Jenaro Villamil.
Designado en un proceso
cerrado, sin competencia alguna, sin deliberación pública y con un gabinete
peñista fracturado, la precampaña de José Antonio Meade desperdició días
esenciales para darse a conocer como un aspirante competitivo y, en el arranque
de estos 20 días, ha incurrido en errores fundamentales.
Este análisis parte de la ortodoxia tradicional de la
mercadotecnia político-electoral. Según los estrategas consultados, una campaña
tiene tres fases importantes:
a) Fase 1.- Identifica y refuerza el “voto duro”, consolida
su electorado fiel a través de un mensaje racional, político o ideológico que
defienda la identidad del candidato y de los partidos que lo apoyan. Los medios
utilizados privilegian aquellos que generan opinión pública, es decir,
dirigidos al “círculo rojo”.
b) Fase 2.- Una vez garantizado el “voto duro”, la campaña
pretende ganarse nuevos adeptos entre los indecisos o entre los adversarios.
Esto se logra a partir de propuestas concretas de gobierno y de equipo. Busca
ampliar la convocatoria electoral. Se utilizan los medios masivos, las redes y,
sobre todo, la radio. Algunos candidatos se corren hacia el centro-izquierda,
otros hacia el centro-derecha.
c) Fase 3.- Es la última y la más intensa: los candidatos van
por el voto abstencionista, el más desconfiado. La publicidad se orienta hacia
lo emocional y busca generar esperanza. El candidato se presenta como ganador y
utiliza intensamente los medios masivos, los espectaculares urbanos, las redes
sociales. Busca generar fuerza y certeza.
Este pequeño esquema ha
sido alterado por los estrategas (si es que son varios) de la precampaña de
José Antonio Meade. Si partimos de estas tres fases, han cometido tres errores
fundamentales en el arranque:
1.- Meade inició su
precampaña como si estuviera en la tercera fase y no en la primera. Privilegió
el mensaje emocional y menospreció la argumentación política para garantizar su
“voto duro”. Usó a su esposa Juana Cuevas y los disfraces de indígena o ciudadano
común para generar “cercanía”, pero logró el efecto inverso: poca credibilidad
y baja identidad.
Meade Kuribreña se alejó en las primeras semanas de los
escenarios priistas. Sólo en los últimos actos de campaña ha acudido a las
corporaciones del tricolor. Este arranque ha generado desconfianza entre los
propios liderazgos y redes priistas que no se sienten identificados con el
exsecretario de Hacienda.
Quizá para los
estrategas del candidato priista su “voto duro” sean los egresados del ITAM y
su extensa red de tecnócratas, pero formalmente no tienen logo (el PRI sí), no
tienen clientelas electorales (el PRI sí) y sólo ellos saben lo que significa
la “marca” Meade.
2.- El segundo error
de Meade y sus asesores ha sido forzar la competencia cara-cara con el puntero
de las encuestas Andrés Manuel López Obrador, ignorando que está en tercer
sitio de las preferencias electorales y que antes del dirigente de Morena, debe
vencer al precandidato panista-frentista Ricardo Anaya.
El exjefe de Gobierno capitalino tiene 12 años de campaña
ininterrumpida. Su “voto duro” está más claro que nunca. López Obrador está en
la segunda fase de la campaña: se corrió al centro-derecha para ganar el voto
de sectores que siempre han desconfiado de él. López Obrador ya presentó su
gabinete y sus 10 propuestas principales, mientras Meade apenas está
configurando el nombre de su coalición utilizando su apellido como “marca” y su
jefe de campaña, Aurelio Nuño, en lugar de aliado parece su adversario.
El desfase ha provocado
que Meade hable como un candidato opositor y no como el candidato defensor de
los logros de gobierno. Ataca a López Obrador como si el
tabasqueño gobernara e ignora a Anaya como si éste no existiera. NO DEFIENDE NI PROMUEVE LOS LOGROS DE LA
ADMINISTRACIÓN QUE LE DIO TRES CARGOS EN EL GABINETE: CANCILLER, SECRETARIO DE
DESARROLLO SOCIAL Y TITULAR DE HACIENDA.
3.- El tercer error
fundamental de la campaña de Meade es resultado de los dos anteriores:
sobrevende una superioridad que no existe ni en las encuestas reales ni en los
actos públicos ni en la opinión pública auténtica y no “maquillada” a través de
medios comprados.
Meade no conmueve, pero
sí se sobrevende. Y
esto se nota de manera clara en su manejo de redes sociales. Confunde el apoyo con el “acarreo digital”.
Las características fundamentales de un mensaje eficaz en redes no se cumplen:
interactividad, naturalidad, hipertextualidad, inmediatez, interconexión e
irreverencia.
Por el contrario, las redes de Meade se manejan de forma
unilateral, planas, sin conexión racional ni emocional, solemnes (salvo el mal
chiste de la “bruja Zulema”) y sin ironía. No hay espontaneidad.
Lo peor de la confusión
que tienen los estrategas de Meade en las redes sociales es que adelantaron y
copiaron su “guerra sucia” contra López Obrador como si estuvieran en la
tercera y no en la primera fase de la campaña. Además, resulta una réplica de aquella estrategia utilizada por Felipe Calderón
en el 2006 (“López Obrador, un peligro para México”), vinculando al candidato de Morena con Venezuela (truco malo e
improbable), con el narco (a raíz de la propuesta de la amnistía) o con la
corrupción (¡cuando existen nueve exgobernadores priistas acusados de
peculado!).
Meade va por un lado,
Peña Nieto por otro y Enrique Ochoa golpea sin efecto. Mientras el peñismo
entra en la fase de declive, la campaña del priista se muestra más cercana al
calderonismo y a Margarita Zavala que a las “reformas estructurales” exitosas.
El único recurso que les quedará, si no remontan el barco, es
la fuerza y el dinero. Por mucho que compren o intimiden, los asesores de Meade
olvidan que una campaña se gana en los medios, en las emociones y en las urnas.
De lo contrario, sólo están adelantando
la certeza del fraude electoral.
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