Jorge Javier
Romero Vadillo.
La semana
pasada, en medio de las celebraciones por la independencia, el Partido Acción
Nacional celebró su octogésimo aniversario, donde, para variar, la nota la dio
Vicente Fox con una más de sus habituales salidas de tono. Resulta simbólico
que el hecho memorable del cumpleaños lo haya aportado uno de los personajes
que más daño le ha hecho al partido en su larga historia, pues desde el
procesamiento de su candidatura a la presidencia, durante 1999, su manera de
actuar erosionó sustancialmente la larga institucionalidad que durante sesenta
años había construido hasta entonces el PAN. Veinte años después, el hombre que
se vanagloria de haber sacado al PRI de Los Pinos, pero que como presidente fue
incapaz de actuar en consecuencia con la agenda histórica del partido que lo
postuló, se convierte en el protagonista de un aniversario que se celebró en
horas bajas para la añosa formación política.
Cuando nació
el PAN, en septiembre de 1939, se estaba procesando la sucesión de Lázaro
Cárdenas, la cual se definiría a favor de Manuel Ávila Camacho, mientras Juan
Andreu Almazán lanzaba su candidatura opositora con un partido a modo, el
Revolucionario de Unificación Nacional (PRUN). En ese ambiente de polarización,
el brillante abogado y político Manuel Gómez Morín logró reunir a un grupo
heterogéneo que incluía a intelectuales católicos, liberales de viejo cuño y
empresarios de medio pelo unidos por su oposición a Cárdenas y el temor al
socialismo, pero con una enorme desconfianza respecto a Almazán, al que veían
como un general más, ambicioso y corrupto, de los que proliferaron con la
revolución.
A pesar de
que nacían en medio de la coyuntura electoral, no era su intención inmediata la
participación en la contienda, al grado de que Gómez Morín tuvo que
persuadirlos de ir a lado del candidato opositor, aunque de manera muy
condicionada, pues, decía el fundador, de no haberse tomado en esos momentos
ninguna decisión sobre candidato “entonces no habría sido un partido; habría
nacido como una academia más, como un centro de estudios sociales y políticos;
una cosa que no era lo que nosotros queríamos. Nosotros considerábamos esencial
crear un partido político actuante”.
En aquellos
tiempos nacían y morían partidos en cada elección. Flores de un día, a los
comicios se presentaban cientos de organizaciones locales o nacionales formadas
en torno a candidaturas efímeras e imposibles, pues desde 1929 solo los
candidatos del partido oficial –primero el PNR y entonces el PRM– tenían
posibilidades reales de ganar elecciones, a menos que algún conflicto interno
les revirtiera la suerte. La candidatura de Almazán era la de un caudillo que
rompía con el régimen y concitaba el apoyo empresarial y de la iglesia. No
había espacio para la irrupción de ninguna otra fuerza política. De ahí que
Gómez Morín tuviera claro que el suyo era un proyecto de largo plazo, pero de
cualquier modo consideraba esencial que desde el primer momento hicieran
campaña, aunque se tratara de mero fogueo.
Resulta
sorprendente, dados los incentivos de la legislación electoral de la época y
del sistema controlado por el régimen, que el PAN lograra sobrevivir durante
los primeros seis años. Sin embargo, con la Ley Electoral Federal de enero de
1946 las cosas cambiarían, pues Acción Nacional se convirtió en una
organización especializada en aprovechar las nuevas reglas proteccionistas,
diseñadas sin ambages para proteger al recién nacido PRI de toda competencia
significativa. El nuevo ordenamiento jurídico creó el sistema de registro de
partidos, el cual generaría una trayectoria institucional del la que depende la
política mexicana hasta hoy. Se trataba de un filtro para que la autoridad
pudiera decidir los partidos que podían participar en las elecciones y le
pudiera cerrar el paso tanto a las escisiones del partido oficial como a los
grupos que representaran alguna amenaza a su hegemonía, aunque fuera meramente
en el ámbito local.
Gómez Morín
entendió muy bien las nuevas condiciones de participación, que implicaban un
pacto con el régimen, pues solo con su visto bueno se podía conseguir el
registro oficial. Los panistas aceptaron el papel de comparsa que la simulación
democrática de la nueva ley les otorgaba y con ello se consolidaron como una
organización permanente, en una circunstancia que llevó a la reducción
sustancial del número de partidos, pues cuando el nuevo arreglo se institucionalizó
plenamente, solo tres partidos distintos al PRI mantuvieron la patente que les
permitía participar en las elecciones y dos de ellos postularon reiteradamente
al mismo candidato presidencial que el PRI.
El PAN suele
presumir de su carácter de única oposición durante los tiempos del
autoritarismo priista. Se trata de una afirmación más que cuestionable, pues si
bien hubo elecciones locales en las que el PAN dio batallas cívicas notables,
en realidad se trató de un partido que formaba parte del arreglo del régimen y
contribuyó a la simulación democrática que se ostentaba en el exterior,
mientras en México todo mundo sabía que se trataba de una ficción aceptada.
El papel que
el régimen le concedía al PAN era el de canalizar la oposición católica moderada,
al grado de que Donald J. Mabry, en un estudio pionero, lo llamó “una
alternativa católica a la revolución mexicana”. Después de Gómez Morín fueron
tres militantes católicos –Juan Gutiérrez Lazcuráin, Alfonso Ituarte Servín y
José González Torres– quienes dirigieron a la organización y de no ser por la
legislación mexicana, que impide hasta la fecha denominaciones religiosas en
los partidos, muy probablemente el PAN hubiera acabado definiéndose como
demócrata cristiano. A partir de la década de 1960, el pragmatismo fue
dominando al partido, aunque las ideas socialcristianas siguieron siendo
dominantes un tiempo más.
No fue sino
con la nacionalización de la banca, en 1982, y la ruptura que esta significó
del pacto entre el régimen y los empresarios, sellado en 1946 con el nacimiento
del PRI, cuando el PAN se convierte en vehículo para canalizar el descontento
empresarial y pasa realmente a la oposición, lo que implica una transformación
sustancial en la organización, que deja de ser un grupo doctrinario para
convertirse en una maquinaria pragmática. Cuando finalmente, en 2000, ganaron
los panistas la presidencia poco quedaba de sus principios originales y los dos
presidentes que salieron de sus filas fueron incapaces de cumplir con su agenda
histórica, la cual tenía en el centro el desmantelamiento del arreglo
corporativo contra el cual nació el partido. Por el contrario, tanto Fox como
Calderón –este, hijo de un fundador– prefirieron usar los resortes del viejo
régimen en su beneficio, como lo muestra la alianza de ambos con Elba Esther
Gordillo, y dejaron intactos buena parte de los mecanismos de control con los
que actuaba el PRI. De ahí su fracaso histórico. Ahora tienen que reconstruirse
entre sus ruinas, aunque de ninguna manera hay que darlos por muertos, pues
tienen con qué resistir electoralmente.
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