Por Pablo
Gómez.
El Partido Acción Nacional intenta
convertirse en la única rabiosa oposición al gobierno de López Obrador. No
admite planteamiento alguno procedente del gobierno en ciernes. Los dos
decretos expedidos hasta ahora desde la Cámara de Diputados se han topado con
el intento de bloqueo de parte de Acción Nacional, con el insostenible
argumento de que se impide la discusión cuando la mayoría parlamentaria refuta
en los debates las objeciones panistas.
En ambos
casos (ley de remuneraciones y reformas a la ley orgánica de la administración
pública), el PAN ha fracasado porque su número y sus precarias alianzas no le
alcanzan ni siquiera para dilatar el proceso legislativo, pero eso mismo forma
parte de la nueva estrategia opositora de los líderes panistas.
Convertir al PAN en una oposición
dura, intransigente, golpeadora, reventadora, bloqueadora no será difícil
cuando es la izquierda la que gobierna, a diferencia de cuando su primo, el PRI
de la época neoliberal, ejercía el poder con la abierta colaboración del viejo
partido de la derecha tradicional.
El punto relevante, por tanto, está
ubicado en que el éxito de la nueva estrategia panista de oposición golpeadora
depende por completo de los desaciertos, errores y fracasos de la nueva fuerza
gobernante que está arribando. Así es que, en materia programática, Acción
Nacional tendrá que echarse a dormir y esperar los tropiezos ajenos.
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El PAN fue
en sus mejores tradiciones un partido de propuestas, aunque por largos periodos
haya perdido toda originalidad. Pero bajo la nueva estrategia de oposición
dura, el PAN sólo resiste, aspira a que nada cambie por efecto del simple ruido
político y la gesticulación.
Durante el proceso legislativo de las
reformas a la administración pública, Acción Nacional no propuso ningún cambio
a la ley vigente. Se limitó a exigir que todo quedara igual, en apego a las
reformas hechas por Enrique Peña Nieto, esas sí con el apoyo de las bancadas
panistas en el Congreso.
En el marco
de una falta de debate del PAN en San Lázaro, el martes 13 de noviembre, la bancada blanquiazul se lanzó contra
Andrés Manuel con la acusación de que es un dictador. El planteamiento no es
exclusivo de ese partido, pero los elementos de prueba del panismo se limitaron
a que el presidente electo desea centralizar la administración pública, es
decir, aquello que está centralizado por definición constitucional. Eso lo
saben de sobra las y los legisladores panistas, pero fingen demencia y se
resbalan sobre su propia jabonadura.
El insulto como provocación puede
suscitar cierto desorden en las sesiones camerales, pero no hubo en tales
escarceos panistas ni siquiera ideas sueltas y mucho menos propuestas.
El escándalo puede dar ciertos
resultados mediáticos, pero sólo en algunos momentos, debido a que, como forma
propagandística se agota pronto cuando no hay planteamientos nuevos.
Integrantes
de las bancadas de Morena, PT y PS suponen
que el PAN se está entrenando para llevar a cabo una provocación el 1 de
diciembre, cuando Andrés Manuel López Obrador arribe a San Lázaro a rendir
protesta como presidente de la República. Es posible que así sea, pero no se
limitaría a ese día. Se trata de una nueva estrategia, la de la oposición
frontal, la cual no es terreno donde el panismo haya hecho antes una
experiencia.
Los líderes del PAN, tan necesitados
de elementos de cohesión interna y de recuperación de imagen y prestigio, creen
que es sencillo ser una oposición de choque porque nunca han sufrido un proceso
de desgaste con dicha postura. Al cabo de algunos meses, el PAN empezará a
debatir internamente si es “rentable” y “transitable” seguir en una oposición
sin propuestas y continuar con la diatriba y la provocación.
La nueva mayoría en el Congreso va a
seguir con las reformas. Si el PAN continúa sin presentar proyectos de cambio
en aquellas leyes que Morena busca modificar y continúa con la pura
descalificación, esa mayoría saldrá fortalecida en tanto que existe una inmensa
mayoría ciudadana –votantes de todos los partidos– que está consciente de que
cambiar es el único camino para buscar mejorías en el país.
El PAN empieza a pisar un escabroso
terreno que nunca fue suyo, que desconoce y no puede alisarlo. La apuesta no
sólo es arriesgada porque la desesperación la anima sino también es, esa sí, un
peligro que puede provocarle nuevos y mayores tropiezos a ese vetusto partido
de la derecha mexicana.
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