro podría ser prometedor para México. Sin embargo,
existe la posibilidad de que el pragmatismo potencial del nuevo presidente y el
protagonismo de su equipo de colaboradores y mediadores—que incluye a figuras
como el empresario Alfonso Romo, Marcelo Ebrard y el Padre Alejandro
Solalinde—se inclinen por soluciones subóptimas o por la promoción de las
inversiones en el marco de una reconciliación con quienes no apoyaron al
candidato de las izquierdas. Ello requeriría no sólo del mantenimiento del
status quo sino de una cooperación aún más estrecha con Estados Unidos.
En el peor de los escenarios para
México, el papel de la Pastoral de Movilidad Humana—con su red de albergues de
migrantes—podría institucionalizarse si Mexico negocia privilegios comerciales
y acepta participar como “Tercer País Seguro” para procesar las solicitudes de
asilo hacia Estados Unidos. Cabe destacar que la Iglesia ya ha venido haciendo
parte de este trabajo de manera informal. Y lo que sería aún peor, veremos si
el nuevo Jefe de la Oficina de la Presidencia y los intereses que representa
llegan a tener más peso que los del pueblo mexicano y sus comunidades
indígenas, fortaleciendo la sociedad bilateral con Estados Unidos, promoviendo
la inversión depredadora en el sector de la energía y construyendo sus “zonas
económicas especiales” que poco benefician a los pueblos y mucho a las élites
empresariales—nacionales y transnacionales. Finalmente, es de gran preocupación
que las aspiraciones políticas futuras de personajes clave en el manejo de la
relación con Estados Unidos (como Marcelo Ebrard) operen a favor del vecino
país del norte y no de México; todo esto, en la búsqueda de afirmación y
reconocimiento internacional.
En fin, veremos si México con AMLO
reconoce o no su papel estratégico y continúa o no siendo un patio trasero.
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