Francisco
Ortiz Pinchetti.
Luego de las
turbulencias mediáticas que marcaron su administración, fustigado durante cinco
años por adversarios políticos, malquerientes y medios, usados sus frecuentes
yerros y resbalones como motivo de burlas y tema de campañas opositoras, el Presidente de la República termina su
mandato en un impasse de tranquilidad, sin sobresaltos ni temores sobre una
eventual persecución posterior en su contra por actos de corrupción, matanzas
de inocentes y hasta delitos de lesa humanidad. Enrique Peña Nieto entregará la
banda presidencial dentro de una semana y se irá tan campante a su retiro,
seguro de que “hay vida después de la Presidencia”, como dijo en Antigua,
Guatemala durante la Cumbre Iberoamericana, el pasado 14 de noviembre.
Su sucesor le hizo el gran servicio,
con su protagonismo e hiperactividad, de tenderle un velo protector que le
permitió atravesar los últimos cinco meses de su gobierno con un bajo perfil,
en paz, sin acusaciones ni cuestionamientos. Sospechosismos al margen, es
evidente que se acordó entre ambos una transición efectivamente de terciopelo
que se evidenció en una etapa de respeto, buenos modales y colaboraciones
mutuas, encuentros tersos, sin ataques ni controversias y con sonrisas, fotos
posadas y apretones de mano. Y que culminó con una comida de amigos, en la casa
de Andrés Manuel en Tlalpan, para afinar detalles de la ceremonia de transición…
y “para agradecerle todas sus atenciones”, según tuitió el propio anfitrión, que difundió en las
redes una foto de ambos en ese encuentro.
Con semejante absolución, bendecido
por quien será en apenas ocho días el Presidente mexicano más poderoso del
siglo XXI –cuando
menos— Peña Nieto presume ahora,
radiante, que cumplió el 97 por ciento de sus compromisos y que entregará un
México mucho mejor que el que recibió hace seis años. Y se da el lujo, con tono
de desafío, de dar público espaldarazo al miembro tal vez más cuestionado de su
gabinete, el secretario de Comunicaciones y Transportes Gerardo Ruiz Esparza, a
quien felicitó por su integridad y su entereza y para quien encabezó una
efusiva ovación.
El trato tan civilizado que
distinguió la transición se sella con la afirmación del Presidente electo de
que no perseguirá a Peña Nieto ni a ninguno de los ex mandatarios por sus
presuntos actos de corrupción. “No vamos a empantanarnos en eso”, dijo el tabasqueño en dos sucesivas
entrevistas, a pesar de sus promesas de campaña en contrario. Y luego de nuevo dio un giro al afirmar en
una conversación con Carmen Aristegui que someterá a consulta el tema… aunque
enseguida le dio nueva revolcada al asunto para convertirlo en un galimatías.
Según el
Presidente electo, cuando ya ejerza el
cargo hará tres preguntas a los mexicanos, una de ellas en estos términos:
“¿Crees que Andrés Manuel debe de promover que se juzgue para que haya justicia
y no sólo se persiga a chivos expiatorios y se revisen las responsabilidades en
delitos de corrupción y otros a Salinas, a Zedillo, a Fox, a Calderón y a Peña
Nieto? ¿Sí o no?”… Sin embargo, de inmediato volvió a contradecirse: “Perseguir
a los corruptos polarizaría el país y nos empantanaríamos… generaría
inestabilidad”, dijo textual.
En realidad,
ni AMLO ni nadie ha hecho un cargo
concreto al todavía presidente por el que pudiera ser llevado a juicio. Los
casos de los casi 125 mil asesinados en la “guerra” contra el crimen organizado
durante su sexenio, las desapariciones de decenas de miles, la matanza de
Tlatlaya, la Casa Blanca, la tragedia de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el
socavón de Cuernavaca, la llamada Estafa Maestra, los viajes, excentricidades y
excesos de su esposa Angélica Rivera Hurtado y de las hijas de ésta, los multimillonarios
contratos de obra a sus amigos, fueron golpes mediáticos que dañaron
brutalmente su imagen, pero no delitos que pudieran ser judicialmente
imputables al mexiquense.
El único caso por el que
efectivamente pudiera ir a la cárcel es por el desvío de 250 millones de pesos
de la Secretaría de Hacienda al PRI a través del gobierno de Chihuahua
encabezado por el hoy prófugo César Duarte Jáquez. Este caso, al que Andrés Manuel
inexplicablemente ha ignorado, está sin embargo detenido por una controversia
constitucional interpuesta por la Presidencia de la República ante la Suprema
Corte de Justicia de la Nación que impide que el propio Peña Nieto y sus
principales colaboradores sean juzgados por ese desvío, documentado
prolijamente por el gobierno chihuahuense del panista Javier Corral Jurado.
De modo que el hijo predilecto de
Atlacomulco va a terminar su mandato sin mandar, pero feliz y tranquilo, para
dedicarse posiblemente a algunas de sus aficiones predilectas, como viajar por
el Mundo. A nadie se le ocurre por supuesto que pudiera como varios de sus
antecesores asumir labores académicas en alguna afamada Universidad del planeta
o ponerse a escribir sus memorias.
Sin pensión como ex presidente, pero
con una fortuna estimada en unos 50 millones de pesos entre bienes e
inversiones, según su propia declaración patrimonial, no pasará apuros
económicos durante un buen rato, independientemente del caudal personal de su
Gaviota, que triplica esa cifra.
Enrique Peña
Nieto se va tranquilamente, como si nada
hubiera pasado en estos años turbulentos. Salvó el pellejo. Que se sepa, nada
impide hasta ahora al mandatario saliente pasar a disfrutar de esa vida que
según él existe después de la Presidencia y que espera puede ser (mucho) mejor
que la que ha sufrido hasta ahora.
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