Javier Risco.
Existe un
documental hecho por Lorenzo Hagerman y Lynn Fainchtein titulado “0.56%”, aquel
porcentaje que separó a López Obrador de Felipe Calderón en la elección de
2006. El trabajo final es un mosaico de voces que explica el antes y el después
de los comicios más cerrados de la historia de este país, y contesta la
pregunta que acompaña el título del documental: “¿Qué le pasó a México?” –si
usted no lo ha visto, está disponible en Itunes y le aseguro que le van a sorprender las declaraciones de los actores
políticos de ayer y hoy. Se trataba de un seguimiento a un político que había
conseguido levantar el ánimo de confrontación de la población con el régimen
tradicional, que lo mismo podía llamarse PRI que PAN.
Sin embargo,
lo que quiero rescatar de este
documental maravilloso es la última escena, los últimos dos minutos, después de
explicar qué pasó con los personajes más relevantes de aquella época –Felipe
Calderón, Vicente Fox, Elena Poniatowska, entre otros–, ponen un breve discurso
de López Obrador en su visita a Yucatán, en enero de 2007, repito: enero de
2007.
La imagen es devastadora: una plaza
vacía, sillas sin ocupar, curiosos que no se detienen y una voz que dice con un
megáfono: “Se invita a la gente a que venga, hay más sillas acá, a mí me
gustaría que se acerquen, hay más sillas, hay mucho espacio, les invito a
acercarse, a toda la gente que está allá atrás, acérquese para que pueda
saludar cerquita al licenciado”. De pronto aparece López Obrador con una
guayabera, saluda a todos los presentes, no son más de 25 personas.
Un hombre que logró poco más de 14
millones 750 mil votos seis meses antes no necesitaba un micrófono para
agradecer la presencia de la gente en aquella plaza. En ese lugar, en enero de
2007, en su punto más bajo de popularidad, con la promesa en su conciencia de
retirarse de la política, lo acompaña el hombre más cercano de su equipo en los
últimos 22 años: César Yáñez, él que siempre estuvo ahí.
Yáñez es la sombra de López Obrador,
el que baja con él del Jetta blanco y quien ayudó en dos derrotas
presidenciales a que no cayera en depresión. “Hay gestos de César con Andrés
que sorprenden verdaderamente; hay cariño y agradecimiento histórico entre
ellos dos”, le dijo
hace unos meses Tatiana Clouthier a un reportero en entrevista. “Su prioridad ha sido Andrés Manuel por 20
años”, cuenta Nicolás, el exchofer de AMLO. “Su inseparable”, narran los demás.
Hoy, César Yáñez ha decidido tener
vida, así de claro. La sombra de López Obrador quiere un descanso, está
dispuesto a trabajar de lunes a viernes, pero con horario de oficina, no puede
seguir seis años más dedicando 24 horas al día al trabajo. Así me lo dijo en entrevista para El
Financiero Televisión, hace un par de días:
“Yo tuve la oportunidad de hablar con
él y decirle que de verdad ya eran muchos años, toda mi vida de lleno en este
asunto y la verdad es que yo decidí tener una tarea nueva. Yo le pedí que me
diera la oportunidad de poder dar un giro a mi vida, de poder tener un poco más
de tiempo para vivir, porque se trabaja en este asunto (de la comunicación
social), si no las 24 horas, sí la mayor parte del tiempo.
“Y la verdad es que en estos años
deja uno de vivir, dejas de hacer muchas cosas y decidí darme un tiempo sin que
por ello deje a un lado el proyecto; yo seguiré al lado de Andrés Manuel, pero
ahora yo podré disponer de un tiempo para mí, para mi nueva familia y mis
hijos”, confiesa
sobre por qué ha optado por cambiar el rol que jugó uno de los papeles
centrales en las derrotas y el triunfo de Andrés: su nexo con la prensa.
Pero Yáñez no ha renunciado a ser
parte de la cuarta transformación. El sigiloso y vigilante personaje asumirá
ahora un rol que tiene una función tan compleja y difícil como la de conquistar
la agenda mediática: la atención ciudadana. Es decir, será el picaporte de
todos los ciudadanos que, esperanzados en el cambio prometido, acuden al
Presidente electo, como quien busca un milagro y se encomienda a un santo.
Y no sólo
eso: Yáñez tendrá a cargo el vínculo con
los políticos y también coordinará a los 20 ‘ciudadanos’ que tendrán la
seguridad y vida del Presidente. Demasiadas tareas para alguien que ha decidido
dedicarse más tiempo a sí mismo.
Seguir los pasos de Andrés por 20
años lo ha convertido en el incondicional, pero la llegada al poder le ha hecho
pensar en su propio rumbo. Quizá el cambio en las piezas del juego sea porque
ese callado hombre que le ha allanado el camino en busca de la Presidencia,
ahora sepa que desde donde está, lo que hay que hacer es cuidarle la espalda.
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