Epigmenio
Ibarra.
“Nos queda la palabra…”
Gabriel
Celaya
No pudieron impedir que Andrés Manuel
López Obrador llegara a la presidencia. Pese a su esfuerzo por cerrarle, a
cualquier costo, su camino a Palacio, se estrellaron contra el muro formado por
30 millones de votantes. Pero no se han dado por vencidos; al contrario, han
comenzado a velar sus armas para la guerra que viene.
Durante los
últimos 15 años hemos sido testigos y víctimas de su capacidad para orquestar
ofensivas propagandísticas contra López Obrador y contra cualquier opositor
serio al régimen. La que ya han iniciado
ahora, a tres meses de que el nuevo gobierno tome posesión, rebasara con mucho
la guerra sucia electoral, las campañas de desprestigio, el abanico de mentiras
e infamias al que suelen recurrir. Mucho me temo que lo peor, en ese sentido,
está por venir.
Ya no se trata sólo de cerrarle el
paso, sembrando el odio y el miedo entre los electores, a un candidato que
representa una amenaza para sus intereses, sino de impedir que gobierne quien,
en las urnas y en buena lid, llegó al poder. Será la suya -para decirlo con claridad- una franca intentona golpista. Querrán
descarrilar al nuevo gobierno, hacer que fracase López Obrador y, si es
posible, sacarlo de Palacio.
La derecha en el PRI y el PAN, y sus
cómplices en los más altos círculos del poder económico y mediático, no están
dispuestos a aceptar la mano que les tiende López Obrador. El llamado a la
reconciliación nacional les resulta inaceptable y ofensivo porque inaceptable y
ofensiva es para ellos la derrota sufrida el 1 de julio.
Para ellos la democracia (de ahí el
“haiga sido como haiga sido” de Felipe Calderón o la compra masiva de votos por
parte de Enrique Peña Nieto) sólo sirve, sólo tiene sentido si valida su
permanencia en el poder, si les sirve como coartada para someter y saquear a
México. Hoy más que nunca, y tienen razón en creerlo así, López Obrador es un
peligro para ellos.
Llegaron a
las urnas divididos y también por eso perdieron. En 2006 y 2012 formaban un
frente común y gracias a eso tuvieron margen de maniobra suficiente para
imponerse. Pulverizados en el Congreso
no les queda hoy más remedio que apostar por una alianza fuera del mismo.
Cerrado el camino institucional para oponerse a López Obrador comenzarán a
conspirar y a actuar juntos contra el nuevo Presidente.
Columnistas, presentadores de
noticias en radio y TV que les sirvieron con dudosa eficacia en la reciente
campaña electoral hoy se ponen de nuevo a su servicio. Quienes guardaron ominoso
y cómplice silencio ante los crímenes de Estado y los escandalosos actos de
corrupción durante los últimos dos sexenios intentan ahora perfilarse como las
voces valientes y críticas que ya se alzan contra López Obrador.
El primer
objetivo de la ofensiva es minar el
camino que López Obrador debe recorrer hasta su toma de posesión el 1 de
diciembre. Para debilitarlo, para desprestigiarlo es que se despliegan recursos
en los medios convencionales y en la red para, por ejemplo, presentarlo como
responsable directo de la liberación de Elba Esther Gordillo.
Ninguno de los muchos columnistas y
locutores de los que se alzan para denunciar este “hecho” presenta pruebas que
confirmen sus dichos.
La prensa mexicana, salvo honrosas y
contadas excepciones, hace de la filtración y el chisme evidencia
incontestable. Es tan abrumadora la repetición de la mentira, tanto el aplomo
con el que una y otra vez se repite la misma, que hay quien termina por
creerla.
Sorprende,
por otro lado, el nivel de encono, la
procacidad, el odio que se advierte en la red. Ni en los momentos más álgidos
de la campaña electoral actuaron bots y usuarios reales (pero fanatizados al
extremo) de forma tan masiva y coordinada. Lo que hoy sucede en Twitter es, a
mi juicio, apenas el anuncio de lo que vendrá en los medios convencionales.
Lo que no logran entender los
estrategas de esta nueva guerra que se viene y que será despiadada, es que
Andrés Manuel López Obrador se crece en este tipo de combate, se alimenta de la
confrontación, se nutre de la polémica. Por eso está en la Presidencia pese a
ser el político más atacado por el poder y los medios en la historia de México.
Porque ni se rinde, ni se deja.
Hemos vivido
hasta ahora las primeras escaramuzas. La
decisión de disminuir, en un 50%, el gasto en publicidad oficial atizará la
contienda. Tanto los medios electrónicos como la prensa escrita y sus
colaboradores pueden ver como una nueva afrenta, de ese al que consideran su
enemigo ideológico y al que tanto combatieron, el hecho de que atente contra
sus finanzas y, peor aún, contra su propia sobrevivencia.
Poder y prensa en México han
sostenido una relación perversa.
Muchos medios sólo se mantienen en
circulación gracias a la inversión gubernamental en imagen. Ante los gobiernos
y gobernantes se han acostumbrado a un doble discurso: golpearlos para subir su
precio, halagarlos para mantener abierto el flujo financiero. No hay democracia
real sin prensa independiente y no hay prensa independiente si esta vive del
dinero del erario.
Lo cierto es que para Andrés Manuel
López Obrador comprar voluntades y plumas, retractarse en la decisión de
recortar el gasto publicitario oficial, contrarrestar los ataques con
inversiones en imagen, tan cuantiosas como inútiles, no son la opción, nunca lo
han sido.
El contradiscurso gubernamental,
necesario en una contienda de este tipo, deberá hacerse sin caer en los mismos
vicios, sin incurrir de nuevo en el gasto obsceno, criminal, irracional en
imagen que realizaron los gobiernos del PRI y el PAN.
López Obrador no necesita, como
Calderón y Peña, volverse rehén de publicistas y asesores en imagen, no
necesita, en estricto sentido, hacerse de una imagen pública, le basta y le
sobra con ser quien es. Así llego a la Presidencia. Así debe mantenerse en
ella.
Se batió en campaña y en condiciones
adversas sin más armas que su palabra, esa palabra una y otra vez repetida ante
multitudes que aprendieron a respetarlo, a quererlo, a seguirlo, sin más medios
que sus videos divulgados en la red. Hoy, desde el poder, le tocará hacer lo
mismo. Le quedan, nos quedan, porque no
está solo, la palabra y los hechos.
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