Diego Petersen Farah.
Llámenlo como quieran,
pero el triunfo de López Obrador ha metido al país a discutir cosas que antes
parecían inamovibles. Los dogmas de la religión neoliberal, y peor aún, los
dogmáticos sacerdotes del neoliberalismo negaban cualquier posibilidad de
cuestionar asuntos tan básicos como el gasto del Gobierno, el reparto del
presupuesto, la corrupción, la forma de entender el ejercicio de Gobierno,
etcétera.
Soy agnóstico y la
religión de los amlovers me causa la misma urticaria que la de los
neoliberales. Partiendo que en los dos bandos hay más creencias que argumentos,
también es cierto que el cambio de credo en el Gobierno provoca una muy sana desmitificación
de esos elementos que conforman el corpus de creencias en las ideologías
políticas. Solo por eso cualquier alternancia es positiva.
Hoy resulta que sí es
posible reducir los gastos y los sueldos en el Poder Judicial, no de la forma
en que propone el Presidente electo, pero de que hay margen hay margen.
Hoy resulta también que
el poder legislativo puede operar con la mitad de los recursos, que
efectivamente existen abusos, denunciados desde hace años por los medios y la
sociedad civil, que en nada contribuyen a buen ejercicio del poder. Hoy resulta
incluso que el aeropuerto puede costar 800 millones menos.
Alguna vez, hace ya muchos años, escribí que la tragedia de
Fox era que, hiciera lo que hiciera -ciertamente no hizo mucho-, nada superaría
a lo hecho el primer día: sacar al PRI de Los Pinos era un acto simbólicamente
tan fuerte que resultaba insuperable. Después de ponerse la banda presidencia
como el primer Presidente de la alternancia en el México moderno, lo único que quedaba era bajar y
desilusionar. Algo similar le puede ocurrir a López Obrador si no
administra su capital político. La
sacudida al sistema ha sido de tal magnitud que en sí mismo el efecto AMLO es
ya positivo para el país. El impacto en la forma de entender la vida pública
apenas un mes después de la elección ha levantado tal expectativa, ha sacudido
tantos árboles, ha generado tan altas ilusiones en los creyentes, que el
descenso puede más acelerado de lo que esperan.
Los racionales podemos decir que está científicamente
comprobado que el próximo Presidente y el próximo y el próximo serán un
fracaso, no porque AMLO o quien venga después serán malos presidentes sino
porque siempre ponemos en ellos la expectativa de un cambio que no queremos los
ciudadanos no queremos hacer.
La fe permite encontrar fuerzas para combatir a una realidad
que por momentos se presenta como invencible. Ese es el sentimiento que priva
en el país tras el derrumbe del sistema de partidos que había secuestrado la
vida pública los últimos 30 años. La pregunta es hasta dónde esa fe puede
llevar el efecto AMLO en la vida pública del país.
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