Diego
Petersen Farah.
Las
caravanas de migrantes se convirtieron en la noticia más destacada solo después
de las bombas cotidianas del presidente electo. Es, desde donde se vea, una
nota sobre valorada, no por su importancia humanitaria, esa sin duda la tiene,
sino por su efecto. Quien se empeñó en hacer visible las caravanas para
convertirlas en el enemigo público de Estados Unidos fue el presidente Donald
Trump, que en ese momento estaba en plena campaña electoral, y el resto del
mundo hicimos eco.
Cada año
cruzan por nuestro país 450 mil migrantes centroamericanos y nunca habían
recibido tal atención ni de los medios ni de los políticos. El hecho que
vinieran en grupos los hizo más visibles, pero desde donde se vea siete mil
migrantes no son un problema económico para México. En un país de 128 millones
unos miles de personas, así se quedaran todas en el país, no representan un
reto; las maquiladoras de la frontera las absorberían encantadas, salvo que los
centroamericanos no quieren, al menos como primara opción, un sueldo así.
El problema
de los migrantes es social. No por las carencias y necesidades en su cruce por
México pues eso también es relativamente menor para el tamaño del país. El
problema de fondo es que visibilizarlos de la manera que lo hicimos sacó lo
peor de los sentimientos xenófobos de una parte de la población y no pocos
políticos que luego, por supuesto, dicen que fueron mal interpretados.
¿Cómo
entender que una ciudad como Tijuana, donde todos son hijos de migrantes,
nacionales o extranjeros, que encontraron en esta ciudad la oportunidad que no
tuvieron en su lugar de origen reaccionen con odio; que los habitantes de la
frontera más cruzada del mundo por la que todos los días pasan decenas de miles
de personas de todas nacionalidades ahora rechacen a un grupo específico; que
la ciudad que ha desarrollado los movimientos culturales más importantes de la
frontera, tenga ese tipo de manifestaciones anti inmigrantes? Una parte de la
explicación está en el crecimiento de los sentimientos xenófobos en todo el mundo.
El discurso de odio racial marcó la elección presidencia de Estados Unidos y
también la de Italia, Francia, Brasil, Austria, por citar algunos, pero no en
México. En nuestro país estas manifestaciones aparecieron a partir de la amplia
difusión que han tenido las declaraciones de Trump, que resultan insoportables
para la mayoría pero que también caen en blandito y hacen mella en un país cada
día más dividido y polarizado.
¿Caímos en
el juego de Trump? Me temo que sí, cada vez que difundimos, comentamos y hasta
cuando criticamos los twitazos del presidente estadunidense abonamos a la
difusión de la cultura xenófoba.
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