Javier Risco.
Hace casi 15
años, a inicios de 2004, Donald Trump logró que 28.05 millones de
estadounidenses vieran el final del programa televisivo del cual era
protagonista: “The Apprentice” (El Aprendiz). Él había sido la revelación; con
sus desplantes, excesos, regaños y excentricidades se había ganado el morbo del
pueblo estadounidense, ¿cómo alguien tan exitoso en los negocios podía ser tan
pedante? La respuesta a esta pregunta llevó al show al lugar número 7 de rating
a nivel nacional.
Ahí Donald
aprendió a entretener de manera profesional –ya lo había hecho durante décadas
con declaraciones absurdas y con sus certámenes de belleza; sin embargo, nunca
había pensado en que él, como producto, podía llegar a estos niveles. Creyó
tanto en su figura que convenció a la mitad de Estados Unidos que era el líder
que ellos necesitaban, y desde enero de 2017 lo único que ha hecho es montar un
espectáculo, entretener a un mundo con ansias de polémica, incrédulo de que
esto podía empeorar.
Lo que sucedió ayer fue un
espectáculo de relaciones diplomáticas, la escena era de un sitcom. Donald
Trump en la oficina oval sentado en su escritorio, lo rodean decenas de
periodistas y fotoperiodistas que no deja de accionar sus cámaras, en el set
hay dos teléfonos sobre el escritorio, uno de ellos está en altavoz, él voltea
a la prensa y pregunta: “¿Enrique?” Como en cualquier show de comedia la
llamada no se puede enlazar y él improvisa con la prensa, al final se da la
conversación sobre el tratado comercial más importante de los últimos años para
México. La voz de Peña Nieto es la escenografía de un espectáculo que Trump
produce.
¿México
estuvo de acuerdo? ¿Sabía Peña Nieto de la manera en la que Trump montó el
numerito del TLCAN? ¿Si no lo sabía es algo que debe dejar pasar? Lo sucedido ayer es un botón de muestra de
la forma en la que el presidente de Estados Unidos mueve los hilos de la
conversación hasta anular al interlocutor, o por lo menos reducirlo a una voz
que casi no se escucha en medio de las fotos de la prensa.
Trump ha
desarrollado esa voraz capacidad de ponerse en el centro de todo. Dice lo que
cree que el otro quiere oír. Puede denotar cordialidad en una llamada con un
mandatario al que hace unos días tildó de capitalista, como una forma de quedar
bien con el que será su nuevo interlocutor en el sur. Para él, el show tiene
sus iniciales de principio a fin.
Como lo hizo
hace 15 años, Trump está de nuevo en el centro de la atención, con la
diferencia que ahora tiene más de 28 millones de estadounidenses como
audiencia.
Los
‘espectadores’ ahora están en todo el mundo, o al menos en una gran parte de la
región, que todos los días despierta con la expectativa de lo que hará o dirá y
de qué forma eso puede poner en riesgo la estabilidad de millones de personas.
Eso, por
supuesto, incluye a México y Canadá, bueno, incluía a Canadá como un espectador
nervioso de lo que vendría. Hasta que el Primer Ministro le cambió el guion y
se paró de la mesa, obligando a cambiar la estrategia. Por fin alguien que no
está ensordecido con su gritona presencia.
Luis Videgaray e Ildefonso Guajardo,
nuestros secretarios de Relaciones Exteriores y Economía, en cambio, cayeron en
el juego de la presión, han servido como los golpeadores pagados al amenazar al
que hace apenas algunos meses era un aliado. “Si por alguna razón los gobiernos
de Canadá y Estados Unidos no llegaran a un acuerdo, sí habrá un acuerdo de
comercio entre México y Estados Unidos”, palabras para enmarcar del actual
canciller Luis Videgaray.
Al margen de los acuerdos
preliminares alcanzados entre dos de las tres naciones involucradas, el papel
de México ha sido exactamente el que le ha asignado Trump desde antes de tomar
el mando: un capítulo del show, un personaje secundario con el que un día pelea
y al otro quiere. Una escenografía… una voz al teléfono que le sirva de
pretexto a Donald para ser, otra vez, la estrella del espectáculo. Más de uno
en la delegación mexicana ha resultado ser El Aprendiz.
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