Raymundo
Riva Palacio.
¿Cómo un
cóctel molotov puede destruir el puerto de Beirut? La respuesta es con una
conferencia mañanera del presidente Andrés Manuel López Obrador. El viernes
elevó a nivel de escándalo nacional lo que en la víspera parecía un golpe
periodístico con vida efímera. El periodista Carlos Loret difundió en la
plataforma de LatinUs un video donde el excoordinador de Protección Civil,
David León, entregaba un millón de pesos a Pío López Obrador para el
“movimiento”. No había mucho contexto, ni una dimensión de lo que podría
significar, sumado a que León respondió que en esa época no era funcionario,
sino consultor privado, y recaudaba fondos para entregarlos a la causa. Era
grave, pero de daño limitado.
También era
una acción que el Presidente pudo haber resuelto fácilmente. Si le preguntaban
en la mañanera del viernes podría señalar que de esa transacción tendrían que
responder y explicar su hermano y León, no él. Ahí estaban sus fusibles. Si se
calentaban mucho las cosas, los fusibles quemados los podía desechar. Si se le
empezaba a pudrir el dedo del pie podía cortárselo para impedir que le subiera
la gangrena. Pero la desmedida centralización de poder que ejerce López
Obrador, fue un búmeran. Un problema con posibilidades de control se
descontroló, y en su explicación no pedida en la mañanera se desbarrancó. No se
dio cuenta muy probablemente, pero lo que hizo, en primer lugar, fue reconocer
que violó la ley.
Por sus
propias cándidas revelaciones, el viernes, López Obrador nos informó a todos
que León le había reportado que iba a aparecer ese video. Si tuvo días para
preparar una estrategia de contención o de respuesta, ¿por qué no lo hizo? Al
abrir el Presidente el tema en la mañanera, parecía que utilizaría la técnica
de ser él mismo quien detonara la crisis para poderla conducir y administrar.
Esa técnica permite tener todo bajo control y llegar al puerto deseado,
encapsulando el daño. López Obrador hizo lo contrario. Detonó la crisis y la
bomba explotó en su pecho.
Legalmente,
aunque las leyes no son lo suyo, hay evidencias que podrían dar cauce a una
investigación por delitos electorales. Dinero en efectivo para un “movimiento”,
como dijo León, que en ese momento ya era partido (Morena) y estaba compitiendo
en sus primeras elecciones. Probablemente ese presunto delito electoral haya
prescrito, pero en el contexto de las acusaciones que se debaten hoy sobre
presuntos pagos ilegales a campañas políticas, ¿cuál es la diferencia? López
Obrador la quiso diferenciar con los montos, pero es tanto como decir que si
uno roba poquito, es diferente a robar mucho. Cantidad no es calidad. Punto.
Aún si así
lograra torearlo, al ser este el énfasis de la prensa política en el análisis
de las consecuencias del video, hay otros temas de índole penal que quedan
abiertos para investigación en el más estricto sentido de la ley. El más
importante es el presunto delito de delincuencia organizada, que en el artículo
16, párrafo nueve, de la Constitución, se entiende como “una organización de
hecho de tres o más personas para cometer delitos en forma permanente o
reiterada”. En este sentido, adicionalmente, existe la presunción de delitos de
utilización de recursos procedencia ilícita, que también se integran en los
delitos de delincuencia organizada.
Entonces, si
Pío López Obrador y David León se reunieron para apoyar al “movimiento” de
Andrés Manuel López Obrador, y éste reconoció el viernes que sí sabía de esas
entregas, podría argumentarse la configuración del delito de delincuencia
organizada –el Presidente, en todo caso, tiene inmunidad–, al que se le agrega
el dinero de procedencia ilícita porque no hay ningún registro de dónde viene.
López Obrador dijo que eran aportaciones de la gente “para fortalecer el
movimiento”, que se entregaban en efectivo para pagar diversas cosas, pero son
sólo palabras, porque no hay ninguna documentación que lo soporte, cuando menos
hasta ahora.
Para efectos
de argumentación únicamente, sin que esto se tome como afirmación o insinuación
siquiera, ¿no podrían venir esos recursos del narcotráfico? O ¿no podrían haber
salido del erario chiapaneco? El Presidente no estaría metido en este embrollo
con implicaciones penales de no haber confirmado que él sabía de estas
operaciones ilegales e irregulares. Podría no haberlo sabido exactamente en su
momento, pero al admitir que estaba enterado previamente al video y no actuó en
consecuencia, lo convierten en presunto cómplice. No hay ninguna lógica para la
autoinculpación.
Esa entrega
ilegal de recursos, que no fueron reportados al Instituto Nacional Electoral
como gastos de campaña, llevó a López Obrador al presunto delito de evasión
fiscal. Reconoció el Presidente el viernes que de esa forma “obtenía mi
sueldo”, lo que se infiere nunca devino en impuestos. Hay que recordar que no
es la primera vez que lo dice. Lo señaló durante la pasada campaña presidencial
–antes había dicho que vivía de las regalías de sus libros–, donde agregó que
también había contribuciones de partidos políticos. Sus ingresos y su pago de
impuestos correspondientes, han sido un tema de debate por años.
López
Obrador ha sido un político que ha optado siempre por no querer saber de dónde
sale el dinero para apoyos. Hace casi dos décadas, la entonces presidenta del
PRD, Rosario Robles, le dijo que un empresario –Carlos Ahumada– estaba dispuesto
a financiar campañas del partido. López Obrador le dijo que no quería saber
nada de los detalles, y que solucionara el financiamiento. Los antecedentes son
hoy irrelevantes, al meterse en el centro del escándalo. Hizo explotar el
puerto de Beirut con una botella con gasolina, y dijo que esto le daba la
oportunidad para que todo lo público –y lo privado, como también ha sido
costumbre de la casa–, se haga público. El Presidente se pintó la cara de
guerra para la guerra que el viernes declaró.
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