Darío
Ramírez.
Andrés
Manuel López Obrador solo es presidente electo. No ha tomado posesión ni hace
actos de gobierno. Controla la agenda mediática –por obvias razones- pero no
olvidemos que todavía hay una administración federal en funciones a cargo de
Peña Nieto.
El país está sumergido en una crisis
tan profunda de gobernabilidad que la llegada de AMLO sin duda se inscribe en
el deseo de la población de que las cosas cambien para bien. Así hablaron las
urnas.
La expectativa es alta y debemos de
tener cuidado porque la decepción también lo puede ser.
Las promesas de campaña son “los
cantos de las sirenas” y debemos de reconocer su valor en procesos de campañas
políticas y, al mismo tiempo, saber que no necesariamente van cargadas de
voluntad o posibilidades reales de cumplirlas. El electorado hace su proceso de
selección con base en los dichos que dibujan los candidatos y no en un estudio
real de factibilidad.
La palabra del candidato importa,
pero nunca es equiparable a la del gobernante o a la de quien lo será porque ya
fue electo. El proceso de transición dispara –por momentos- la confusión sobre
el peso de la palabra del presidente electo y del presidente constitucional.
Dada la frenética actividad política
desplegada por AMLO y su equipo, parecería que su sexenio ya comenzó. Los
juicios públicos y las sentencias mediáticas aparecen por todos los rincones de
la comentocracia. Y está bien, lo que dibuja AMLO son posibles futuros actos de
gobierno. Pero no son actos de gobierno, disculpe la obviedad. Aunque hay un aparato
de intelectuales y periodistas destinados a criticar todos los dichos de AMLO,
se equivocan al equipararlos a los de una autoridad gubernamental.
Ahora bien, la ola morenista comenzará a tomar
decisiones el 1ro de septiembre debido a que entra en funciones el congreso que
también conquistó en las urnas el movimiento de AMLO. Los senadores y diputados
de la primera fuerza política podrán comenzar a perfilar el marco normativo que
el próximo presidente considere necesario para realizar los cambios que estén
en su agenda de gobierno. La dirección de AMLO a sus alfiles legislativos será
algo que deberemos revisar de manera detenida, ya que podrá hacer las
modificaciones que guste a la organización de la administración pública y, con
el poder de la bolsa depositado en el Congreso, podrá reorientar a su entera
satisfacción el gasto público.
Lo abultada
victoria de Morena se basó, principalmente, en un discurso anticorrupción. Fue
la capitalización del hartazgo y profundo enojo de la sociedad ante el atraco de
los funcionarios federales comenzando con Peña Nieto. Nadie le pudo arrebatar
esa bandera a AMLO.
López Obrador no ha dado claridad (y
debería darla) sobre su estrategia de reducir sustancialmente la corrupción en
el país. Sostener grandi elocuentes dichos sobre combatir la corrupción de
ninguna manera tendrán un impacto real en la sociedad. Si recordamos que según
el INEGI el 33% de ingreso familiar de las familias más pobres del país es
destinado a pagar corrupción, los dichos de AMLO se deben de trasformar en
modificaciones de gran calado en la materia que tenga un impacto real en ese
33%.
Más allá de ganar el aplauso fácil y
convencer en la carrera electoral, el hecho de que el próximo presidente no
haya planteado un plan multifactorial para atacar la corrupción debe de generar
preocupación. Las decisiones anunciadas hasta ahora: acabar con los dispendios,
privilegios e ineficiencias del gobierno, descentralizar las secretarías de
Estado, recortar la nómina gubernamental y bajar los sueldos de algunos
funcionarios y centralizar las compras del gobierno son actividades sin un
macro-objetivo que le dé coherencia.
En otras
palabras, dichas actividades podrán
tener un impacto, sin embargo, con certeza, no erradicarán la corrupción a
niveles aceptables dentro de la OCEDE.
López
Obrador tiene tiempo para dar a conocer
su plan anticorrupción. Y por plan me refiero a una visión sistémica y
multifactorial que atienda a un problema con dichas características. Hasta
ahora sus futuras acciones adolecen de profundidad y efectividad para atender
el principal problema que aqueja a la sociedad mexicana. Hasta ahora, AMLO ha
sido omiso en referirse al Sistema Nacional Anticorrupción. Con todo lo
criticable que puede llegar a ser el SNA, es el marco normativo e institucional
que se acordó para combatir desde las instituciones a la corrupción. ¿Qué hará
con él?
Si la idea del nuevo gobierno no pasa
por fortalecer el SNA, y, por el contrario, debilitarlo, la preocupación sobre
la eficacia en el combate se vuelve más profunda, y con plena justificación.
En los meses
que siguen, previos al 1ro de diciembre,
la administración entrante se dará a la tarea de explicar planes de política
pública que pondrán en marcha una vez que tomen la administración. Lo han hecho
en el área de energía, infraestructura, administración pública, entre otras.
Antes de tomar posesión, la plataforma anticorrupción deberá hacerse pública.
No importará el 53% de su victoria si
al cabo de un tiempo considerable la corrupción no ha sido disminuida y
castigada. Y solo se podrá lograr estos objetivos si las instituciones (y su
personal) tienen la instrucción de realizar dicha encomienda fortaleciendo el
estado de derecho y la justicia. Los casos de corrupción en la administración
de AMLO comenzarán a surgir (de eso no tengamos dudas), la duda está en qué
hará Andrés Manuel López Obrador cuando salgan esos casos: ¿Los sancionará y
perseguirá –a pesar de ser gente de su administración? O bien, los solapará
como ha sido la práctica hasta el momento.
De eso
dependerá su legado. Veremos si es
verdad su dicho de “por encima de la ley nadie”.
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