Adela
Navarro Bello.
Ni depuración de la policía federal,
ni profesionalización del Ministerio Público, ni fortalecimiento de las
corporaciones locales, aparecen en las 24 páginas en las que se detalla el Plan
nacional de Paz y Seguridad de Andrés Manuel López Obrador, el presidente
electo, quien personalmente lo dio a conocer hace unos días.
Integrado
por ocho puntos: (1) Erradicar
Corrupción, (2) Garantizar Empleo, educación, Salud y Bienestar, (3) Respeto a
Derechos Humanos, (4) Regeneración Ética de la Sociedad, (5) Reformular Combate
a Drogas, (6) Emprender Reconstrucción de la Paz, (7) Recuperación y
Dignificación de las Cárceles, (8) Plan de Seguridad Pública, el proyecto
2018-2024, refiere muchos anhelos, pero muy pocos cómo.
De hecho, en materia de combate al narcotráfico y la
criminalidad organizada como tal, únicamente está referida en dos puntos,
cuando refiere que (es objetivo) “colapsar finanzas del crimen organizado”,
“reducir lavado de dinero”. En todo el texto, complementará con “levantar
prohibición de las drogas” y en otro punto refiere “regulación de
estupefacientes actualmente prohibidos”.
Y sin
referirlo directamente el plan para el combate al narcotráfico, en el punto
número ocho, explica la creación de la
Guardia Nacional para la “prevención del delito, preservación de la seguridad
pública, combate a la delincuencia en todo el País”, al tiempo que refrenda lo
que tanto denostó en campaña: “continuar disponiendo de las instituciones
castrenses en la preservación y recuperación de la seguridad pública”.
El principal problema de las
corporaciones policíacas en México, particularmente de la Policía Federal, la
facultada para perseguir, investigar y auxiliar al Ministerio Público Federal
en la persecución y procesamiento de los narcotraficantes y criminales
organizados, es la corrupción.
Ahora
estamos viendo en una corte de los Estados Unidos, en el juicio que se le sigue
a Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, las declaraciones de presos que en un tiempo
al igual que el Chapo, también estuvieron en prisiones mexicanas pero que acá, debido al lento ritmo de la procuración de
justicia, no fueron ni declarados apropiadamente, ni procesados eficazmente.
Independientemente si en México se le quiere creer a Reynaldo “el rey” Zambada
o si se orquesta una campaña por parte de los señalados para no creerle cuando
dice que sobornó a oficiales de la Ciudad de México y a funcionarios federales
como Genaro García Luna cuando fue Secretario de Seguridad Pública Federal, en
México estos capos no llegaron al banquillo de los acusados.
Y no lo hicieron porque una de las
dolencias del sistema de procuración de justicia mexicano es, precisamente, el
Ministerio Público, el mismo que no mereció ni una sola mención en el Plan
Nacional de Paz y Seguridad de López Obrador. México tiene un Ministerio
Público pequeño en número, incapacitado en conocimientos, sin herramientas en
materia científica, y comprometido a la Procuraduría General de la República, y
que por lo tanto responde a esos intereses y nada más.
La reingeniería, depuración y
capacitación del Ministerio Público, para que se procese de manera apropiada y
eficaz a los narcotraficantes, a criminales organizados y a funcionarios corruptos
(aunque Andrés Manuel López Obrador ya anticipó que no perseguirá, ni
investigará ni castigará a los corruptos que no sean de su administración). Por
eso en México ni les quitan el dinero a los capos aprehendidos, ni los hacen
cooperar con declaraciones sobre sus redes de corrupción y poder criminal, como
sí sucede en los Estados Unidos.
En su
momento, los hermanos Arellano Félix, en
el caso de Benjamín, aprehendido en México fue multado con casi cuatro mil
pesos y sentenciado a 22 años de prisión, mientras en la Unión Americana fue
obligado, a partir de un acuerdo para la reducción de su pena, a proveer
información sobre las redes criminales para el trasiego de la droga, la
estructura de los cárteles, y obligado a pagar 100 millones de dólares a la
justicia norteamericana, dinero producto de la ilícita actividad que en México
no le valuaron.
En muchos estados los líderes
mafiosos de células de cárteles de la droga, y las propias cabezas criminales
de esos cárteles, ni siquiera cuentan con una orden de aprehensión, porque la
PGR no ha tenido ni el personal suficiente y mucho menos honesto y comprometido,
para integrar profesionales averiguaciones previas que sean admitidas por un
Juez para liberar órdenes de aprehensión.
A la ineficacia del Ministerio
Público se suma la corrupción en las policías investigadoras. Por tradición
criminal, la Policía Federal sirve a los cárteles nacionales, y las policías
locales, estatales, municipales, a las organizaciones criminales que
representan a esos cárteles en los Estados. No es pues descabellada ni
increíble, la declaración de Reynaldo Zambada, de cómo manejaba para el cártel
de Sinaloa los sobornos en la Ciudad de México, tanto a las autoridades locales
de aquella entidad, como a las destacadas en el Aeropuerto Internacional de la
Ciudad de México, o a los mandos federales como García Luna.
La realidad es que los cárteles de la
droga y los capos que los integran no podrían existir sin la impunidad proveída
por los representantes del Estado Mexicano a partir de actos de corrupción.
En muchas ocasiones, no solamente el
Chapo, sino muchos otros narcotraficantes, han escapado de la justicia cuando
son alertados por Policías Federales, Estatales, Preventivos, Ministeriales o
Municipales, incluso hubo casos donde quienes les informaron de un operativo de
captura en su contra, fueron elementos del Ejército Mexicano.
Pero en el
plan de seguridad de López Obrador, no
aparece la palabra depuración. Las policías por tanto, seguirán tan corruptas
como desde hace sexenios. Enrique Peña Nieto el actual presidente, se desobligó
de esa acción cuando el discurso del combate a la inseguridad fue minimizado en
su mensaje público.
Un sexenio
atrás, Felipe Calderón Hinojosa, supo del problema de infiltración del
narcotráfico en la Policía Federal y en las locales en los estados. Por eso
echó mano del Ejército primero y la Marina después para combatir la
inseguridad. Lo dijo entonces: esa condición se mantendría en tanto las
corporaciones federales y de las entidades federativas no estuvieran
debidamente depuradas. Para ello estableció sistemas y métodos. Exámenes de
control, evaluación y confianza, la Plataforma México, la obligatoriedad de las
evaluaciones para acceder a mandos medios, superiores y permanecer en una
corporación, la obligatoriedad de la coordinación entre los tres niveles de
gobierno.
Pero
entrando Enrique Peña Nieto como titular del gobierno federal muchos de esos
programas se desincentivaron, sea que no les dedicaron presupuesto, sea que
fueron minimizados por los nuevos mandos. La depuración dependía únicamente del
comportamiento de los elementos. Es decir, en la medida que cometían actos de
corrupción y eran descubiertos, a veces se les investigaba y separaba, a veces
ellos mejor renunciaban y se adentraban de lleno en la criminalidad organizada.
Debido a ese
abandono, hoy por hoy, doce años después
de la utilización de las fuerzas castrenses en el combate a la inseguridad
debido a la corrupción en las corporaciones policiacas civiles, estas continúan
corrompidas.
En ese
contexto, Andrés Manuel López Obrador no
tiene más remedio que hacer lo que dijo que no haría: utilizar al Ejército y a
la Marina para el combate a la inseguridad en el País. Fue más allá al
adelantar la creación de la Guardia Nacional, integrada por policías navales,
policías militares y policías federales. Las dos primeras destacadas y facultadas
exclusivamente en las regiones militares y navales, mientras la tercera es
conocida por ser una de las policías más corrompidas de México.
A quienes han residido en ciudades
tomadas por el narcotráfico, no les asusta la militarización de las calles, ha
dado resultado en el pasado. Generales como don Sergio Aponte Polito, don
Alfonso Duarte Múgica, encabezaron labores disuasivas contra los
narcotraficantes y criminales organizados, y coordinaron a las corporaciones e
instituciones locales y federales, rescatando territorios a partir de ser
coadyuvantes de la investigación, análisis de información, y persecución de los
criminales.
La cuestión no es la militarización,
sino la institucionalización del plan Calderón que se quedó a medias o no dio
los resultados deseables porque no se depuró la policía federal, ni las
locales, tanto como no se capacitó y armó al Ministerio Público.
El proyecto de seguridad del
presidente electo pues, no habla de depurar las policías, ni de capacitar al
Ministerio Público, al tiempo que de “colapsar las finanzas del crimen
organizado” y “reducir el lavado de dinero”, solo redacta esos objetivos, sin
decir cómo, con quién, cuándo.
Ahora sí que
estamos igual que cuando estábamos peor, pero doce años después.
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