Raymundo
Riva Palacio.
Si es
difícil establecer con precisión cuándo nos empezamos a dividir como sociedad,
es claro cómo la división ha escalado a la confrontación y el rencor, cada vez
más abierto y violento. El choque en Twitter entre Beatriz Gutiérrez Müller,
esposa de Andrés Manuel López Obrador, y el director de la revista Proceso,
Rafael Rodríguez Castañeda, por la imputación conspiracionista derivada de
publicar una portada donde decían que el presidente electo se estaba quedando
solo y se encaminaba al fracaso, tuvo una secuela condenatoria del semanario en
las redes sociales que galvanizó la intolerancia ante quien piensa diferente.
La intransigencia ha desbordado el campo de la libertad de expresión y se
manifiesta de manera dogmática y fanática, en uno y otro sentido, para
aniquilar política y moralmente al adversario. El pensamiento único que se
quiere acabar es lo que se está imponiendo como palanca de subordinación.
La división
de los mexicanos se desveló como fenómeno en las elecciones presidenciales de
2006, cuyos síntomas se venían dando desde años antes por razones políticas,
económicas y sociales. Hace 12 años el desacuerdo viajó de las calles a las
salas de las casas, donde las desavenencias, algunas veces belicosas, separaron
familias. Nada aprendimos. La decisión de la cancelación del nuevo aeropuerto
en Texcoco avivó el creciente antagonismo social. No estamos en la discusión
sobre una política pública, sino que la hemos pintado de conflicto de clases.
¿Nos estamos dando cuenta?
Muchos años
han pasado en la indiferencia para neutralizar este fenómeno que nos va a
ahogar. En enero de 2010, escribí en El País: “El discurso del odio es abusivo,
es insultante, es intimidador y hostiga. Discursos de odio siempre han puesto
su marca sobre las sociedades, y suelen subir de intensidad cuando van
acompañados por tensiones políticas o asuntos públicos que de sí polarizan. En
México, el discurso de odio se desató con la combinación de dos disparadores
que coincidieron en tiempo y espacio. El primero fue la lucha política, donde
el gobierno del entonces presidente Vicente Fox se empeñó en que por un delito
menor, el entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López
Obrador, fuera a la cárcel”.
La
polarización se revitalizó hace unos días en las redes sociales, escasas 24
horas después de confirmarse la cancelación del nuevo aeropuerto, al aparecer
la página en Facebook “Sí al nuevo aeropuerto en Texcoco”, donde se hacía un
llamado a marchar el próximo domingo sobre Paseo de la Reforma para exigir que
López Obrador rectifique. Paralelamente, la plataforma de Change.org tiene seis
peticiones a favor y en contra de cancelarlo. La discusión no ha sido con argumentos
técnicos, económicos o inclusive políticos, sino con descalificaciones
maniqueas y consideraciones socioeconómicas. Una vez más, la dialéctica de
ricos y pobres, los buenos y los malos, los que defienden sus intereses
corruptos contra los redentores de la pureza nacional.
No se sabe
quiénes están calentando a la sociedad, si son espontáneos como siempre hay, o
grupos interesados que están manipulando e incendiando los ánimos. Hay
consignas que podrían haber salido de las fábricas de desestabilización que
alimentan el rencor y la desunión. Hay otras actitudes estomacales que son
comunes en las redes, enajenadas e insatisfechas con el estado de cosas, donde
aflora el resentimiento social y la indignación que se ha vivido en este país
desde hace varios años contra todo lo que se identifica como el status quo. Si
hay manos interesadas detrás, proveen el alimento que están pidiendo los
hambrientos para expresarse vitriólicamente. En este sentido, la polarización
somos todos.
Lo que se
está fomentando y potenciando es el discurso del odio. En junio de 2016
publiqué en este espacio que la Comisión Nacional para Prevenir la
Discriminación había contabilizado entre 15 mil y 20 mil mensajes de odio
diarios en las redes sociales por razones de género, racismo y orientación
sexual. No han cambiado las cosas, e incluso, hablando empíricamente, parecería
que este desacuerdo se ha profundizado.
La semana
pasada, Nancy Gibbs, que fue directora de la revista Time y es profesora en la
Escuela John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, publicó un ensayo en ese
semanario a propósito de la profunda división y encono en Estados Unidos, donde
apuntó: “Estamos teniendo una clase magisterial sobre el odio porque no tenemos
otra opción. Se ha movido de la parte de nuestro carácter que trabajamos más
duro para suprimir la parte que podríamos cuando menos ignorar. El odio se
resbala de sus fronteras y corre libremente a través de nuestra política, las
redes sociales, la prensa y nuestros encuentros privados. Y entre más viaja, más
fuerte crece. La gente no está acostumbrada a despreciar a nadie, nunca, ni a
encontrarse tan atemorizada o apaleada por lo que ven como una división donde
se está preparado para pelear mano a mano”.
En todos
lados experimentamos la polarización. En 2005 le pregunté a Carlos Slim si no
le preocupaba que en algún momento habitantes del Oriente de la Ciudad de
México fueran a las colonias en el Poniente a romper vidrios, como consecuencia
de la desigualdad y la inconformidad con el estado de la economía, alimentados
por el peligroso discurso de clase que se oía en México. Me dijo que era un
exagerado. Eso fue hace ya 13 años, prematuro el diagnóstico para ese entonces,
pero que en la actualidad, a nivel de actitudes y emociones, ya comenzó. La
división y la confrontación pueden haber llegado para quedarse, o como escribió
Nancy Gibbs, no está en nadie, los políticos menos, salvo en nosotros mismos,
que eso no suceda.
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