Salvador
Camarena.
El debate ni
siquiera había comenzado. ¿Conviene desaparecer el Estado Mayor Presidencial,
como quiere Andrés Manuel López Obrador?
Distintas
voces han alertado sobre la necesidad de que el tabasqueño recapacite y acepte,
diseñe y utilice, un aparato de seguridad y logística acorde a las necesidades
(y los riesgos) de un jefe de Estado de un país como México. Un sistema como el
que por décadas ha provisto a los presidentes mexicanos el EMP.
Gracias a la incipiente discusión, la
opinión pública se hizo consciente de que el EMP lo componen más de 7,600 mil
elementos (Reforma 18/07/18). Suena a mucho. ¿Es mucho? Ni idea, hubiera sido
bueno discutirlo, discernirlo.
Pero apenas estábamos en esas cuando
la actuación de miembros del Estado Mayor Presidencial en París, que censuraron
fotografías tomadas a Angélica Rivera en una terraza (¡!), echó por tierra
cualquier oportunidad de defender a ese cuerpo de guardias presidenciales.
Ni la derrota ha hecho cambiar el
comportamiento prepotente de la presidencia de Enrique Peña Nieto.
Los elementos del EMP sólo siguen
órdenes. Y éstas fueron de que a ellos, a los que han vivido del presupuesto
público durante casi seis años, no se les puede importunar ni con un clic.
Por excesos como ese, y por
indolencias parecidas, perdió la elección el PRI. Por eso, la gente votó para
que les quiten las pensiones y ayudantías a los expresidentes. Por eso
desaparecerá el EMP, que se despide con la postal de tan nefasta actuación en
la capital francesa.
Sin
minimizar el riesgo que pueda correr López Obrador al no aceptar una escolta
profesional, patriótica y diligente como la del EMP (y lo que ese riesgo
significaría para México –toquemos madera–), hay otros temas en la agenda que
corren similar suerte, asuntos que parecieran destinados a morir sin que
alguien dé la batalla por ellos. Entre esos asuntos, ninguno como la reforma
educativa.
De cuantas
promesas hizo en la campaña López Obrador, en pocas ha parecido tan firme quien
hoy será nombrado presidente electo como en su decisión de cancelar la reforma
educativa.
Antes y después de la elección, AMLO
ha reiterado que “la mal llamada” reforma educativa está condenada a cirugía
mayor, si no es que a ser desconectada.
Frente a
ello, ha sido notable la tibieza y la tardanza de distintos actores frente al
ultimátum.
Vaya, hasta los diplomáticos han sido
más contundentes al defender que sus sueldos no se pueden bajar, como pretende
el próximo presidente, sin tomar en cuenta las condiciones económicas de cada
país donde están destacamentados.
En cambio,
en el tema educativo apenas si se ha escuchado por ahí al dirigente de la Unión
de padres de familia, a algunos legisladores, y en una ocasión al presidente
Peña Nieto, que el 25 de julio definió esa reforma como el cambio estructural
más importante.
¿Hay alguien dando la batalla por esa
transformación? ¿Se habrá ido de vacaciones el empresario Alejandro Ramírez,
que antes de la elección se engallaba frente a AMLO pero que luego del 1 de
julio se ha difuminado? No sólo dirige (es un decir) a los empresarios, sino
también a Mexicanos Primero. Y ni por eso.
En ese ambiente de tímida defensa de
lo que en su momento fue un logro festejado por muchos, Esteban Moctezuma ha
anunciado que habrá foros y consultas sobre la reforma educativa. Ante ello, no
se advierte por ningún lado la emoción de los otrora promotores de ese cambio
legislativo, ¿será que les pasa algo parecido al affaire parisino? Apenas intentan defender la reforma
magisterial se acuerdan que el gobierno
que ellos aplaudieron prefirió gastarse sólo en el año 2017 la friolera de
1,963 millones de pesos en propaganda antes que invertirlo en maestros y
escuelas, y pues así como que margen para la defensa de “lo logrado” como que
no queda mucho.
¿Será que el sexenio de EPN los dejó,
en pocas palabras, sin argumentos?
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