Javier Risco.
“No hables
con extraños”, nos dijeron desde niños una y otra vez, y esta salmodia la
repetimos ahora de adultos a nuestros propios niños y queremos que se la
graben, la aprendan y la comprendan. Pero, ¿y si el desamparo y la soledad son
tan grandes que no queda más remedio que hablar con extraños, confiar en ellos,
cerrar los ojos y tomarlos de la mano? ¿Cómo no hablarles cuando no queda de
otra que aceptar la comida que te da un extraño, en un país extraño, en un
mundo extraño y con un futuro aún más extraño e incierto?
La realidad
migrante es extremadamente dura. Imagínense dejar el lugar que quisiste, pero
que ya no quieres; atravesar durante meses por lugares en los que molestas (y
en los que, en el fondo, no te quieren), buscando llegar a un lugar donde
simple y llanamente te odian. Sueñan con llegar a un país cuyas políticas del
pasado son las culpables de su miseria actual. Me trato de poner en el lugar,
trato de asimilar lo que eso significa emocionalmente y me cuesta, el simple
ejercicio duele. Ahora, imagínense esto vivido por niños.
Ayer,
leyendo sobre la mujer hondureña que luego de dos años consiguió, justo en el
Día de Acción de Gracias, el asilo para ella y sus cinco hijos en EU, me
conmoví sobre todo en la parte que hablaba de ellos. De cómo llegaron y se
entregaron a la policía fronteriza y luego fueron llevados a las hieleras, esos
infames calabozos atestados de gente que son la bienvenida a su nueva vida. Sin
embargo, ella decía que sus hijos no se querían ir de ahí, que a pesar de estar
en jaulas inhumanas ellos se sentían seguros como nunca antes, los barrotes
también los separaban, por fin, del mundo hostil que conocen.
De eso, de
esa visión inocente, trata el libro de Juan Pablo Villalobos llamado Yo tuve un
sueño. No deja de ser curioso que uno de los autores que más me ha hecho reír
hoy salga con este compilado de historias realmente conmovedoras, que aplacan
cualquier alegría y el más mínimo atisbo de paz. Historias contadas en primera
persona por niños centroamericanos que llegaron solos a EU, en las que se
narran los infiernos que dejaron atrás y los infiernos que atravesaron para
llegar a su nueva vida.
Es la visión
de niños que tienen una vida por delante, pero han crecido junto a la muerte y
cualquier sufrimiento es menor que el de seguir donde estaban, porque esos
lugares ya no les pertenecían, pertenecían a la droga, a la delincuencia, a la
desesperanza, a la frustración y, sobre todo, al miedo. Villalobos no
transcribe literalmente, pero respeta esa visión y el lenguaje por el que se
filtra y traspasa el trauma, un golpe que incluso desde la adultez cuesta
recibir.
Sin ahondar
en detalles, porque lo que vivieron y vivirán esos niños que hoy pasan por
delante nuestro es inenarrable y menos desde mi nula delicadeza, Yo tuve un sueño
es un libro que debemos leer hoy mismo, y no sólo eso, también debemos invitar
a leerlo a todo aquel que se queja de “esa gente” y a los que se sienten
pagados porque alguien que dijo que nuestros “frijoles parecían comida de
cerdo” –quien tuvo que pedir perdón público–, sin pararse a pensar en todo el
dolor que viene con ellos y que, aunque lleguen a buen puerto, no los
abandonará, porque lo llevan más pegado que sus acentos y más presente que
cualquiera de sus rasgos.
Villalobos
dijo que le gustaría que este libro lo leyera Trump, ciertamente a mí también.
Que recorriera cada una de las historias hasta llegar a los indignantes datos
que cierran la publicación. Seguramente no haría nada, pero a lo mejor por un
segundo se siente como yo.
*El sábado
24 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a las 19:30
hrs., Gabriela Warkentin y un servidor acompañaremos a Juan Pablo Villalobos a
presentar este libro. Los esperamos.
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