Diego Petersen Farah.
“En este
pueblo no hay ladrones” es el título de un cuento de Gabriel García Márquez que
gira el torno al robo de las bolas de billar del único centro de diversión de
un pueblo perdido. El hurto saca lo peor de los prejuicios de los habitantes de
una población donde aparentemente nada sucedía. Algo similar sucede en el mundo
de los sindicatos de gobierno. Ahí tampoco hay ladrones, aunque detrás exista una
enorme corrupción. Ni Napoleón Gómez Urrutia, ni Carlos Romero Deschamps ni
Elba Esther Gordillo, los tres grandes representantes del sindicalismo
acaudalado, no tienen empacho en presumir que viven en la abundancia.
“La Maestra”
está libre de toda culpa. El papelón del gobierno de Peña (para variar) es de
pena ajena. Solo hay de dos sopas: o estamos ante un gobierno absolutamente
incompetente, incapaz de sacar a un burro de un maizal, o de probar los delitos
ante el Poder Judicial, o peor, ante una administración que, por el contrario,
es capaz de todo, incluso inventar delitos, burros y maizales, para encarcelar
al enemigo político.
Jurídicamente
ninguno de los tres próceres del sindicalismo es un ladrón, pues la legislación
vigente les permite manejar enormes cantidades de dinero sin tener que dar
cuenta de ello, salvo claro que se lo pidan los agremiados. Pero para eso, para
que a ningún sindicalista desconfiado se le ocurra exigir cuentas a los
“líderes morales” (el chiste de cuenta solo), justamente para eso, existe la
cláusula de exclusión, que consiste en que el sindicato puede pedirle a la
dependencia de gobierno que corra al susodicho acusado de lesa confianza. Esas
dos prebendas de los sindicatos de Estado, la cuota obligatoria y la cláusula
de exclusión son los dos pilares sobre el que se sostienen estos poderes
fácticos que, dicho sea de paso, nada tiene que ver con la calidad de vida de
los trabajadores representados.
Hace seis
años, en la transición entre Calderón y Peña Nieto, se hizo una reforma laboral
que todavía hoy sigue siendo motivo de discusión, pues tocaron lo que se
consideraba derechos conquistados por los trabajadores. Lo que no se tocó
fueron los derechos de los sindicatos, particularmente los de trabajadores de
gobierno, pues se requerían sus votos en el Congreso.
En el mundo
sin ladrones de los Gordillo, Gómez Urrutia o Romero Deschamps, los
trabajadores no tienen derecho a saber qué se hace con sus cuotas. Para los
líderes pasearse por el mundo derrochando el dinero de los sindicatos no sólo
no es mal visto, por el contrario, es una manifestación de poder, de poder
real. El reloj, el vino caro, la ropa de marca, el avión privado, el desplante
es lo que les permite sentarse de tú a tú con los empresarios y políticos; lo
que les hace representar dignamente (que no con dignidad) a sus bases.
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